no está claro cuándo fue o dónde, pero, cualquiera fuere su origen, es evidente que sólo a José Stalin se le podía ocurrir preguntar ¿cuántas divisiones (armadas) tiene el Papa?
Es que el poder de la Iglesia Católica no se mide en términos militares. La suya es más que nada una fuerza moral.
En materia internacional, su base es el profesionalismo de la diplomacia vaticana. Pero su respaldo mayor nace del hecho de que ninguna superpotencia le gana en presencia planetaria. Y no se trata de espías a sueldo.
La otra fuente de poder de Roma reside en la calidad de la información que recibe.
Y, en el caso de cualquier Papa, pero sobre de todo uno argentino como Francisco, no cabe duda de que –aparte de la prensa- los reporteros que más valora son sus amigos.
¿Cuál de estas fuentes le explicó lo que ha estado pasando en Osorno tras el nombramiento del obispo Juan Barros? No se sabe. Pero este caso ha servido para despejar una de las creencias principales de los fieles católicos: la infalibilidad del Papa –consagrada en el primer Concilio Vaticano- no es ilimitada. Hay muchas materias en las cuales el Papa se puede equivocar y no es pecado discrepar de sus afirmaciones.
En 1870 el Concilio Vaticano I declaró el dogma de la Infalibilidad papal con las siguientes palabras: “El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres….”
Está claro que el Papa no es infalible en todo lo que diga o escriba. 
Por eso, declarar “tontos” o “zurdos” a los osorninos es perfectamente discutible.

Autor

Imagen de Abraham Santibáñez Martínez

Secretario General del Instituto de Chile. Miembro de la Academia Chilena de la Lengua.Premio Nacional de Periodismo 2015

Otras columnas de este autor