Un antiguo vecino serenense me preguntó hace poco sobre mis principales motivaciones a la hora de escribir mi columna semanal. Ya sea como reflexión de cierre del 2015 o para quienes se encuentran por primera vez con ella, bien vale la pena contarles brevemente lo que le respondí a mi amigo.
Esta tribuna trata sobre la visión que tengo, como ciudadano informado, de los ámbitos de la cultura, historia y patrimonio. Son los temas que me interesa poner de manifiesto, muchas veces con una mirada crítica. 
¿Por qué escribo? Tengo varias respuestas. Lo hago porque me interesa reencontrarme con mi ciudad y mi región, rescatar sus historias antiguas, sus personajes a través de los siglos, resignificar, valorar lo abandonado, que mis columnas generen un relato honesto sobre lo que estamos perdiendo y de lo que no nos hemos hecho cargo. No me importa tener que recalcar lo obvio o volver a repasar nuestra mitología. En la medida que las generaciones se renuevan y la memoria se condena, ahí estoy yo para recobrar las ideas. 
Por eso no escribo para eruditos ni para intelectuales. Busco a los estudiantes y a los jóvenes, a los nuevos vecinos de mi ciudad, a los que ven la zona como un simple lugar de trabajo. Quiero decirles que caminan sobre terreno valioso. También busco a algunas autoridades y a quienes tienen el poder de cambiar las cosas.
Me gustaría inspirar, despertar a los dormidos, generar orgullo y pertenencia a través de mis escritos. Ojalá pudiera hacerlos entender que debemos conocer más, estudiar más, culturizarnos en lo propio, valorar el pasado que nos convirtió en lo que somos y proyectar sus virtudes. 
¿Tarea imposible? Lo desconozco, pero no me puedo quedar de brazos cruzados. Prefiero subirme en los hombros de mis héroes locales: historiadores, recopiladores, periodistas, arqueólogos, artistas, de mis profesores y todos aquellos que en algún momento sintieron que debían defender, promover, denunciar y remecer conciencias.

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