15 Mayo 2013 - 3:00pm
Para Luis Guastavino, de larga militancia comunista, la caída del muro de Berlín y el derrumbe de los socialismos reales, fue el campanazo final. Renunció al PC y resumió su experiencia en un libro titulado “Caen las catedrales”. Era una metáfora precisa, pero metáfora al fin. En estos días, en cambio, muchos católicos chilenos han descubierto que la imagen se ha convertido en una dolorosa realidad. Algunas sólidas catedrales espirituales muestran grietas amenazantes.
¿La causa? La impresionante cantidad de líderes espirituales, muchos de ellos de gran visibilidad en la prensa, que están siendo cuestionados.
En medio de esta serie de denuncias, han surgido testimonios desgarradores. Según el vocero de la Fiscalía Norte de Santiago, Francisco Ledezma: “Un niñito que era súper creyente, que rezaba todas las noches. Un día los papás se encontraron con que el niño decía que Dios era malo porque no lo cuidaba, no lo protegía”.
No sabemos si los prominentes sacerdotes denunciados son o no culpables. Pero hay, porque ya fueron investigados y condenados por los tribunales eclesiásticos y los civiles, decenas de otros religiosos hallados culpables. La gran mayoría son abusadores de menores, niños y niñas. Es, quizás, el peor escándalo. En el Evangelio, Jesús condena sin atenuantes a los abusadores, tal como lo relata San Mateo: “A cualquiera que haga caer en pecado a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que lo echaran al mar con una gran piedra de molino atada al cuello”.
Por supuesto, también hay responsabilidad de los padres. Si muchos de ellos hubieran hablado francamente con sus hijos de cosas que a todos nos cuestan, ello habría servido para atenuar la crisis actual.
Y las catedrales no estarían estremeciéndose.