El Presidente Obama quiere evitar que la de Afganistán sea “una guerra sin fin”. Tampoco quiere que ese país se convierta “en un refugio para los terroristas”
Lo proclamó el jueves pasado al confirmar el retraso de la retirada total de las fuerzas norteamericanas. Anteriormente, en cumplimiento de una promesa de la campaña electoral, había dicho que los últimos soldados (9.800 en la actualidad), saldrían antes del término de su gobierno en enero de 2017. Más de la mitad del contingente se quedará para mejorar el entrenamiento de las fuerzas del gobierno. “Las fuerzas afganas no son todavía tan fuertes como deberían”, reconoció Obama. No dijo que se impuso una realidad que no es nueva: las guerras en Afganistán siempre duran mucho más de lo proyectado.
En la semana anterior al anuncio, los rebeldes talibanes, aliados a Al Qaeda, habían tomado Kunduz. En catorce años de guerra esta fue la primera ciudad controlada por ellos.  Pero la ocupación duró poco y en definitiva el gobierno –apoyado por Estados Unidos- recuperó Kunduz.
Nadie, sin embargo, subestimó tan grave advertencia.
Hacer la historia de las guerras de Afganistán es un tema largo. En los tiempos modernos los primeros invasores fueron los británicos. Lograron conquistar India y Pakistán, pero no doblegaron a Afganistán. 
En las últimas décadas, se vivió “en vivo” la Guerra Fría. 
Los talibanes forzaron la retirada de las fuerzas soviéticas. Pero no hubo paz. El 2001, después del ataque a las torres gemelas de Nueva York, Estados Unidos declaró la guerra a un régimen que –junto con Irak- era considerado como “el eje del mal”.
Catorce años después todavía no hay paz.

Autor

Imagen de Abraham Santibáñez Martínez

Secretario General del Instituto de Chile. Miembro de la Academia Chilena de la Lengua.Premio Nacional de Periodismo 2015

Otras columnas de este autor