Se puede decir que Gabriela Mistral fue conciencia viva de una época y que expresó su pensamiento y visión del mundo en diversas tribunas internacionales. 
Por sobre todo, fue una civilista empapada de pacifismo. 
“No se trabaja y crea sino en la paz -escribió-; es una verdad de Perogrullo, pero que se desvanece apenas la tierra pardea de uniformes y hiede a quemados infernales”.
Cuando la Mistral dedica algunas páginas a nuestros próceres, y en particular a Simón Bolívar, será para destacar y compartir el sueño de unidad americana del Libertador, destacando al hombre y no al militar: “A ese hombre de batallas no lo volvió matonesco la montura y en cuanto bajaba, era civil, como si al general lo dejase en el estribo”. 
En ninguno del millar de sus escritos -explica Jaime Quezada- mostrará alguna simpatía, ni admiración ni alabanza por los militares. 
“No creo en la mano militar para cosa alguna”, le escribió al ensayista ecuatoriano Benjamín Carrión, “Dios ayude a los buenos”.
La guerra civil española (1936-1939) motivará en ella una abierta conciencia solidaria con la causa republicana.
“Había que carecer de sesos en la cabeza para no tener conciencia del dolor de España”, escribe. 
Y esa solidaridad se  demostró en hechos concretos.El producto de la edición de “Tala”, una de sus obras poéticas fundamentales, será íntegramente destinado a los niños huérfanos españoles dispersos a los cuatro vientos: “Tomen ellos el pobre libro de manos de su Gabriela, que es una mestiza de vasco, y se lave Tala de su miseria esencial”.
En carta a Benjamín Carrión es aún más explícita: “Ni el escritor, ni el artista, ni el sabio, ni el estudiante pueden cumplir su misión en ensanchar las fronteras del espíritu si sobre ellos pesa la amenaza de las fuerzas armadas, del Estado gendarme que pretende dirigirlos.”

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