El hombre goza de un alto grado de libertad en las sociedades democráticas; pero por mucho que esa libertad esté sujeta a un Estado de Derecho,  redundará en abusos si los ciudadanos que la disfrutan no son en su mayoría éticos. 
Deben, sobre todo, ser responsables. 
Deben sentir que les corresponde aportar a la sociedad tanto como reciben de ella.  
Así se va forjando el círculo virtuoso de una sociedad libre bien constituida, donde la gente se tiene confianza porque es, en general, confiable.
Desde luego, no existe una sociedad en la que todo el mundo sea ético. Es por eso mismo que la democracia evita darle demasiado poder a nadie: prefiere que los ciudadanos estén sometidos al imperio de las leyes antes que al de los hombres. 
Pero sin sentido ético las leyes no funcionarán en forma óptima.
Ese sentido ético provendrá de diferentes fuentes. Provendrá de las tradiciones y de las instituciones, forjadas por los ciudadanos a través de los siglos, como resultado de innumerables secuencias de prueba y error. La democracia se fortalece cuando hay instituciones fuertes, capaces de afiatar y profundizar los valores éticos.
Sin embargo, la democracia se opone a cualquier monopolio que pretenda administrar la verdad, y, por ello, se resiste a la teocracia con la misma fuerza con que se resiste a cualquier dictadura.
La democracia supone que en una sociedad pueden existir diferentes creencias religiosas. Entre ellas habrá valores que casi todos tomamos como universales y que son fundamentales para el funcionamiento de la sociedad, por ejemplo, el repudio al robo o al homicidio.  Estos valores son reflejados en las leyes civiles. 
Pero hay otros valores que varían de una religión a otra. Por ejemplo, son muchas las posiciones que tienen las religiones, incluso las cristianas, sobre la disolubilidad del matrimonio o la despenalización del aborto. 
En casos como éstos, la sociedad civil dará, en forma independiente, con las soluciones adecuadas.

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