El sueño de la historia” es una gran novela ambientada en el Chile del siglo XVIII y en el actual. En ella Jorge Edwards logra, con sutileza, extraer fascinantes paralelos entre una época y otra. Lo logra con un estilo cada vez más propio, con un tono cada vez más fino. Un tono que deja entrever la sonrisa sabia pero escéptica de un hombre que ha visto muchas cosas, y que ha constatado, no sin alivio, que no le será dado poseer toda la verdad.
A fines del siglo XVIII las preocupaciones de las autoridades coloniales chilenas están centradas en los nativos y criollos indomados que acaparan hasta las corridas de toros. Este primitivo Santiago, en que el obispo Alday se ve obligado a predicar contra “los brazos desnudos de las señoras”, es el que le toca conocer a Joaquín Toesca. Llamado a completar la catedral y a construir La Moneda, el fino y erudito admirador de Borromini se ve arrastrado a un salvaje destino americano, el de morir desterrado en lo que percibe como un desierto de ignorancia, de pequeñez, de provincialismo, de hipocresía y de barbarie.
Toesca se enamora de la más salvaje de las criollas, una fierecilla indomable que se llama Manuelita, a quien le dice un sacerdote: “lo mejor para ti, y para todos nosotros, es que el señor te lleve. Porque donde llegas, con tu cara bonita, con tu cuerposote, traes el desorden”. Toesca no se la puede con la Manuelita: ella prefiere a su “Negrito”, su discípulo, Juan Joseph Goycoolea. Al morir, la perdona con una conmovedora escena cuya noticia se difunde por toda la colonia, por ser el perdón “algo nunca escuchado en estos parajes”.
El ojo de Edwards nunca es más acertado que cuando describe la Plaza de Armas de Santiago. Una plaza en donde “las copas de los árboles parecen agobiadas por la mugre”, y donde se pasean “niñas de faldas cortas, de miradas turbias…que ejercen por lo visto, el más antiguo de los oficios”.
Las cosas no han cambiado tanto en doscientos años.

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