Según reveló un estudio de la Universidad Diego Portales (UDP), los pacientes del sistema público que reciben el tratamiento, se duplicaron entre el 2009 y el 2013, afectando principalmente al grupo etario entre 10 y 14 años.

Cada año aumenta el número de menores que consumen medicamentos para palear el Trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), catalogado por la ciencia como un patrón de carácter neurobiológico que tiene su cuna en la infancia, generalmente antes de los 12 años.

Mónica Peña, directora de investigación de la Facultad de Psicología de la UDP, cuenta que “Chile es junto a Estados Unidos el país con más alta prevalencia del trastorno, y que actualmente es uno de los diagnósticos más comunes en las escuelas públicas”. Sin embargo, aclara que “no podemos decir a ciencia cierta cuánto se ha acentuado porque hay pocos estudios serios en este ámbito, pero la percepción general es siempre de aumento”.

En tanto, Tatiana Díaz, educadora diferencial y doctora en Ciencias de la Educación, comenta que “en nuestro país hay un sobrediagnóstico. Hoy en día, la liga chilena contra la epilepsia revela cifras sobre un aumento excesivo de esta realidad en niños, lo que es raro”, agregando que esto sucede porque “la subvención sólo se adjudica cuando existe un diagnóstico, entonces los colegios buscan que exista para poder recibir los recursos”.

Además, la docente pone énfasis en un tema generacional, explicando que “la cultura escolar sigue siendo bastante conservadora respecto a los modos de interacción, ya que siguen con un ritmo menor y lineal desde el punto de vista de los estímulos. Gracias a este desencuentro, es probable que las escuelas, vean que un niño que es inquieto en su contexto regular, llame la atención dentro de un establecimiento”.

Diagnóstico adecuado

Según dice Tatiana Díaz, “en la literatura no existe un consenso respecto a si efectivamente se trata de un daño neurológico o si es una cuestión meramente de comportamiento, que tiene que ver con las características de desarrollo del menor, según su estilo de vida y crianza”. Bajo este escenario, surge la interrogante de cómo se debería tratar este trastorno, que cada vez es más común en la población nacional.

Al respecto, la profesora asegura que el diagnóstico “debiese considerar no solamente una cuestión orgánica y biológica, sino que también la arista contextual, a nivel familiar y educativa”, argumentando que “es fundamental tener en cuenta el ámbito pedagógico, porque no sacamos nada con tener un estudiante con medicamentos, si desde lo formativo no se atienden sus necesidades. De hecho en el contexto donde hacen crisis en el escenario educativo, pero fuera de ahí generalmente no constituyen problemas”.

En esta misma línea, Mónica Peña sostiene que la prescripción “debe residir en las escuelas, en los modelos pedagógicos imperantes, en la revisión del sistema educativo general. Cada niño o niña debe ser analizado como un caso particular en salud mental, y los diagnósticos deben ser guías para los tratamientos, mucho más que etiquetas”.

Efecto medicamentos

“En relación a lo que he leído en la literatura, los medicamentos podrían reportar cierta dependencia en el ámbito psicológico. Muchas veces los alumnos te dicen ´tía no me tomé la pastilla, me voy a portar mal`, lo que genera una subordinación emocional, que se complica a medida que va disminuyendo el autoestima de los niños, que creen que si no consumen el fármaco no podrán aprender o portarse bien”, cuenta Tatiana Díaz.

Según tu experiencia, ¿son efectivos? “Yo me atrevería a decir que el uno por ciento de los casos que me ha tocado ver, se resuelven con ayuda medicamentosa, que por otra parte, no es lo único que debería recibir el menor”. Frente a su consumo, indica que “cuando se pierde el efecto del medicamento, los estudiantes se vuelven aletargados y muchas veces se duermen en clases. Los fármacos pueden mejorar la inquietud motora, pero no necesariamente mejoran la capacidad de concentración”.

La profesional advierte que existe un problema estructural global, primero en las políticas públicas, por ejemplo en el caso del financiamiento, que se da sólo si un médico lo receta y por otra parte, desde el punto de vista educativo, los profesores no están capacitados para tratar a niños que presentan un tipo de necesidad educativa especial.

“Lo que hace el doctor es ajustar las dosis, pero no hay un trabajo terapéutico desde el punto de vista neurológico, porque el sistema de salud y de educación en Chile no lo resiste”, puntualiza, para luego agregar que “generalmente se le asigna la responsabilidad al establecimiento escolar, cuando en realidad los padres deberían estar comprometidos con el proceso formativo de su hijo”. 6002i

 

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