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Cuatro personas revelan el camino que han recorrido para superar el alcoholismo de la mano del trabajo de comunidades de A.A., en que el apoyo, los testimonios y la autoayuda es clave.

Todos los lunes, miércoles y viernes, miembros de una de la comunidad Gratitud de Alcohólicos Anónimos (AA)  se reúne para contar sus experiencias y ayudarse en la principal tarea: mantenerse sobrios.

Aunque el alcohol es una droga, en la página de A.A. se explica que no todos los que beben son alcohólicos. Según sus estimaciones, cerca del 10% de los bebedores llegan a presentar esta enfermedad y esto se evidencia en cómo la bebida afecta a las personas. “Cambia su manera de ser, sentirse culpable o avergonzado luego de una borrachera, miedo producto de su conducta, sentir un deseo incontrolable de seguir bebiendo y en general el beber le causa dificultades en su vida”, señalan.

A.A. también explica que no todos los alcohólicos llegan a situaciones límites para descubrir que padecen de esta enfermedad, pero hay un factor común en todos los que nos dan su testimonio: Reconocen que no han podido salir solos del alcohol, el alcohol ha afectado a su vida y entorno, han declarado que están enfermos y finalmente, decidieron libremente que es tiempo de dar vuelta la página.

Hoy A.A. está formada por miles de comunidades en más de 160 países, constituidas por personas que han descubierto que no pueden controlar su problema con el alcohol, que relatan su lucha y se apoyan en una tarea: alejarse de la copa un día a la vez.

“El cuerpo no me respondió”

Admitir que se tiene un problema con el alcohol parece fácil pero para el que es alcohólico no lo es y constituye un primer y fundamental paso que muchas veces se evidencia luego de vivir una situación límite.

José P, de 48 años, conoció la bebida a los diez años. Dificultades emocionales derivaron en que el alcohol y las drogas comenzaron a ser un problema. Un problema que él no reconocía pero sí quienes lo rodeaban y que uno a uno se fueron alejando.

Si bien logró dejar las drogas tras ser internado, José cambió las sustancias ilícitas por el alcohol, hasta llegar al punto que se levantaba y acostaba consumiendo distintos tipos de bebida, “terminé tomando solo en mi pieza y “honestamente y como vivo solo, sacaba mis cosas para vender”.

La situación límite vino hace un año y siete meses atrás.

“Desperté como a las seis y media de la mañana y no me pude levantar de la cama, de lo tiritón que estaba. Me acuerdo que intenté levantarme y no podía controlar los pies, los brazos, las manos. Yo vivo lejos y siempre me demoro 30 minutos desde mi casa al centro de La Serena, ese día me demoré dos horas porque no podía caminar. Fui al hospital y me dijeron que no podían colocarme ni inyecciones ni medicamentos por el alcohol que tenía en el cuerpo”

“Salí, fui a comprar una cerveza para recuperarme y no pude, el cuerpo no me respondió. Ese mismo día me encontré con una persona en la calle que me invito a volver a la comunidad y no fui. Me fui a la casa, estuve con delirium tremens y paranoia. Volví a los tres días”

José cuenta que decidió volver porque necesitaba dejar de beber. “Tratar de calmar mis tiritones porque eran insoportables y los monstruos que tenía. Con el tiempo empecé a adaptarme a los compañeros que me dieron mucho cariño, que necesitaba porque estaba solo”.

“En este período muchas veces he tenido ganas de consumir, pero es como magia. Una vez entré a un restaurant y justo me llamaron de la comunidad, fue como si me estuvieran vigilando pero fue una coincidencia. Me ha mantenido sobrio”.

“Todavía soy una persona que sirvo”

Víctor de 52 años comenzó a beber a los 14 años cuando conoció el dinero. “Soy hijo de padre alcohólico que murió debajo de un camión producto del alcohol, como nos quedamos solos empezamos a trabajar y juntarnos con gente que se relacionaba mucho con la bebida, ahí empezó mi carrera alcohólica”.

