Max Brod, quien como albacea de Kafka había recibido el mandato del propio escritor, de destruir todos los manuscritos inéditos que dejaba entre sus bienes, se debe la fama póstuma del autor de La Metamorfosis. 
En el incendio privado debían haber perecido El proceso, El castillo, América, un conjunto de otros relatos y los “diarios” del narrador checo.
Tal obligación recaída sobre Brod se debía a que Kafka estimaba que aún sus historias se hallaban en un estado de preparación, indignas de ser consideradas en sazón y de merecer el juicio de los lectores. 
Brod desobedeció y por ello el gran autor existe.
La obra que aquí comentamos es la primera edición íntegra en español de los Diarios de Kafka, incluido los diarios de viaje. Se trata de un volumen en los que hay cuentos interrumpidos, comentarios al pasar, historias de sueños, de pesadillas, consideraciones intempestivas. 
En el fondo, un amasijo de reflexiones y ejercicios en donde la imaginación se convierte en iluminación de un yo que se niega a desaparecer, en los días en los cuales el escritor meditaba en el sanatorio acerca de las trampas de la muerte, minado por la tuberculosis.
Hay páginas en que el humor campea, en contraste con otras que muestran lugares en donde parece decir sólo “puerta falsa” o “calle sin salida”. Por ejemplo: “Es toda nuestra concepción del tiempo lo que nos hace llamar el Juicio Universal con el nombre de Juicio Final; se trata, en realidad, de un juicio sumario”.
El libro es un espejo  parabólico que une los cabos de la razón y de la ética. Sus páginas merodean, asombran, perturban. 
Como cuando reflexiona sobre la vida y el oficio de escribir: “Cuando se hizo claro en mi organismo que el escribir era la dirección más productiva de mi naturaleza, todo tendió con apremio hacia allá y dejó vacías todas aquellas capacidades que se dirigían preferentemente hacia los gozos del sexo, la comida, la bebida, la reflexión filosófica, la música. Adelgacé en todas esas direcciones”.

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