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Lautaro Carmona
A los 87 minutos, Sebastian Pol remató al arco desde fuera del área, disparo que no pudo ser contenido por el arquero de la Serena, Elias Hartard. Fue el gol del triunfo pirata sobre su archirival.

Eran cerca de las cinco de la tarde y la barra papayera ya llevaba largo tranco en su peregrinaje al Francisco Sánchez Rumoroso, la “Meca” de su acérrimo archirrival. Aún conscientes de estar en tierra enemiga, gritaban, saltaban y mostraban desafiantes sus camisetas granates a los coquimbanos, quienes los miraban a lo lejos. Ellos no se sintieron intimidados por estos gestos, sino que los escudriñaban buscando el momento propicio para darles la cálida “bienvenida” de rigor. Como dicen los hinchas veteranos, “los Clásicos son Clásicos” y hay todo un folclor que los rodea, muchas veces hiperbolizado por la misma prensa. La estadística y la historia no juegan, solamente sirven para “calentar”, aún más, los ánimos ya exacerbados.

Se abrieron las puertas del llamado “Coloso de Llano” y sus venas se empezaron a teñir de granate y amarillo,  con  la entrada de los casi 8000 asistentes al partido más importante de la IV región, llenando gran parte del interior del recinto. Ambos equipos llegaban con buenos resultados anteriores, sin embargo, el equipo aurinegro era penado por las críticas despertadas por situaciones que escapaban al gramado  y traspasaban a la vida personal, las cuales los llevaron a vetar a la prensa que se dice especializada.

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A las 18:10 hrs, tras un minuto de silencio (que poco tuvo de silencio precisamente) por el fallecimiento del concejal Ramón Velázquez, el estentóreo pitazo de Carlos Rumiano detuvo a la conurbación completa y daba inicio al Clásico 116 entre serenenses y coquimbanos, quienes hicieron sentir su localía, desde los albores del juego, lanzado fuegos artificiales. Los primeros minutos fueron jugados con mucho roce y el uso del balón elevado. Poco hubo de táctica en la dinámica pero en partidos como éstos, lo único que importa es imponerse al rival de siempre. Sea como sea. Todo se trababa en el mediocampo, sin embargo, poco a poco llevaban las visitas a los arcos de Hartard y Mall.

El primero en avisar fue el local, con un cabezazo de Nicolás Crovetto, tras un lanzamiento de tiro de esquina. Pasado el primer  cuarto, los de Jaime García aterrizaban el balón y trataban de triangular el balón para contrarrestar los pelotazos piratas. Luego Bryan Cortés con una volea sin fortuna y el eterno Mauricio Salazar, quien se intentó colar por la defensa aurinegra sin fortuna. Llegando a la media hora, la iniciativa pasaba de nuevo a Coquimbo, que no podía evitar las dos férreas líneas de 4 con las que se defendía Club Deportes, dejando siempre en off side a Sebastitán Pol, quien ya se había destacado avisando de volea.

Otro que se hizo de una oportunidad clara fue Crovetto, quien recibió un centro, que Pol hábilmente dejó pasar al encontrarse, otra vez, en fuera de juego. Crovetto respondió de cabeza, buscando el primer vértice, pero el balón salió fuera de la cancha. Fue una de las más claras de la primera fracción. Posteriormente, vino la de Ángel Rojas, que disparó fuera del área, cruzado a ras de piso, sin embargo, el balón le decía que no, nuevamente, al equipo Pirata. La última del primer tiempo fue Granate: tiro de esquina de Cristóbal Marín hasta la testa de Byron Guajardo. Cabezazo ajustado que terminó retumbando en el arco de Gonzalo Mall, salvándose el “Auri” por solamente un pelo. 

El entretiempo pasó volando y los gladiadores volvían a la arena en búsqueda de la gloria. Extrañeza causaron una discusión entre J.J.Ribera y Rumiano en el círculo central y la ausencia de Nicolás Vargas en la saga coquimbana. Creíase, al principio, que había sido expulsado por gestos groseros contra la barra rival, sin embargo, con el correr del tiempo se confirmó que el jugador había sido sancionado por insultar al juez del compromiso. Reiniciado los fuegos, ambos consiguieron hacerse de opciones para abrir el marcador. Coquimbo se defendía muy bien, a pesar de su desventaja numérica. Luego se igualarían con la expulsión de  Byron Guajardo, después de una violenta entrada. Sin embargo, los Aurinegros perderían en el epílogo a Nicolás Crovetto, que recibía su segunda amarilla luego de una innecesaria falta. 

Llegaban los minutos finales y todo indicaba que el empate estaba ya firmado, dejando una repartición salomónica que no dejaba a nadie feliz, ya que  no alcanzaba para continuar a la cacería de San Marcos de Arica y el alejado Curicó Unido. No obstante, Sebastián Pol alzaría la voz para cambiar la historia. Tomó el balón  a los 87´ y a lo “guapo”  le mandó un zapatazo al balón con todo el empeine, para sacar un fuerte tiro, que no llevaba mucha “comba”, el que terminaría en las manos de Hartard, que esperó parado,  seguro, que le llegara el esférico, pero, para su mala suerte, el balón se le escurrió de las manos y terminó entrando en las redes, desatando el carnaval en el Sánchez Rumoroso, liberando los gritos de gol que esperaban salir de las gargantas coquimbanas. Pericia de Pol o error del portero, lo cierto es que el marcador se inclinaba hacia Coquimbo Unido. Pena por el golero granate, que venía haciendo un gran cometido y que ahora deberá soportar el  injusto escrutinio público, especialmente de la prensa, que lo sindicará como el principal culpable de la derrota. Ya Jaime García le daba su apoyo en sus declaraciones post-clásico, dejando claro que “cuando ganamos,  ganamos todos y cuando perdemos, perdemos todos”. 

Terminó siendo un partido que se decidió en sólo un segundo, lleno de adrenalina en su parte final. Por eso el fútbol es el deporte que encanta a la mayor parte del mundo. Es como la vida misma, llena de momentos inesperados, donde, muchas veces, las cosas no salen como uno  quiere o espera.

 

 

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