Víctor dice que a los  21 años empezó a conducir locomoción colectiva. Relata que en ese tiempo los controles sobre el uso de drogas no eran tan rigurosos, por lo que condujo bajo los efectos del alcohol y tuvo accidentes menores. Pero el alcohol le pasó la cuenta y derivó en problemas visuales, sin poder renovar la licencia. “De ahí me tuve que dedicar a otra actividad por ejemplo arreglando el sistema de frenos de los vehículos, con otro compañero que también se murió por demasiado alcohol y ahí me di cuenta”.

Luego vino un accidente vascular y un vecino lo invitó a sumarse a la comunidad.  Hoy admite que es alcohólico y siempre lo va a ser, pero que tiene una visión distinta de sí mismo.

“La base de nosotros es informar a la gente que está enfermo de esto porque uno ha pasado por muchas cosas malas y porque ahora que está desintoxicándose uno mira las cosas de otra manera.  Ahora, gracias al programa pienso que todavía soy una persona que sirvo”, dice.

Una copa a la vez

El primer contacto de Alejandra con el alcohol comenzó a los 15 años, crisis emocionales derivaron en contacto frecuente con la bebida a eso de los 22 y 23 años,  “sin saber que podía desatar un alcoholismo”, dice.

“A mí me gustaba el efecto que me provocaba el contacto con el alcohol, la pasa muy bien pero ese efecto agradable se convirtió en problema”, cuenta.

Despertaba con lagunas mentales, se enfrentaba a la realidad y al resto desenfocada, “con caña, tratando de ordenar mi cabeza, mi mente estaba en otro lado. Ahí empecé y me di cuenta que tenía problemas con el alcohol”.

Esto la llevó a intentar parar, “me dije yo paro cuando quiero y resulta que tuve una lucha que se extendió durante un año, exacto. Fue un año de harto sufrimiento. No podía, no lo lograba”, dice.

Fue entonces a ver un psiquiatra. Contrario a lo que creía, no le dio medicamentos y le sugirió que asistiera a un grupo de Alcohólicos Anónimos. “Me resistí un poco sin conocerlo,  luego ingresé y me di cuenta que allí estaba la solución”.

Alejandra dice que ahí aprendió que el alcoholismo era una enfermedad, “progresiva, que es para toda la vida, empecé a querer saber qué era el alcoholismo de qué se trataba y me di cuenta que sólo con ayuda de ellos, que sufrían lo mismo, podía detenerme”.

Cuenta que empezó con un plan de trabajo de 24 horas y el programa de 12 pasos.

Las 24 horas consiste en dejar de beber un día a la vez. De eso hace 4 años, 4 años sin beber.

Señala que el proceso ha sido lento, que contó con mucho apoyo familiar. Hoy asiste una vez a la semana a las reuniones pero su vida cambió en un 100%, especialmente sus relaciones personales.

“El problema es mío no del resto y cuando asumí que soy yo la que no puedo beber mi primera copa, me tuve que alejar de mis amistades que celebrábamos cumpleaños y terminábamos todos iguales, pero lo que uno sufre y la lucha la lleva uno”, dice. Hoy su vida está enfocada en sus reuniones y otro tipo de compromisos.

Asumir que uno no tiene el control.

Llegar a A.A. para Jorge fue un largo proceso. En sus 52 años, el proceso incluyó internación en clínicas, uso de pellets y resistencia a integrarse a un programa que creía que estaba orientado a borrachos.

Su problema con el alcohol comenzó a los 14 años, “y creo que soy de estos alcohólicos que venía fallado. La primera vez que consumí en exceso, perdí el conocimiento de inmediato y desde ahí en adelante consumí durante 30 años, hasta los 44 años en forma, como en Chile se denomina, normal, los fines de semana”

“Hice mi vida en el fondo. Trabajé, estudié, tuve hijos pero el alcohol siempre estuvo presente a través de mi vida y yo diría que siempre con problemas. Está muy normalizado en nuestra comunidad el comportamiento alcohólico con problemas: que faltas a la pega, que quedas enfermo, como que la gente tolera eso”, explica.

