• La nueva vida de Lafourcade en Coquimbo
    La nueva vida de Lafourcade en Coquimbo
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Foto: Lautaro Carmona
Quien es recordado por su soberbia obra “Palomita Blanca” y su capacidad de encarar sin tapujos a la televisión chilena, decidió vivir sus últimos días en la comuna puerto, refugio donde vive silencioso y tranquilo, leyendo, aunque olvidando de a poco muchos detalles del pasado. Una figura que a sus 85 años sigue gozando del respeto de muchos, pese a su carácter

Poco se ha sabido del escritor, dramaturgo y crítico de televisión Enrique Lafourcade. Y claro, hace años que su figura no es parte de las portadas, o de los comentarios de los noticieros centrales, y su obra, muy prolífica, se ha frenado.

Nos encontramos con una columna de Antonio Gil en “Las Últimas Noticias”, titulada “Enrique Lafourcade: memoria viva”, donde recuerda que este literato se encuentra viviendo en Coquimbo, específicamente en el balneario de La Herradura. “Nadie se ha dado siquiera el trabajo de preguntar por él, pese a lo prolífico de su obra y lo controversial de su carácter, lo atrabiliario de sus posiciones políticas, amén del aporte innegable hecho a nuestras letras (…) Lee poesía, pasea por la orilla del mar y va olvidando, olvidando, olvidando, mientras los chilenos nos olvidamos de él”, es parte del extracto de esta opinión que nos sirvió de acercamiento.

Lo cierto es que vive en Coquimbo, pero ya no en La Herradura, si no que en el sector de Peñuelas, en una casa acomodada donde es cuidado cariñosamente por su pareja, la pintora Rosanna Pizarro. ¿Qué hace, como vive y cuál es la realidad precisa de Lafourcade en febrero de 2013?

Hasta hace poco más de un año, aunque ya mucho más lento y cansado, gustaba de participar de conversaciones, tertulias y debates acalorados con gente vinculada a la literatura regional. Incluso, más de alguna vez se trasladó en taxis, bajo la mirada curiosa de personas que lo reconocían, pero que no se atrevían a saludarlo. Sin embargo, este panorama varió en los últimos meses. “Muchas veces he intentado ir a visitarlo, pero Rosanna (Pizarro) nos ha dicho que mejor no vayamos, porque difícilmente nos reconocerá”, es lo que nos comentó el presidente de la Sociedad de Acción y Creaciones Literarias de la Región de Coquimbo, Arturo Volantines, que por cierto fue muy respetuoso de esta sugerencia y la acató con disciplina.

Este contexto nos empujó a conocer mucho más del carácter de Lafourcade, autor de libros tan afamados como “Palomita Blanca” y “La fiesta del rey Acab”, que forman parte de sus casi 50 trabajos.

Y es precisamente “Palomita Blanca”, de 1971, el que más marcó al escritor y a sus lectores, hecho que señaló en entrevista con El Día, publicada el 2 de febrero de 1996. “No hay otro libro que haya alcanzado las cifras de venta de éste, ya que todos los años las personas adquieren entre 50 a 60 mil ejemplares en una edición popular que publica Zigzag, y es leído por los alumnos de los colegios, por lo que existe un lector cautivo”, aseveró en ese entonces, con ocasión de la Feria del Libro de La Serena.

Cabe recordar que este libro además inspiró la película del mismo nombre, dirigida por Raúl Ruiz en 1973, y cuya banda sonora la proporcionaron “Los Jaivas”, la misma que, a raíz del golpe militar, vio la luz pública en 1992.

Un transgresor

Claramente, su presencia en la literatura fue trascendente, al igual que en medios escritos, sobre todo por ácidas columnas de opinión en El Mercurio. Fue, sin lugar a dudas, un crítico de la sociedad completa, un personaje gravitante y quizás el primer opinólogo de nuestros tiempos, faceta que desplegó con rudeza.

“Era un crítico de la sociedad completa. Su presencia en el noticiero central de Televisión Nacional (60 minutos) en una época difícil y en plena dictadura fue importante. También fue un crítico fuerte del Festival de Viña y la Teletón, lo que sin lugar a dudas fue algo muy valiente”, aseguró el animador de radio y televisión, Leo Caprile, que tuvo una importante relación con Lafourcade a mediados de los ’90, por su presencia en el espacio de entretención “¿Cuánto vale el show?”, donde Lafourcade jugaba un poco el rol de “malo”. “Era un tipo arrojado y valiente, no le tenía miedo a nadie ni a nada”, agregó Caprile.

Y claro, no deja de ser muy cierto, porque tuvo el arrojo de discutir, en los primeros años de la Teletón, liderada por Don Francisco, la forma en que esta campaña hacía beneficiencia, “masificando en pantalla la desgracia ajena” y discutiendo la forma en que se administraban los dineros reunidos, hecho que para muchos le valió el estar por años postergado de la pantalla chica. A mediados de los ’90, Lafourcade tiene la mala fortuna de que uno de sus hijos (Octavio) sufre un accidente en España y perdió una de sus extremidades, por lo que la institución resolvió ofrecer servicios gratuitos para la rehabilitación del joven. En ese momento, aunque no aceptaron finalmente la atención, y luego de conocer también más a fondo la labor de Teletón, ve cambiar en gran parte su opinión e incluso pondera positivamente el trabajo de Kreutzberger y su equipo.

