Luchín” es una famosa canción de Víctor Jara, cuyo autor fue  muerto semanas después del sangriento golpe de estado en nuestro país.
Luchín es una fotografía del Chile de ese entonces, un niño que vive en un campamento, con sus sueños, frustraciones, esperanzas, y la inclemente naturaleza que lo hace presa, en invierno con las lluvias y en verano el implacable calor.
Esa fotografía, y ese modo de vida parecían desterrados con el Chile actual de las grandes carreteras concesionadas, de monumentales edificios, pero con  aumentadas desigualdades.
Chile es uno de los países más desiguales del mundo.
Por eso cobra plena vigencia los derechos de los niños; y los deberes y responsabilidades del estado y la sociedad para con ellos. Sobre todo, cuando se analiza y se aprueban las reformas que irán en su beneficio en los años venideros y existe un particular egoísmo en denostarlas.
El estado chileno suscribió la Declaración Universal de Derechos del Niño y la Niña, promovida por UNICEF y ratificado por la Naciones Unidas. En una escuela de Punta  Mira, celebramos este mes  sus  25 años.
Nos olvidamos que el niño, de acuerdo a lo firmado en la N.U, no debe ser discriminado por su condición económica, social, de credo ni apariencia. Que todo niño tiene derecho intrínseco a la vida. 
Es lamentable que estos valores bien inspirados se contrapongan con la realidad.
 Hay centenares de niños que viven en la marginalidad y subsisten cómo pueden.
El gobierno ha realizado muchos esfuerzos por equiparar su condición;  pero hay mucho por hacer. Es por eso que saludamos el envío que hará el Ejecutivo al Congreso del proyecto de ley  de Garantías de Derechos de la Niñez y Adolescencia, que crea la Subsecretaria de la Niñez y Adolescencia.
Estaremos alertas para entregar todo nuestro apoyo a esa iniciativa, porque cómo sociedad seguimos en deuda con los “luchines” y las niñas de  nuestro país.

 

 

 

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