Jorge cuenta que a menudo paraba. “Lo importante del alcoholismo es qué me sucede cuando yo consumo. En ocasiones, cuando tenía muchos problemas, paraba un mes, dos meses, tres meses, y después recaía y cada vez era peor”.

Cerca de los 35 años empezaron los problemas laborales. “Uno miente, empiezan las licencias médicas por depresión, buscas recursos. Yo me pasé diez años intentando parar de beber, asistí a clínicas siquiátricas, estuve internado como tres veces. Me puse pellets en las tres ocasiones. Yo podía parar con un pellet puesto durante un año y efectivamente, dejaba de beber y mi vida se arreglaba. Mi entorno y mi familia estaban tranquilos, pero volvía, después del año y empezaba todo de nuevo”.

A los 44 años llegó a A.A. cansado,  “y sin mucha plata.  Los tratamiento son caros, las clínicas son caras y como última esperanza llamé a Alcohólicos Anónimos”.

Antes ya había ido en Santiago, “pero como tenía la impresión, la misma impresión que tiene la mayoría de la gente todavía, que Alcohólicos Anónimos es una organización donde están los curahuillas y poco menos que tomando, mi ego me decía que ese no era un lugar para mí, que yo era superior, que me iba a juntar con los cartoneros, ¡No! Fui al grupo y la verdad es que ni fui capaz de hablar.  Me di media vuelta y me fui. Eso me costó siete u ocho años de sobriedad. Si hubiese tenido la humildad de quedarme hubiera recibido el mensaje, pero no lo recibí”.

“Cuando volví después- relata- me enteré de muchas cosas que no sabía. Que yo no bebía por ser inmoral o vicioso, que es una enfermedad que se compone de una parte mental y de una parte física. Consiste en que si yo tomo una copa mi cuerpo reacciona y tarde o temprano mi cuerpo va a pedir más y más, hasta quedar desmayado”, dice.

Explica que desde que ingresó desapareció su obsesión por el alcohol, se dedicó a sus reuniones y la Programa de los Doce Pasos.

“El programa de los Doce Pasos tiene que ver, primero, con la aceptación de la enfermedad y también con el conocimiento o aceptación de un poder superior a mí y a la botella, porque cuando llegamos, llegamos sometidos al alcohol”.

Pero  también considera el conocerse a sí mismo, enfrentar los resentimientos y miedos; “y la otra parte, con hacer reparaciones que he hecho, con conectarme con la sociedad y entregar el mensaje”, señala.

Reuniones

Las reuniones se realizan todos los lunes, miércoles y viernes a las 19:30 en la Parroquia Nuestra Señora de Lourdes en La Serena.

Jorge explica que lo ideal es llegar un poco antes para que se les explique en qué consiste, que sepan que será anónima. “Eso es importante porque uno llega muy avergonzado por ser alcohólico. Cuando uno la trata con personas que sufren de la misma enfermedad, que de alguna manera la tienen controlada es un alivio tremendo, yo me sentí inmediatamente identificado y nunca más me sentí solo respecto al alcoholismo”, dice.

Finalmente, Jorge señala que para ingresar al programa sólo se requiere “cierto valor o cierta desesperación o cierto fondo. Por eso, es que el único requisito es querer dejar de beber. Si una persona no quiere dejar de beber, es poco probable que inicie este camino. La gente quiere pensar en milagros, que tomar una pastilla, pero no. Cualquiera que quiera dejar de beber y sigue estos pasos va a dejar el alcoholismo”, asegura.

Para mayores antecedentes se puede escribir al mail contacto@grupoaagratitud.cl, contactar al teléfono +56953464568 o buscar información en  www.grupoaagratitud.cl.

 

 

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