Me encanta enseñar. No quiero estar en ninguna otra parte”. Recuerdo haber escuchado esa frase por primera vez cuando apenas superaba los veinte años. Eran palabras de Mister Keating, el carismático profesor de La Sociedad de los Poetas Muertos. Era una película emotiva protagonizada por el malogrado Robin Williams, ambientada en un colegio tradicional, que miraba más a la forma que al fondo de las cosas, muy preocupado por la imagen y más lento en su trabajo con las personas. Hasta que llegó Keating a darle algo de vida a la institución y, sobre todo, a mover los corazones de los jóvenes.
Estudiaba por entonces, sin vocación, la carrera de Derecho -a la que sin embargo agradezco mucho-, y vi esta película decisiva, que contribuyó a tomar una de las decisiones más hermosas de mi vida: me fui a estudiar Historia, para ser profesor. Ciertamente en eso influían los ejemplos familiares de profesores excelentes, también los que tuve en el colegio en La Serena, y ciertamente aquellos masetros sabios y grandes personas que conocí en la Universidad Católica de Chile. Todo se iba sumando a lo que considero una auténtica vocación: ser profesor, formar personas, estudiar y enseñar, conocer cada año nuevas generaciones de estudiantes con sus sueños y problemas, con su potencial y sus limitaciones. 
Como cada año, recibí algunos saludos en el día del Profesor, que se celebró este viernes 16 de octubre en Chile. No fueron muchos, es verdad, pero suficientes y cariñosos como para llevarme a recordar agradecido a aquellos que me mostraron un camino que no sería fácil, pero que era apasionante. Pasan los años, y uno puede observar a sus alumnos como profesionales, algunos se han casado, otros han descubierto su propio camino en la vida. Tengo ex alumnos como diputados, en el gobierno, algunos sacerdotes, otros dirigen centros de estudio o movimientos políticos, son profesores universitarios o han escrito libros. Los conocí muy jóvenes y hoy contribuyen al país desde sus propias vocaciones, con talento y entrega. 
Tenía razón Mister Keating cuando recomendaba a sus estudiantes: “Hagan que sus vidas sean extraordinarias”. En alguna medida fui su alumno a través de la película, y estoy agradecido: ser profesor ha sido extraordinario.

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