Por años hemos sido envueltos por un mundo modernizado, globalizado y en constante desarrollo en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana; en la actualidad la realidad que vivimos dista de asemejarse a la de nuestros antepasados, para nosotros es natural vivir en una restringida diversidad, es algo asimilado ya por nuestra conciencia. En un día común consumimos frutas, vegetales, tubérculos, raíces, etc., todos ellos provenientes de la compra en un supermercado, tienda o feria libre, creemos que comúnmente podemos consumir la mayoría de lo que el ser humano es capaz de cultivar, pero no somos capaces de notar la existencia de una barrera, una que nos restringe a consumir alimentos únicamente producidos de forma masiva, olvidando todas aquellas especies provenientes de semillas que forma parte de nuestro patrimonio y herencia de los que estuvieron antes que nosotros.

Preocupados por conservar la original diversidad cultural, estrechamente relacionada con la alimentaria, es lo que hoy podemos conocer como las Curadoras de Semillas, un grupo organizado principalmente de mujeres, aunque no se excluye a los hombres que están dispuestos a colaborar, concentrado principalmente en la zona sur de nuestro país, Chile, quienes se encargan de preservar la cultura del cuidado de semillas, semillas autóctonas de la zona, semillas que llevan años brotando y sobreviviendo, tarea que se les ha hecho aún más difícil por la industrialización de la mayoría de los alimentos. La curatoría es un oficio heredado en las familias y provenientes de los pueblos del país (comunidades de denominadas actualmente indígenas), generalmente de carácter femenino, que cumple un especial rol en la preservación de la biodiversidad y sustentabilidad y que está en constante oposición y negación a los procesos de homogeneización y globalización impuestos por la industrialización masiva, en especial la de los alimentos, alimentos que son innatos de nuestra cultura.

La vida cotidiana de una curadora de semillas es capaz de relacionar todos los mundos en los que ella es capaz de interactuar; la mayoría de las veces encontramos una cuidadora que no solo es responsable de las semillas, sino también de su hogar, de una familia e incluso de un trabajo remunerado; una cuidadora es capaz de desenvolverse en todos los aspectos de su cotidianidad, pudiendo separar perfectamente sus mundos y poner especial atención cuando se encuentra  en su rol de protectora de la herencia que le fue dada. En el mundo de una mujer cuidadora de semillas podemos hallar la importancia de poder resguardar la tradición en conjunto con la biodiversidad de nuestra cultura; importante es mencionar que la una curadora no está interesada en cultivar de forma masiva las semillas, su principal objetivo en tal realidad es preservar la diversidad de semillas en conjunto con las plantas y frutos que estas pueden entregar.

Una curadora vela por el respeto a las semillas, las plantas, los frutos y todo lo que la madre tierra nos puede otorgar, es por esto que no es tan fácil obtener una semilla tan pura y bien cuidada si eres un desconocido; no es por un asunto de egoísmo y exclusividad de su posesión, todo lo contrario, entre sus intenciones siempre está en compartir todo el conocimiento de las semillas, entendiéndose que la semilla tiene distintos usos tanto alimenticios como medicinales, importante es saber que una semilla tiene sus propias épocas de siembra y cosecha, es por esto que no es posible apreciarlas todas en una misma estación, no así las que son producidas por las industrias, las cuales son alteradas para que brinden fruto constantemente. Es necesario conocer las semillas, es por esto que las curadoras siempre buscan un buen lugar para sus semillas, no se las entregan a cualquier persona sin antes conocerlas, entender sus intenciones y crear un lazo de cercanía con otro, es esencial para una cuidadora el saber que su conocimiento recibido como herencia perdure en el tiempo.

Recientemente se han hecho más conocidas las instancias especiales en el mundo de las cuidadoras de semillas en las que se lleva a cabo un adecuado y respetuoso intercambio de las semillas, estás son conocidas como los “Trafkintu”, palabra de la lengua  Mapuche que en español significa trueque, de aquí podemos directamente relacionar el hecho que la actividad de preservar el patrimonio no es algo nuevo, no es una respuesta a la modernización y homogenización, más bien debe entenderse como parte del patrimonio, es un arte proveniente de los pueblos de nuestro país que con el tiempo se ha ido modificando, pasando de ser un intercambio entre pueblos según sus necesidades a un intercambio casi periódico de conocimiento y sabiduría de este arte. Este encuentro considera su realización por medio de tres momentos u etapas, primera se encuentra el Yepipún en donde se ofrendan las semillas previo al trueque, seguido viene el intercambio físico de las semillas en conjunto con su historia y saberes, luego se instaura el Misawun donde es posible compartir los alimentos que cada curador recolecto y generar lazos entre la comunidad; finalmente como un agregado, considerándose una cuarta etapa, se convoca una discusión grupal en torno al cuido y preservación de la biodiversidad.

El Trafkintu es visto por las curadoras de semillas como una situación en la su “aquí y ahora” gravita entorno al de otro interesado en realizar un intercambio, ya sea por el interés de diversificar su posesión y protección de semillas o el de adquirir un mayor bagaje de la práctica; por medio de la interacción social, de la relación “cara a cara” que se establece entre los cuidadores es posible que ellos puedan generar en su conciencia una imagen uno del otro y así saber si el otro se tiene el respeto suficiente para tener bajo su cuidado personal las semillas y el conocimiento que se atesora, no cualquier otro es una persona fiable de respetar lo que la Pachamama (Madre Tierra en el lenguaje Mapuche) es capaz de darnos. Además de proyectarse como una interacción entre curadoras y personas interesadas en el arte, es un momento de purificación de las semillas, es el tiempo en que ellas pueden refrescarse, en las que ellas son tratadas como nuestros pares, y por tal, merecen la renovación y la opción de trasladarse a brotar en otras tierras alrededor de los pueblos de nuestro país y adquirir nuevas energías. Con buenas intenciones en el intercambio no existen límites para enriquecerse culturalmente, la barrera se establece cuando la intención es privatizar y masificar la producción, cuando se pretende manipular científicamente la naturaleza de las semillas, cuando por afán y codicia se pretende ir contra de los que dictan las leyes naturales.

La semillas son capaces de dar vida a la realidad misma que compartimos, diversifican nuestro mundo, nos alejan de la homogenización derivada de la globalización que se  integra en nuestro diario vivir, es por esto que es posible preguntarse ¿nos damos cuenta de lo tanto que sacrificamos a diario por seguir modernizando nuestro entorno?, en la mayoría de los casos tal vez la respuesta sea, o más bien la culpa se la adjudiquemos a nuestra “no conciencia” del asunto, para ser coherentes, entendamos que el ser humano es racional y consciente de todos sus actos, esto conlleva a otra reflexión ¿qué tanto valoramos nuestra herencia, nuestro patrimonio, nuestro legado, nuestra cultura?

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Autor

Imagen de Bárbara Andrade Rojas
Estudiante Universitaria