En los años sesenta tenían mucho prestigio intelectual los mendigos, esos seres que viven bajo los puentes de la ciudad. Una de las grandes entretenciones que tenían los estudiantes de aquella década era sentarse con un mendigo y una botella de vino a conversar de la vida. El prestigio intelectual del mendigo provenía de diversas fuentes. Samuel Beckett había desarrollado una literatura que lo enaltecía. En el caso extremo de su novela El innombrable, el hombre es reducido a nada más que un cuerpo tullido, que se confunde con la basura y que existe sólo en el sentido mínimo cartesiano de que sigue pensando. Beckett insinuaba que toda pertenencia adicional, llámese nombre, ropa, casa, familia, país, era superflua. Por otro lado, el desprendimiento material había ganado prestigio en el mundo hippie, donde se popularizaba el concepto de que había que tener menos para tener más.En una versión inolvidable del Rey Lear de Shakespeare, se presentaba a Lear y Edgar como dos mendigos, dos vagabundos, que tras ser despojados y expulsados por sus familias, estaban reducidos a nada más que su carne humana. Esta interpretación becketiana del Rey Lear no era un capricho. Ahora vemos que la obra se presta a ello. Cuando Lear ve a Edgar se pregunta: “¿No es más que esto el hombre?”. Enseguida, Lear, como los personajes de Beckett, reivindica la situación de despojo que viven tanto él como Edgar. No está mal ser sólo eso. “No le debe seda al gusano, cuero a la bestia, o lana a la oveja”, dice Edgar.Esta interpretación nos enseñó que Rey Lear es, entre otras cosas, una obra sobre lo que significa estar fuera, expuesto a la intemperie; lo que significa ser echado del palacio, por el capricho y la maldad de la gente poderosa que lo habita, pero también por no querer transar, por no querer hacerles venias a los cortesanos, por no ser capaz de ser hipócrita, por no querer jugar el juego del poder; por tener otras prioridades, como la verdad, el amor y la salud del espíritu. 

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