Nothing beats experience, dice un conocido aforismo, nada vence a la experiencia. Pero pareciera que la gente mayor, nuestros abuelos, nuestros padres son vistos como canteras gastadas: nada que obtener de ellos, sólo afecto, cariño, amor, llámelo como  guste. Su conocimiento y la reflexión que desprenden, los años de vida detrás de un oficio o una profesión, las décadas de lectura, de estudio, de pasar por hitos de historia o sortear los vaivenes de un país son cuerpos de información que se quedan prisioneros de sus cerebros sin salir nunca. No hacen nata las llaves para liberarlos. ¿Quiénes indagan en los mayores, anotan sus reflexiones, sus cantos de advertencia a la especie humana, que repite sus errores una y otra vez? Esos recetarios vitales son escasos. Penan porque los llamados a hacerlo, las generaciones jóvenes, están preocupadas de otras cosas. Siento que hay mucho de evasión y alienación, preocupación por mantener estilos de vida fetichistas, presente sin sustancia, de tener un sueldo para gastarse la vida en una suerte de limbo empalagoso: la autosuficiencia de la soberbia del que cree ya saberlo todo. ¿Y las historias? ¿Los consejos? ¿Los puntos de vista divergentes? ¿La otra mirada de lo justo y necesario? ¿La visión sistémica que parece anclada en el pasado y que hoy vale nada? ¿El aporte ilustrado que supera las clases de facultad? ¿El aprendizaje?Nuevas generaciones superan a las mayores, las relegan. Es el ciclo de la vida (dicen) y es inevitable. En el ámbito productivo chileno, miles de profesionales mayores son reemplazados año a año por jóvenes con cartones frescos.Se demuelen los puentes entre esos dos mundos. Se sustituye a los sabios, a quienes conocen el corazón de las actividades, de la operación, aquellos con la sensibilidad para establecer vínculos con otros seres humanos para trabajar mejor. Tal vez esta sea la cara más cruel y al mismo tiempo paradójica del tránsito de la experiencia: personas engranajes con fecha de caducidad. Sus cuerpos son los exiliados y con ellos la maestría prisionera, ávida por liberarse y seguir transmitiendo. 

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