Yo estudié ahí. Sin embargo, la presencia del Liceo Gregorio Cordovez de La Serena siempre fue una constante en mi vida a través de los relatos de mi padre, de sus andanzas de estudiante. 
Sus nítidos y limpios recuerdos me han dejado claro un sentimiento de pertenencia profunda y agradecimiento a una realidad educacional prestigiosa, a la incubadora de genios y líderes, a la tradición de profesores sublimes, a los héroes jóvenes que salieron de sus aulas en defensa de la patria, a la maravilla que significa ser educado.
Con el tiempo conocí a otros exliceanos, todos manteniendo una posta generacional de orgullo y respeto, de historia. 
Y esto se mantiene y se fomenta. 
En 2015 tuve el gusto de conocer su museo, un esfuerzo de rescate patrimonial que buscaba sacar de las bodegas y estanterías todo el material que respalda casi dos siglos de tiza, pizarrón y pasión por la enseñanza. 
El proyecto se ha consolidado por medio de una Dirección de Patrimonio y Extensión, que de manera sistemática ha ido potenciando la puesta en valor de libros, actas, fotografías y objetos. 
El orden y la clasificación certera permiten hacer de la visita un recorrido único, que cristaliza una de las tradiciones educativas más importantes del país.
Es una buena noticia que corre por los valles de nuestra región. 
Grupos de alumnos de distintas localidades desfilan frente a sus vitrinas, escuchan los relatos en visitas guiadas y logran comprender cómo una docencia de calidad transformó la vida de muchos, proyectó sus obras en el tiempo o los convirtió en leyendas.
Pensándolo bien, también soy heredero de esa tradición bicentenaria. 
No estudié ahí, pero fui tocado por el trabajo, cultura y conocimiento de quienes sí egresaron de allí, desde mi padre hasta profesores, políticos, historiadores, deportistas, poetas, músicos y algunos amigos entrañables. 
Ellos me han inspirado y alojado un trozo de su querido Liceo en mi corazón.

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