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El Día
Revela que tras un subidón de tolueno, acuchilló a una de sus tías. “Después de aspirar, ella empezó a pegarme,a darme patadas, me asusté tanto que no supe cómo defenderme: ella se cortó y yo terminé en el Sename”.

Matías Concha P

En la víspera de Noche Buena, Cappi California compró una caja de neoprén como regalo de Navidad para la familia. “Me acuerdo que ese día mi tía amaneció angustiada, con muchas ganas de aspirar. Pero mi abuelo me dijo: ´No le des hasta la noche´. Ella insistió tanto que terminé dándole un sachet, pero ella quería más y más. Después se angustió tanto que empezó a pegarme patadas, yo salí corriendo porque me asusté. Ella tomó una cuchilla para que me diera miedo, me dijo: ´Te voy apuñalar´”.

Contarnos su historia no le resulta fácil. Es un recordatorio de la vida, que dejó atrás hace apenas ocho meses. Cappi es un niño adicto desde que tenía siete años. “Después, mi tía me tiró la cuchilla pero rebotó en el muro, entonces yo la tomé, se la tiré de vuelta y la cortó súper feo en el estómago, yo me puse a llorar y me escapé”.

Cuando lo encontraron, fue derivado a un hogar de protección de menores del Sename. Tras varias audiencias, su custodia provisoria quedó en manos de Bernarda, una mujer que desde hacía tiempo cuidaba a los pequeños de la familia California. “Cuando conocí a Cappi era un niñito precioso, al que la gente corría como si fuera una mosca, lo echaban del centro, de los locales, de todos lados”, cuenta Bernarda Muñoz (55), quien desde mayo de este año, es la cuidadora del niño gitano.

En las esquinas de las calles de La Serena, en el centro o en la periferia de la ciudad, no cuesta encontrar niños gitanos. Ninguno de ellos va a la escuela. Hoy existen casi 157 mil jóvenes que están excluidos del sistema escolar. En la región de Coquimbo son más de 7 mil los que no reciben educación, sin haber completado sus 12 años de escolaridad obligatoria.

La realidad de los niños de origen romaní que no asisten a la escuela es un tema invisible. Ni siquiera existe un consenso técnico respecto de la verdadera dimensión del problema. La situación se difumina aún más cuando la propia Superintendencia de Educación, aclara que “nadie maneja ese dato”.

Los miembros de la familia California inhalaban diariamente con Cappi, lo que mantenía al pequeño en un estado de letargo y sopor permanentes.  “Como en mi mundo te haces hombre a los 13 años, no conviene ir al liceo, conviene más enfocarse en conseguir plata. Pero las que de verdad no aprenden nada son las niñas gitanas, con escribir y leer están listas”, dice. 

Desde el Municipio de La Serena aclaran que no han faltado esfuerzos para reintegrar a estos niños. En 2013 surgió desde la comunidad adventista, en conjunto con el municipio de la comuna, una escuela montada en una carpa en el campamento, ubicado a un costado del puente Zorrilla. Alrededor de 50 niños gitanos tuvieron la posibilidad de estudiar. Tras dos años de funcionamiento, el proyecto se suspendió por falta de docentes y recursos. 

La preocupante cifra negra

Nadie sabe cuántos gitanos viven en Coquimbo. El Instituto Nacional De Estadísticas declara “desconocer ese antecedente”, pero los serenenses saben que hay un número abultado al costado oriente del mencionado Puente Zorrilla de la ciudad. En ese campamento hay unos 40 niños de la comunidad romaní, de los cuales sólo el 10% están matriculados en colegios del sector, con asistencia intermitente y escasa. 

De manera que Cappi se crió en un mundo de drogas fuertes y pegamentos que desprenden vapores, que, según dice, lo transformaban en un héroe de películas. “Cuando tú aspiras, tú te imaginas cualquier cosa. A mí me gustaba mirar mi mano y ver cómo se transformaba en la garra de un lobo, con pelos y uñas filudas. También me convertía en un monstruo para asustar a mi tía”, describe, recordando sus alucinaciones.  

“El mundo de Cappi no es una imagen estereotipada y caricaturesca”, dice el psicólogo Kevin Castillo, jefe del programa socioeducativo “La Esquina”, que fundación Súmate tiene en la región de Coquimbo, para traer de vuelta a la escuela a los niños excluidos del sistema escolar.

“Hace poco, Cappi llegó buscando colegio, tal como hacen muchos chicos  vulnerables como él. Hablamos de niños y jóvenes marginados por ser distintos, por tener una etnia o pertenecer a una comunidad diferente, por tener consumo problemático de alcohol y de otras drogas, por vivir en contextos violentos… En el fondo, por no adecuarse al molde rígido de lo que debería ser un estudiante ´normal´”, opina el profesional a cargo de este programa socioeducativo inédito, en el sector de Las Compañías, en La Serena.

Combatiendo el hambre

“Probablemente, ha estado muy cerca de una dosis letal”, afirma Carlos Vöhringer, director nacional de apoyo terapéutico para personas con problemas de consumo del Hogar de Cristo. “En sectores vulnerables, una de las motivaciones más fuertes asociadas al consumo de solventes volátiles es combatir el hambre y el frío. Por eso, siempre existe el riesgo de una intoxicación aguda por sobredosis. Es dramático, pero el consumo es un mal remedio, pero es el único que tienen lo más pobres”, afirma el sicólogo, magister en psicología clínica de la Universidad Católica.

La madre de Cappi (35) explica que en el mundo gitano, sufrir abusos forma parte de la vida. Nos revela que poco después del abandono de su marido, se emparejó con otro hombre, también adicto a las drogas. “Si a una la discriminan por ser gitana, es peor cuando eres pobre, por eso pensé que estarían mejor con sus abuelos. ¿Cómo llevarlos conmigo? En mi mundo no es raro morir a balazos o a cuchillazos”, explica, dando cuenta del nivel de violencia en que se han criado sus hijos.

Ahora el niño está en la sala del living de Bernarda, la mujer que lo recibió temporalmente en su casa, después de su paso por el Sename. Nos cuenta que la última vez que vio a su mamá, notó que ella tenía moretones en el rostro.“Me da pena, porque ella sufrió mucho cuando mi papá nos abandonó, aspiraba todo el día. No sabía qué hacer. Ahora un nuevo hombre la golpea y no creo que lo esté pasando bien, pero ella decidió eso”. 

Después de un día lleno de preguntas sobre su infancia, Cappi lentamente se convierte en un niño nuevamente. El pequeño hombre, lleno de autoconfianza y calmado, desaparece. Sí hay señales esperanzadoras. Una, sobre todo, resulta conmovedora: “Me acaban de regalar un silabario, ahora sí le voy a poder enseñar a leer al Coste, mi hermano chico”.

Golpe a golpe

Dos temas aparecen una y otra vez conversando con Cappi: la soledad y el consumo problemático de drogas. “Yo empecé a hacer leseras cuando mi padre se fue con otra mujer. Después llegó mi mamá desde México, donde estaba, para llevarnos a vivir con mis abuelos, pero después también se fue ella. Desde ahí empecé a aspirar, sobre todo cuando hace hambre. Ahí todos aspiramos hasta dormirnos”, dice, describiendo su antigua rutina.

 

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