A los nueve años, y debido a problemas de aprendizaje, Cristóbal Cabrera no podía pronunciar bien la palabra cigarro. Sin embargo, su corta edad no era un impedimento para ingresar a una casa desconocida para él y consumar su primer robo –casualmente– en el hogar de Leonidas Montes, actual director del Centro de Estudios Públicos (CEP). Indudablemente, la vida de Cristóbal fue bastante más compleja que la de cualquier otro niño de Santiago. Este pequeño es el octavo hijo de 10 hermanos –dos de ellos acusados de robo con intimidación–, su madre fue imputada por microtráfico y su padre lo abandonó cuando tenía solo meses. Pero su historia es aún más trágica. Cristóbal nació en una familia perteneciente al primer décil en Chile, donde el ingreso sarial por persona dentro de un grupo familiar varía entre $0 a $48.750 pesos. La segregación económica, social y cultural que sufrió este pequeño de la población Villa Cousiño Macul lo llevó doce años más tarde a la cárcel. Al igual que la historia de Arthur Fleck, –el ser humano detrás del Joker–, la vida de Cristóbal estaba predestinada al fracaso y nuestra sociedad no pudo seguir las pistas de su desenlace.

“¿Qué es lo que obtienes cuando te cruzas con un solitario enfermo mental en una sociedad que lo abandona y lo trata como basura?”, pregunta el Joker en un programa de televisión justo antes de que estalle una crisis política y social en Ciudad Gótica. El Joker –8,8 IDMB– narra la historia Arthur Fleck, un payaso que busca repartir alegría en el mundo, aunque por cada buena acción es el propio mundo el que le pasa por encima una y otra vez. Este thriller psicológico habla sobre el caos en la sociedad, pero por sobre todas las cosas analiza cómo, a raíz del despojo de responsabilidades, las personas pueden estar predestinadas a la desgracia.

La crisis que vive Ciudad Gótica es una precuela de lo que ocurrió en Chile. Aunque en el caso chileno, la pregunta de Arthur Fleck en el programa de Murray Franklin sería: ¿Qué obtienes cuando un niño sin educación, sin oportunidades y sin apoyo institucional se enfrenta una sociedad extremadamente liberal con problemas de distribución de recursos? Según el estudio “Desiguales” del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), publicado en 2017, los sueldos bajos eran una de las consecuencias más complejas de la desigualdad en Chile. Si bien, en marzo de este año existió un aumento de un 4,5% en el sueldo mínimo –pasando de $288 mil a $301 mil– y como parte de la agenda social en los últimos días se incrementó el salario mínimo garatizado a $350 mil pesos, como país todavía tenemos una deuda al compararnos con miembros de la OCDE como Luxemburgo, Holanda y Australia, que triplican este monto.  

De seguro, los problemas salariales no serán el único desafío que deberá enfrentar nuestro país para salir de esta crisis multicausal y para evitar que en el futuro no se repitan más casos como el de Cristóbal Cabrera. Hoy, Cristóbal tiene 22 años. Su sobrenombre creado por no poder pronunciar bien la palabra cigarro se esparció por todos los rincones del país como un símbolo de las desigualdes, pero a diferencia de Arthur Fleck que se convirtió en un héroe con su seudonimo el Joker, Cristóbal con el sobrenombre “Cisarro” terminó en la cárcel, luego de pasar tres veces por el Sename y de llevar un tratamiento sicológico basados en fármacos. Chile, que busca alcanzar los US$30 mil per capita para 2023; donde hay más celulares que personas y que logró disminuir en más de un 30% los índices de pobreza en las últimas tres décadas, todavía no puede satisfacer las necesidades que son básicas para la sobrevivencia de un niño. Nuestra sociedad, al igual que en la película del Joker, aún no es capaz de cambiar vidas predestinadas al fracaso.

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