En Etiopía conviven diferentes paisajes, lenguas y culturas. El país africano, cuna de la humanidad, atrapa al viajero entre sorprendentes iglesias ortodoxas excavadas en roca, montañas y coloridas tribus que guardan con recelo milenarias tradiciones. Una tierra en la que perderse para encontrarse a sí mismo.

Etiopía es un país de contrastes difícil de enmarcar con palabras. Imagine tierras en las que conviven más de 80 grupos étnicos, en la que se hablan más de 10 idiomas, con paisajes de sabana y cebras cruzándolos en manada. Imagine también altas montañas verdes, iglesias excavadas en roca bermeja conectadas por túneles y pasadizos y senderos vírgenes que apenas cruzan unas decenas de personas. Todo ello es Etiopía.

El país africano fue declarado por el Consejo Europeo sobre Turismo el mejor destino de vacaciones en 2015. Está situado en el cuerno de África y tiene en torno a 95 millones de habitantes según datos deThe Economist Intelligence Unit.

La capital es Adís Abeba que tiene casi 3.500.000 habitantes y hasta ella llegan los principales vuelos internacionales. Una buena opción para ir hasta allí es Turkish Airlines (www.turkishairlines.com), quienes ofrecen billetes que cubren el trayecto a la capital etíope desde las principales ciudades americanas y europeas con escala en Estambul. Elegida  mejor compañía europea los últimos seis años en los The World Airlines Awards, considerados los Óscar de la aviación. 

Cihan Kara, responsable de compras de la compañía turca, asegura a Efe que, aunque la temporada alta para viajar comprende los meses de abril a octubre, “las características topográficas del país, que van desde montañas a desiertos, permiten que los viajeros se desplacen durante todo el año dependiendo de la región”. 

"Etiopía se ha convertido, además, en  un enclave de  importante actividad empresarial dentro de África, por lo que muchos viajeros que se desplazan a este país van en representación de sus empresas para buscar oportunidades de negocio”, añade Kara.  

VIAJE EN EL TIEMPO

El tiempo transcurre a otro ritmo en este país africano. A propósito del tiempo, el país adoptó de forma oficial el calendario ortodoxo. En la actualidad están en 2009 y sus años tienen 13 meses. 

En algunos puntos, los instantes parecen eternos y en otros, las horas, efímeros segundos. Lalibela es uno de esos lugares. 

Ubicada en la región de Amhara, al norte del país, lleva el nombre del rey que la trajo a la vida y es visita obligada para los viajeros. Incluso  Ryszard  Kapuscinski se rindió a su magia, como se lee en “Ébano”, el libro que recoge 29 crónicas de la vida del maestro de periodistas en África.

Lalibela, conocida también como la pequeña Jerusalén ortodoxa, esconde 11 maravillas que, según cuenta la leyenda, construyeron hombres y ángeles mano a mano: casi una docena de iglesias monolíticas excavadas en roca que superan en espectacularidad a otros templos erigidos de forma tradicional.

Sus creadores no incorporaron materiales externos en su construcción, ni ladrillos ni bloques de piedra ni mortero. El espacio negativo, vaciado en la roca por miles de hombres durante 24 años en el siglo XIII, dibuja edificios rojizos de diferentes tamaños y formas. “Fueron construidas por Dios” parece ser la respuesta más socorrida entre los guías turísticos ante la curiosidad del visitante sobre los aspectos técnicos. 

Todas son diferentes y las más conocidas son Biet Medhani Alem (Salvador del Mundo), a doce metros de profundidad; y Biet Ghiorgi (San Jorge), con planta en forma de cruz. 

Para poder acceder a ellas hay que registrarse y pagar una entrada que cuesta 50 dólares, válida para cuatro días. Si se requieren los servicios de un guía, el precio de la visita puede duplicarse.  

Las oraciones en la lengua histórica ge-ez, rítmicas, potentes e hipnóticas, llaman a entrar en el templo Biet Medhani Alem. Apenas hay luz, la moqueta roja que cubre el suelo desigual se nota húmeda bajo los pies descalzos y el penetrante olor a incienso mezclado con sudor golpea el olfato con fuerza. 

