De niños se nos enseñó repetidamente, en la familia y la escuela, cosas como dar siempre nuestro mayor esfuerzo, aspirar a lo máximo y jamás rendirse. Nos dijeron que puedes hacer lo que quieres si te lo propones, a levantarte vez tras vez, a nunca perder la esperanza. Y para ello nos sacaban a relucir hombres como Marthin Luther King, Gandhi, Abraham Lincoln, y cuántos más.

Ahora, ¿es esto cierto?

Mis lecturas predilectas siempre han sido la autoayuda. Y puedo decir con toda certeza, que no. Nos han mentido. Nos han llenado la cabeza de comportamientos neuróticos, de una obseción malsana por el éxito -que es psersonal de cada uno- y un temor supremo por el fracaso -que no existe-. El idilio de los cuentos de hadas y las apologías de aquellos pocos hombres han servido más para torturar la conciencia que para allanar el camino a nuestra autorrealización.

Autores como Wayne Dyer -autor de Tus Zonas Erróneas- y Walter Riso, psicólogos de dilatada experiencia, son enfáticos al referirse a esto. La sociedad nos impulsa a desgastarnos con la idea del éxito, nos imprime a ser previsorios y a consumirnos en el trabajo. Nos muestra que el mundo y la vida sólo tienen dos caras: es bueno o es malo, te sirve o no te sirve. Consume nuestro presente, nos echa en cara el pasado y exacerba el futuro. Nos llena de ansiedad. Terminamos -aun inconscientemente- por considerar la aprobación y admiración del resto como insumos para nuestra felicidad. Que solo puedo sentirme bien con mi auto si el de mi vecino es peor, que solo puedo descansar si llevo ventaja sobre los otros, que solo puedo caminar erguido si recibo aplausos o piropos. Que debo renunciar a felicitarme, que la modestia es educación, que el orgullo es derechamente malo.

El orgullo no es malo. Y ¡bedita imperfección! Esta es la piedra de tope, la consideración de ti mismo como exitoso en las cosas que para ti valen la pena.

La educación, que tanto se ha discutido estos años, está muy lejos de llegars a estas conclusiones, o de siquiera invitar a los jóvenes a conocerse a sí mismos. La humildad, cualidad  a la que con tanta ferocidad se refieren pedagogos y religiosos, se ha perdido para dar lugar a un sinfín de experiencias y comportamientos autofrustrantes.

Jóvenes, no se conformen con lo práctico. Adultos, no piensen que ya es tarde. Yo no creo en la felicidad -como dice Walter Riso- pero sí en estar alegres. Y la alegría nace sólo de la autorrealización que viene a su vez de amarse a sí mismo y a su historia. 

En fin, quiero dejar la invitación a esculcar su propia mente, y la literatura es una herramienta maravillosa. Por último, no confundan lo que es la alegría. Como decía Mario Benedetti, es necesario defenderla entre otras cosas de los proxenetas de la risa. Eso último tiene poco que ver.Lincoln TorresEstudiante de medicina de la Unviersidad Católica del Norte.

Autor

Imagen de Lincoln Torres

Estudiante de Medicina de la Universidad Católica del Norte. Aficionado a la música y las letras.

Otras columnas de este autor