La ciudad es más que edificaciones, calles y paisaje, es una construcción social y lo que muy bien observa Francisco Puga en su columna “Caminando en una ciudad fantasma”, es la imagen viva del quiebre social que sufrimos: la destrucción del espacio público, el rayado de muros y calles, la suciedad y el abandono del espacio común, es el reflejo del confinamiento mental de una sociedad que no busca dialogar.

El covid19 nos dio una pausa obligada para respirar profundo y reflexionar sobre la fragilidad de la vida y de nuestra socioeconomía, de revalorar la importancia de lo pequeño, de lo cotidiano, del comercio de barrio y la PYME local que da carácter e identidad a la ciudad y a nuestros territorios.

Hemos vuelto a mirar la importancia de lo local frente a lo global, de cuidar el medio ambiente y cuidar al otro tanto como a uno mismo. El desafío cuando volvamos a caminar por la ciudad es conversar y volver a construir comunidad, una más sostenible.

En esta fragilidad, debemos fortalecer nuestra humanidad, que el confinamiento y el distanciamiento físico no impida dialogar y buscar convergencias, nuestra supervivencia social es lo que está en juego, es la ciudad serena que queremos, conversamos y construimos todos.

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