Entre 1952 y 1981, el sistema nacional de salud contaba con cobertura universal, gratuidad, y era completamente financiado por el Estado. En la madrugada de la década de los 80, en plena dictadura militar y promovido por José Piñera, hermano de Sebastián, Pinochet fragmentó el sistema sanitario, contrajo brutalmente el gasto público en salud y creo los Institutos de Salud Previsional ( Isapres ).  
En Chile, un 73% de la gente pertenece al Fondo Nacional de Salud ( Fonasa ) , un 17% a Isapres, y un 10% a ninguno de los dos. Para Fonasa se descuenta un 7% del cotizante, por planilla o voluntariamente, y para las Isapres como piso, un 7% pero en realidad, sumando los copagos y otros, la administración privada cobra entre un 10% a un 14% del salario.
Según Camilo Cid, “cuando la contribución ( o prima )  está restringida a los que tienen recursos para pagarlas y no hay regulaciones de mercado privado ( Isapres ), se generan incentivos a la selección de riesgos”. Cid afirma que la selección de riesgos es un grave problema en Chile y causa inequidad en el acceso porque promueve la segmentación de los beneficiarios, atenta contra el principio de la solidaridad y es socialmente ineficiente.
Con la selección, los planes que venden las Isapres ajustan las primas según el costo esperado del individuo, y llegado el momento, si el individuo no paga dicha prima es expulsado de la Isapre.
Cid concluye que “en un mercado competitivo de seguros de salud, sin regulación (como el chileno) las primas asociadas serán altas para los adultos mayores, para enfermos, mujeres en edad fértil y familias numerosas.”
A las Isapres no les interesa atender a las personas de alto riesgo, como a los enfermos crónicos, gentes con dolencias preexistentes y, naturalmente, a trabajadores de ingresos bajos y medios, o pobres.
En buenas cuentas, las Isapres son caras, poco eficientes, discriminatorias y antisociales. Eso sí, resultan un excelente negocio para sus propietarios.

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