Es inocultable la crisis en la que se encuentra sumergida la política nacional y local. Cada vez se manifiesta con mayor elocuencia las diferencias al interior del conglomerado gobernante, dado la confrontación de ideas, principios y posiciones que están aglutinadas sólo en un pequeño puñado de militantes o pseudomilitantes y detentadas por liderazgos que se sustentan en los caudillos políticos de turno.

La pregunta es ¿qué les está pasando? Quienes gobiernan, juegan con nuestra propensión al olvido. Saben que la actualidad es efímera y que un impasse será olvidado por otro en unos cuantos días.

Gobernar con los amigos es, por decirlo elegantemente, otra forma descarnada de nuestra pervertida manera de hacer política, la forma colectiva que adquiere el concepto de ejercer el poder en grupo, en clan, y cómo éste se relaciona con el entorno.

Pero qué hacer cuando los amigos piensan tan distinto en cuestiones fundamentales. Qué hacer cuando esas relaciones se sustentan sólo en la frágil amalgama del poder por el poder. Habría que ver que tan sólidas y cívicas son esas relaciones amistosas cuando la cuerda del poder que hoy los une se corte.

En el caso de nuestra región, esas amistades tienen una larga data. Como es obvio y con el correr de los años, la familia creció y los apetitos ya no eran los mismos. Aparecieron “los amigos de los amigos”, por tanto, el desafío permanente era (y es) mantenerlos satisfechos.

Si algo abundaba (y aún lo hace) eran los buenos amigos y sus agitadas solicitudes hacia sus líderes para favorecerlos, o en el peor de lo casos, incorporarlos en una terna para obtener algún cargo público, perpetuando el tejemaneje tan clásico del caudillismo político por recurrir a las amistades, al entorno emocional (no técnico) para gobernar, evidenciando en el mayor de los casos torpeza y/o megalomanía (delirio de grandeza) en la gestión, precariedad en los proyectos y soluciones técnicas, acomodo generalizado, nula autocrítica y, por lo tanto, tendencia a una gestión inmediatista y cortoplacista.

Gracias a estos ejemplos nos hemos acostumbrado a una nueva y pintoresca forma de hacer política, la de las tan conocidas “sillas musicales”, que no es más que la dinámica de cambiar el título de la canción utilizando el mismo elenco de intérpretes. Un desfile consensuado de los mismos personajes y nombres alejados de las modalidades técnicas, participativas y orientadas al rendimiento político en función al Bien Común de la ciudadanía.

Urgente es gobernar con expertos y no con los “más amigos”, que inundan el aparato fiscal de camaradas, correligionarios y compañeros que de otro modo no podrían prosperar en el mundo privado por falta de talento y competencias.

Cuando un proyecto político alcanza el grado de sapiencia y humildad que le permite elevarse sobre sus ambiciones personales y tienen además la capacidad de ejercer cualquier responsabilidad en función de todos los ciudadanos del país y la región, sin distinciones partidistas ni resentimientos o prejuicios idiológicos, se convierten en verdaderos gobiernos, que se proponen lograr superar las diferencias sin incurrir en la tradicional odiosidad y revanchismo, buscando integrar en vez de separar y oponer bandos aparentemente irreconciliables.

El desafío es que el próximo gobierno, en especial el regional, se esfuerce por lograr cambios socio-políticos y económicos debatiendo y conversando con sus iguales y sobre todos con aquellos que piensan diferente. A partir de ese atributo, por fin dejará de ser problema el añejo discurso si se es de izquierda o derecha, dando paso a discusiones que conduzcan a acciones políticas decididas y decisivas

Dejo abierta la discusión y la pregunta: ¿Y qué hacemos entonces con los amigos? ¿Lograremos consolidar las tan anheladas renuncias individuales y mezquinas a las que estamos tan acostumbrados y que tanto nos gustan, para dar paso a sacrificar poder por cambios trascendentales?

Aquí un modesto consejo. Si tiene amigos, y quiere gobernar junto a ellos, pídales a lo menos un mínimo nivel de formación y preparación; pídales igualmente un mínimo grado de sapiencia y humildad. Para lo demás, no se necesita mucho.

Autor

Imagen de Christian Aguilera

Licenciado en Turismo de la ULS, con estudios de post-grado en Sistemas de Gestión de Calidad (UTFSM) y Gestión de Emprendimiento (UDP), desarrollando actualmente estudios y asesorías públicas y privadas.

 

 

 

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