Era mi primera vez sobre el escenario. Compañeros de curso me habían invitado a cantar Twist & Shout de Los Beatles. Era 1987, tenía 16 años y estábamos en el acto de despedida de los cuartos medios.
Di el último grito de la canción y 700 alumnos se pusieron de pié para vitorearnos. No lo creía. Había saltado con energía y cantado a todo pulmón. Creo que esa actitud inesperada había remecido los corazones de la audiencia. Vi que era posible hacer algo distinto con mi tiempo, no solo estudiar y ver TV basura. Era todo entusiasmo. 
Sin embargo, dos años después la escena musical de La Serena, amparada en la explosión del Rock Latino, era poco estimulante. Recuerdo haber tocado como parte de las bandas Marca Registrada, El nombre es lo de menos y Red Brick en los festivales de los Sagrados Corazones, Colegio San Antonio y en el Colegio Inglés. Pero en las calles no había boliche donde desahogarse. Algo había que hacer. Por eso con mis amigos nos abrimos paso sanguchería tras sanguchería golpeando puertas. “Tenemos un grupo y nos gustaría que nos dejara tocar aquí” era la presentación de entrada, pasábamos un cassette con canciones propias y volvíamos al día siguiente. Para ensayar arrendábamos nuestros equipos con “Jiménez” en la Población Minas, con “El loco Armando” en La Antena y también con el grupo Raíces en el barrio Almagro.
Si bien las calles del centro se aburrían en silencio, bastó que un par de locales nos dieran carta blanca, para que hasta sus puertas llegaran filas de adolescentes bulliciosos, todos acarreados desde los colegios. Fueron veladas memorables en la galería El Patio y en El Torreón: gritos, risas, caos, estridencia. Nadie estaba preparado para escuchar poprock en vivo en una fuente de soda repleta. 
Esa Serena de hace más de 25 años llenó, por poco tiempo, sus rincones con una pequeña explosión de entusiasmo juvenil. Una parte de la historia musical local perdida cuyos ecos sigo escuchando con una sonrisa.

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