Estoy con los pies en el atlántico, empujado por un galés que lleva muerto más de un siglo. Su nombre era Watkin William Watkins, tatarabuelo de un buen amigo mío del colegio. Por eso he pasado tres días en Puerto Madryn y he visto la denominada Fiesta del Desembarco con sus representaciones en ropa típica, cánticos en Cymraeg y Wladfa, veleros, rifles, banderas rojas y verdes con un dragón.
La ciudad está a pocos kilómetros al sur de la Península de Valdés, refugio de la ballena franca austral, justo donde el Cono Sur comienza seriamente a adelgazar. Aquí una playa fue alcanzada hace 150 años por una colonia de galeses tentada por el gobierno argentino, para poblar el rabo del mundo. La historia cuenta que en julio de 1865, el velero Mimosa fondeó casi en el centro del Golfo Nuevo, actualmente absorbido por la propia Madryn. 153 personas pisaron una tierra que durante los primeros años les sería tremendamente hostil, pero que finalmente sería domada, cambiando la historia económica, cultural y política de toda la Patagonia. Al inicio vivieron en cuevas, con escasa agua, y tuvieron su propio Far West, aunque más pacífico. Entablaron una relación comercial con los Tehuelches, ancestrales habitantes de los territorios. La comunidad creció con nuevas oleadas de aventureros, entre ellos Watkins. Unos permanecieron, otros se fueron al interior o hacia Chile, específicamente a Nueva Imperial, y de ahí se repartieron. Una rama llegó a La Serena en 1986.
Acompaño a mi amigo mientras pisa las huellas de su antepasado: Revisa viejos registros de barcos, entra al museo de un pueblo fundado por los colonos en un valle cercano, mira mapas amarillos de tierras asignadas, se acerca a los restos de la vital línea de tren construida por Watkins y tantos más, toma té galés con tetera de porcelana cubierta en lana roja. Mi amigo es heredero de una gesta incalculable para la Argentina, y muy afortunado; porque puede tirar una piedra al pasado y todavía escuchar su sonido al caer.

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