En “¿Cuánto vale el show?”, Caprile recordó que “aunque Enrique aparentemente era una roca, le hacían mucha gracia las tonteras. El jugaba a ser el hombre sincero, que criticaba a los artistas sin pelos en la lengua, a diferencia de una Marcela Osorio, que todo lo encontraba lindo, o un Italo Passalacqua que ponía el lado crítico y Erick Pohlhammer, que era más crítico”.

Pero también el escritor buscaba que los participantes de este programa de concursos mejoraran cultural e intelectualmente, por lo que continuamente regalaba libros de su autoría y de otros. En la conversación que sostuvo Lafourcade con El Día, en febrero del ’96, se refería a este importante alimento para la mente tan olvidado por los chilenos. “Sí, somos flojos para leer, puesto que existe gente que no lee ni los diarios. Lo primero que debe poseer una persona es información. A partir de ésta, empieza a tener ideas y con ellas se forma un pensamiento, se crean valores y se instala en la sociedad un hombre con todos sus poderes”.

Sin embargo, Leo Caprile sostiene que Lafourcade era un “caballero por naturaleza”, un “gentleman”. Entre otras cosas, un amante de la buena mesa, de la buena música, pese a su severidad tan característica y que en este programa se traslucía a cabalidad.

“Aunque no somos compadres ni mucho menos, tengo los mejores recuerdos de él”, agregó el conductor, que a diferencia de muchos que apuestan por una especie de sentimiento de “lástima” por la soledad que acompaña al crítico a sus 85 años, cree que es algo que el propio escritor buscó.

“Por como conocí a Enrique, creo que ni la televisión ni los medios lo volvieron loco, y aunque fue siempre crítico, se dio el lujo de participar de ella y en cuanto a su vida, por supuesto pudo disfrutar de todo aquello que le hacía sentir bien. Creo que nunca buscó trascendencia, lo que él quería realmente eran sus libros, su lugar, su espacio”, agregó el animador.

Desde la perspectiva de Caprile, estos últimos años en Coquimbo son para Lafourcade “una manera justa de buscar el descanso, porque para Enrique lo importante son los sabores, un buen libro y una buena sinfonía”, sostuvo.

Esto, sin duda, recuerda y conforma un símil respecto del fotógrafo Sergio Larraín, fallecido hace poco más de un año, quien también escogió a la Región de Coquimbo, específicamente a la ciudad de Ovalle, como su refugio final, el lugar del descanso del guerrero. Y para Lafourcade, su principal batalla siempre fueron las ideas, las que esgrimió como bandera de lucha durante toda su vida. 



CULTIVANDO LA TRANQUILIDAD

••• Cuando logramos dar con Rossana Pizarro, pareja de Lafourcade y que tiene como gran pasión la pintura, tiene la suficiente amabilidad para recibirnos, aunque prefiere no dar una entrevista propiamente tal, ya que a su juicio los medios no han sido sumamente prolijos con la actual situación del escritor. “Pagan justos por pecadores”, es la frase que surgió en la mente de quien escribe cuando vino esta respuesta.

Sin embargo, en la breve pero importante conversación, nos cuenta que Enrique Lafourcade está bien, que lee, que le gusta pasear, y que no se encuentra en un estado de abandono como muchos creen, aunque sí con escasas visitas. El dramaturgo está llevando una vida muy normal, por supuesto con las limitaciones propias de estar en una edad avanzada, y aunque ya no escribe, no deja de leer.

El gran inconveniente: la memoria la ha ido perdiendo de forma paulatina, y tal como lo señalaba la columna de Antonio Gil, sus recuerdos se han ido esfumando lenta y silenciosamente. Quizás, para una gran cantidad de chilenos, los vestigios del propio Lafourcade también se han ido borrando, ya que como sabemos, la imagen televisiva es efímera y se hace menos perenne con el transcurrir de los años, igual cosa que ocurre con las amistades y muchos afectos circunstanciales, a diferencia de los libros, y que de Lafourcade sobran.

Sin embargo, él sigue ahí, como un testimonio vivo de una generación de escritores de los que ya no existen, de aquellos críticos que hablaban directo y de esos señores que tienen categoría y distinción. La historia, sin duda, sabrá reconocerlo pese a su contradictorio carácter. “Tengo la suerte de contar con amigos verdaderos, quienes han sido muy importantes en mi vida. Otorgo un especial valor a la amistad”, fueron algunas de las palabras de Lafourcade en 1996, las que quizás hoy, ya más silente, igual resuenan en su mente, pues de tarde en tarde, este hombre “duro” pregunta a su compañera, “¿Hay algún llamado de Santiago?” 

 

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