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El reino de Bachilén

El príncipe Ricardo II fue a ver a su padre el ex rey Ricardo I y le dijo que quería para él el trono de Bachilén, pero Ricardo I, alzando su ya decaído dedo índice, le dijo: Hijo mío tú todavía no estás para esos trotes. Tienes que esperar, porque todo tiempo tiene su tiempo.

El ex rey Ricardo quedó enamorado de su propia frase, pero Ricardito -así es como lo llama el ex rey se sintió amostazado y dijo que si no contaba con la ayuda de su padre recurriría a los caballeros feudales del sur de Bachilén para alcanzar el trono. El ex rey Ricardo I le dijo que perdía el tiempo y que sólo debía preocuparse del sillón cardenalicio que él le había heredado.

A su vez, el duque Andrade, que domina todos los bosques de Bachilén y a todos los que siguen la prédica de los Robin Hood bachilenses de robarle a los pobres para dárselo a los ricos, le dijo que el único que se oponía a la vuelta de la reina Verónica era el conde Velasco, y que Ricardito no tenía ningún futuro en esa aventura, porque ella, al igual que la reina María de los ingleses era la única heredera legítima del trono, olvidando que la reina Isabel la había hecho matar por el intento.

Ante tantos tapujos, Ricardito decidió darse un tiempo, total, cuatro años pasan muy rápido y el trono estará vacante para que aparezca Ricardo II con todas las de la ley y las otras.

Mientras tanto, en Bachilén el reinado de Sebastián I sigue su curso haciéndole el quite a las flechas, dardos y venenos que tratan de sacarlo del poder, pero Sebastián I es más tenaz que los del reino de Talca que hicieron la famosa tarquinia a uno que ahora habla con la voz muy aguda y no se deja amedrentar por el vocerío de los bachilenses que reclaman por la vuelta de su reina.

Ricardito piensa que para otra vez será, y nosotros seguiremos contando la historia tétrica de los bachilenses que tanto pelean por un poder que no conduce a otra cosa que a ser odiados por todo el mundo.

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