• Foto: El Día
  • El primer objetivo era llegar desde el Club de Yates hasta el barco asiático que venía a cargar hierro. Recién llevábamos cinco minutos sobre el mar. Foto: El Día
  • Los rostros alegres y la energía positiva fueron la constante en la travesía nocturna por la bahía de La Herradura. FOTO: El Día
Con el objetivo de cerrar el año de una manera dinámica, novedosa y atractiva, Herradura Experience invitó a diario El Día a la actividad en la que 30 personas vencieron el miedo y pasearon cerca de dos horas por toda la bahía herradureña. Oleaje, viento, lobos, selfies y sobredosis de risas marcaron la jornada que se repetirá durante todo este verano.

“Lo más importante es que nunca deben soltar el remo. Hay varias posibilidades que ustedes se caigan al agua y lo peor que les puede pasar, es que se mojen. Recuerden que esta actividad es para pasarlo bien, compartir y disfrutar de la vida al aire libre”, sostuvo la instructora de stand up paddle (sup), Michelle Hernández, para empezar a lubricar lo que sería esta aventura náutica por la noche. 

No son muchos los que conocen los deportes acuáticos. Si bien parecen fáciles de lo lejos, cuando te subes a la embarcación, de inmediato te exige una buena cuota de equilibrio. Por más que parezca que el mar está plano y tranquilo, el mantenerse de pie es más complejo de lo que se ve. 

Diario El Día recibió la invitación de Carlos Medina, dueño de Herradura Experience, para asistir a la última salida nocturna en stand up paddle (sup) y kayak por la bahía de La Herradura. No nos atrevimos a decir que sí de inmediato.  En un comienzo surgieron las dudas, aparecieron los “peros”, el temor empezó a florecer, sin embargo, se trataba de una actividad nueva y para comentar sobre ella, primero hay que vivirlo, por tanto dijimos que nos esperaran porque íbamos a llegar.

Bastante lejos de la competencia por quién llegaba primero, remaba más rápido o duraba más tiempo sin caerse se llevó a cabo la salida, donde el foco principal estaba en vivir la experiencia y disfrutar de la vida al aire libre.

Miradas Cómplices

En la playa del Club de Yates estaba todo armado. Los trajes a un lado, los chalecos salvavidas al otro, mientras que las tablas de sup y kayak se ubicaron pegaditos sobre la arena. Se veía harto orden antes de salir. Quizás era estrategia para evitar que alguno se arrepintiera. Todo esto estaba ambientado con música y un fuego que recién emitía su primera llama.

Con equipaje completo en el cuerpo nos sometimos a la charla técnica de los instructores. Ahora fue el turno de Claudio Pineda, encargado del kayak quien señaló algunas medidas de seguridad, explicó en qué consistiría la aventura y remató con un trabajo de activación muscular. Parece que los ocuparíamos mucho. 

Los rostros de las 25 personas eran muy parecidos. No por la apariencia física, sino que por el tipo de mirada, esa de cómplice. Mientras todos escuchaban las instrucciones, varios se miraban bajo el nervio y la incertidumbre de qué cosa iba a pasar una vez que estuvieran sobre el mar. Para muchos era la primera vez que se subirían a una tabla de sup o kayak. La adrenalina y ansiedad se apoderaban del cuerpo. Todavía faltaba por lo menos una media hora de luz.

Pese a que el sol no pudo pronunciarse durante la tarde debido a la nubosidad, casi al final del día se produjo un claro en el cielo donde se pudo saludar a la estrella más grande del mundo. Los colores mágicos del atardecer en la playa te hacían conectarte un poco más con el entorno marino. Por un momento, se dejaba atrás los números, horarios y llamados. El olor profundo de mar sumado al colorido del paisaje te llevaba un poco más lejos.

“Ya muchachos, agarren las tablas que nos vamos al agua para disfrutar de una experiencia que estoy seguro que les será inolvidable. Les recomiendo que no vayan tan cerca para evitar cualquier golpe o caída. Súbanse sobre la tabla y kayak cuando el agua les llegue a las rodillas. ¡Los quiero ver con harta energía!” arengó Claudio Pineda.

"Al Agua Pato"

No alcanzó a pasar ni un segundo cuando sentimos ese frío que subió desde los pies hasta la espalda cuando tocamos el agua. Ya estábamos ahí. No había vuelta atrás. Nuestro único norte era la bahía, que estaba encima de nosotros. Obedientes a las indicaciones de los instructores nos subimos sobre la tabla cuando el mar nos llegaba a las rodillas. Quisimos ir en sup. “Uno, dos, tres, arriba”, nos ayudó Claudio para decidirnos luego y pararnos en la tabla. A pesar que uno crea que se va a caer de inmediato, las tablas tienen la estructura ideal para aguantar los primeros tambaleos. Cogimos el remo y dimos las primeras braceadas. Concentrados en hacer los movimientos que nos enseñó Michelle Hernández, empezamos a avanzar. Una sensación única al sentir como si estuviésemos caminando sobre el océano. Con el vuelo de las remadas era más fácil mantener el equilibrio. 

Al resto de los participantes era imposible sacarles la sonrisa de oreja a oreja. La aventura consumía los primeros cinco minutos y sabíamos que nos quedaba toda la vuelta a la bahía. Solo había que disfrutarlo. El grupo agarró vuelo y como un cardumen avanzamos por el borde de la playa en dirección hacia el muelle donde se les carga hierro a los barcos asiáticos. Recién había llegado uno. Todos querían ir a conocerlo. Daba miedo por lo grande que se veía. Pero tal como pensamos anteriormente, había que estar ahí para comentar. 

Como la gran mayoría de las actividades que realizamos por primera vez, todos nos parece novedoso y simpático. Incluso los rugidos de los lobos de mar, que rompían el silencio en el medio de la bahía. Quizás en otras circunstancias uno se altera, pero aquí lo tomamos con humor y las carcajadas nerviosas complementaron gran parte del recorrido.

Durante dos horas, un poco menos tal vez, estuvimos luchando contra el equilibrio y sintiendo en carne propia lo que era realizar la vuelta completa en la noche. Obviamente que nos caímos al agua más de una vez. Y tal como era el objetivo de la actividad, lo disfrutamos. El traje no permitía que nos entrara el agua, por tanto, solo teníamos que pensar en volver a recuperar la estabilidad. 

El reloj daba las 22:40 y aún nos quedaba la recta final. La parte más pesada ya la habíamos pasada, esa que era desde la pesquera San José hasta el cerro sur de La Herradura. Contra el viento y en un tramo con oleaje más grande de lo habitual por la cercanía con el alta mar hizo que varios se hincaran e incluso, se acostaran sobre el sup para avanzar. Era muy difícil estar de pie y remar. Pero había un incentivo para darlo todo. Nos estaba esperando una sabrosa parrilla de vacuno, cerdo y verduras, más uno que otro líquido para saciar la sed. A pocos metros de llegar al punto final, se oía la música, se veía un fogón grande y se olía esa grasa quemada típica de asado. 

Una travesía inolvidable que culminó con un espacio para compartir con todos los participantes y también para contar cada experiencia. Salió la guitarra, el rock argentino y los cánticos alrededor de la fogata. 

 

 

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