En una lúgubre esquina, separada por una cortina del resto de la iglesia, una mujer extrae de un foso una especie de rodillo y, tumbada en el suelo, comienza a hacerlo rodar por su anatomía en una especie de trance buscando sanar cuerpo y alma. Los cantos no cesan ni bajan de intensidad. 

Solo los insistentes clics de las cámaras de algunos turistas rompen el encanto de la escena.  Al salir, esquivando los devotos que siguen los rezos acomodados en el suelo, es necesario echar una última mirada atrás para memorizar unos cuadros amontonados verticalmente contra las paredes: las túnicas y gorros de algodón blanco que llevan los fieles y la tenue luz que se cuela furtiva por una de las pequeñas ventanas que permanecen abiertas. 

 

RELIGIÓN, CASTILLOS Y LEYENDAS 

Tras visitar Lalibela, es imposible no darse cuenta de la importancia de la religión en la sociedad etíope. Alrededor del 60% de los habitantes son cristianos y, al contrario de lo que se puede pensar, no es consecuencia directa del colonialismo europeo en el continente africano. El reino de Aksum abrazó el cristianismo como religión oficial en el siglo IV. Fue el segundo territorio en hacerlo, tras la actual Armenia. 

Gondar, que junto con Lalibela y Bahir Dar forma el principal triángulo turístico en Amhara, es conocida como la “Camelot etíope”. Y es que los castillos medievales y las colinas verdes despistan al viajero. 

La impresionante ciudad fortificada de Fasil Ghebi, de 900 metros de perímetro, fue la residencia del emperador Fasilides, que mandó construirla en el siglo XVII inspirado en la arquitectura árabe e india. 

Tras la llegada de los jesuitas, como explica la Unesco, metamorfoseó su apariencia adoptando tintes barrocos europeos. 

Aksum es la última parada de los “best seller” de los viajes organizados al norte de Etiopía. Situado en Tigray, una región que hace frontera con Eritrea, atrae a beatos, curiosos y, seguramente, fans de Indiana Jones. 

Sus habitantes hacen gala de custodiar la mismísima Arca de la Alianza que el intrépido arqueólogo arrebataba a los nazis en la gran pantalla. 

Varios monjes custodian el “Tabot”, el cofre que, supuestamente, contiene las tablas de la ley con los 10 mandamientos que Dios entregó a Moisés. Se le atribuyen los poderes de acabar con el mal, burlar leyes físicas y vencer a los más feroces ejércitos. 

La creencia popular señala que, tras la destrucción del Templo del Rey Salomón, el arca fue llevada a otro lugar que nunca ha sido revelado. Sin embargo, los millones de etíopes cristianos creen y defienden que llegó a su país hace 3000 años de manos de Menelik I, hijo de la reina de Saba y el rey Salomón. 

Un párroco guarda el cofre celosamente durante noche y día. Es su única obligación y su mayor satisfacción. Nadie ha tenido acceso al “Tabot” y su autenticidad es más que dudosa. Un día, advierten los cristianos de la antigua Abisinia, el secreto será revelado al mundo. Todavía nada apunta a que vaya a ser pronto. 

Por otra parte Etiopía ofrece innumerables rutas, paisajes, ceremonias y experiencias. Muchas opciones muy distintas entre sí. Lo que es común a todas ellas, desde las coloridas y pintorescas tribus nómadas en el sur hasta la comunidad ortodoxa en el norte, es la amabilidad de su gente y el irrefrenable deseo que provocan de perderse en su cultura. 

Abisinia es como su plato más extendido, el Injera con wats, una especie de torta hecha con una pasta fermentada de tef, un cereal local, sobre la que se colocan diferentes acompañamientos de carne y vegetales. Es sencilla, intensa, fuerte, caben todos los colores, aromas y sabores. Es un gran collage en el que perderse. Un gran lugar en el que encontrarse.  

Por Natalia Otero.EFE/REPORTAJES.

 

 

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