Lo primero en que pensamos cuando se acerca el 25 de diciembre es en que hay que armar el árbol de Navidad  y a estas alturas en casi todos los hogares, luce refulgente un pino de plástico verde, cargado de guirnaldas, adornos y luces…Los antiguos germanos decían que tanto la Tierra como los astros pendían de un árbol gigantesco: el Árbol del Universo, cuyas raíces estaban en el infierno y su copa en el cielo, y  para celebrar el solsticio de invierno -que se da en esta época en el Hemisferio Norte- decoraban un roble con antorchas y bailaban a su alrededor. Alrededor del año 740, San Bonifacio,  evangelizador de Alemania e Inglaterra, eliminó ese roble que representaba al Dios Odín y lo “cristianizó”, reemplazándolo por un pino, símbolo del amor eterno de Dios, adornado con manzanas (que para los cristianos representan las tentaciones) y velas (que simbolizaban la gracia divina). Además, al ser una especie perenne, el pino es el símbolo de la vida eterna y su forma de triángulo representaría a la Santísima Trinidad.En la Edad Media esta costumbre se expandió, y luego de la conquista llegó a América y, por supuesto, a esta fértil provincia y señalada, donde vino a decantar todo lo anterior…Hoy en día seguimos bailando alrededor del árbol, pero hemos evolucionado: usamos pinos de plástico… por aquello del  medioambiente.También se mantienen los adornos navideños, que hoy son esferas también plásticas que colgamos del árbol, de las cuales se dice que las de color azul simbolizan el arrepentimiento; las rojas las peticiones; las doradas las alabanzas, y las plateadas el agradecimiento…En el Chile de hoy no hay arrepentimientos, hay más insultos que alabanzas, las peticiones no se escuchan y nadie agradece nada, por lo que los árboles de Navidad debieran tener únicamente luces… y sólo de aquellas que se prenden y se apagan…

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