14 Mayo 2013 - 6:00am
Para entender la historia de Roma hay que sumergirse en sus fuentes fundamentales: El inevitable Plutarco, el clásico y formal Tácito, el árido Carcopino y el chismoso incorregible de Suetonio.
Todos ellos hacen referencia a los augures a que era tan aficionado el pueblo de Roma antes de iniciar cualquier empresa, y que los inducía a descuartizar animales y escudriñar la naturaleza para averiguar el porvenir.
Un claro ejemplo de ello fue la muerte del propio Julio César. El dictador recibió de sus adivinos más de quince informes, entre ellos el de un ganso que tenía manchas en el corazón y en el hígado, y un pichón siniestro que tenía un riñón fuera de lugar, el hígado hinchado y de color amarillo y una piedrecita de cuarzo en el buche. “Yo, que gobierno tantos hombres, soy gobernado por pájaros y truenos”, dijo César, aturdido por tantos y tan confusos presagios.
El 15 de marzo del año 44 antes de nuestra era, todo el mundo en Roma sabía que a César lo iban a matar. Todo el mundo menos él.
Plutarco cuenta que el griego Artemidoro, profesor de elocuencia helénica, se abrió paso a través de la muchedumbre que aclamaba al dictador cuando iba para el Senado, y le entregó un papel escrito de su puño y letra con la advertencia que lo iban a matar. Pero César retuvo en la mano izquierda el mensaje para leerlo en la primera oportunidad. Allí estaban contados los pormenores de la conspiración y la forma en que sería asesinado.
Pero César no lo leyó nunca, pues un instante después entró al Senado y fue muerto de veintitrés puñaladas.
Cayo Suetonio termina su relato de la siguiente manera: “Antisio, el médico, dijo que de todas aquellas heridas sólo la segunda en el pecho debió haber sido mortal”.