• Desde los escombros. Así han sabido salir adelante los habitantes de la Región de Coquimbo afectados por el terremoto y posterior tsunami.
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Lautaro Carmona
El 16 de septiembre del 2015, un terremoto grado 8,4 sacudió la Región de Coquimbo, dejando como saldo a 11 víctimas fatales y miles de damnificados. Sin duda, el sector que se vio más afectado por el evento natural fue Baquedano, de la comuna puerto, donde más del 70% de la población optó por irse a otro lugar. En la actualidad, pese a que la fecha sigue trayendo a la memoria el fatídico día, existen proyectos para revitalizar la zona y que no termine en el abandono en el que se sienten quienes se quedaron. Sus recuerdos y sus casas mantienen fisuras, pero la gente lucha por volver a levantarse.

En el sector de Baquedano la nostalgia de la memoria converge con el silencio de la cuarentena. Son cinco años en que las grietas todavía no cierran, y las heridas no terminan de cicatrizar. Hay movimiento, pero poco. Nada que se compare con lo que era hace media década. Y es que muchos de los habitantes que llevaban toda una vida en el sector emplazado en Coquimbo, optaron por irse a lugares que consideraron más seguros, donde no existe posibilidad alguna de que vuelvan a experimentar una catástrofe de tal magnitud como la ocurrida un día como hoy, precisamente 16 de septiembre, pero del 2015 cuando uno de los desastres naturales más grandes que haya tenido lugar en Chile encontró como mejor escenario precisamente la Región de Coquimbo completa, pero que pareció ensañarse con el sector de Baquedano, no sólo azotándolo con un brutal terremoto grado 8,4 sino que posteriormente con un devastador tsunami.

Historias que duelen

Norma Acuña vivía con su hija, su nieta y su yerno en el sector cuando ocurrió el desastre. La encontramos afuera de su nuevo hogar, donde hoy reside sola, sin poder trabajar debido a la cuarentena. Asegura que desde hace varios días que viene recordando el que es para ella “el peor momento que ha vivido”.

Eran las 19:54 horas cuando la comuna puerto se instaló la paradoja, pasando de la alegría al terror y luego al lamento. Mientras Norma y su familia comenzaban a sentir el movimiento telúrico que se iniciaba con un leve sonido, paralelamente, ese mismo día hace cinco años, la ciudad inauguraba la fiesta de La Pampilla, donde también, de un momento a otro, tambalearon las emociones de extremo a extremo.

“Me tocó estar al mando del ejército en esta catástrofe también, y esa experiencia, como otras, hacen que uno pueda manejar de mejor manera lo que vivimos ahora”, Pablo Onetto, jefe de la Defensa Nacional

En la Pampilla la evacuación fue rápida y más allá del susto de los asistentes, todo culminó cuando la tierra se aquietó. En Baquedano, en tanto, cuando parecía que todo había llegado a su final luego de tres minutos de pánico tras el terremoto sin precedentes en la zona, aquello no fue más que una pausa y lo peor estaba por venir. Así lo recuerda Norma, quien en ese instante iba en bicicleta rumbo a su casa. “Me detuve cuando empezó a temblar. Intenté quedarme de pie con la bicicleta pero no pude y me fui para el lado, caí al suelo. Ahí me quedé y cuando terminó a lo único que atiné fue a seguir mi camino y ver cómo estaba mi familia. Me levanté y me di cuenta que se había cortado la luz, así que llegué casi a ciegas, pero llegué, afortunadamente. No sé cómo no me pasó nada”, recuerda la coquimbana, mientras nos invita a pasar al interior de su nueva casa, que no es la misma en la que residía, y que hoy arrienda, pero que todavía mantiene las grietas de aquel día.

Un milagro

A la vuelta de la casa de la hija de la señora Norma, vive Carla junto a su esposo Néstor. Es la historia de éste último la que siempre cuentan con mayor optimismo porque entra en la categoría de milagro. Si no hubiese sido porque tuvo un presentimiento, no estaría vivo. Claro, Néstor es sordomudo y si bien sintió el terremoto, no pensó que unos 10 minutos después se vendría el gigantesco tsunami que arrasaría con todo. Se encontraba trabajando en el arreglo de un camión y una vez que dejó de temblar volvió a meterse debajo de éste con su overol y sus herramientas sin darse cuenta del caos que había a su alrededor, con la gente gritando y huyendo desesperada hacia los sectores altos, y su propia esposa buscándolo para también ponerse en un lugar seguro.

Cuando ya no lo encontraba, volvió una vez más al lugar donde estaba el camión y Néstor quien por un presentimiento que todavía no se explica salió, y rápidamente se dio cuenta de lo que estaba pasando, vio a su esposa y a su hijo a lo lejos y corrieron. Algunos metros más adelante encontraron a Norma en la bicicleta y pudieron ponerse a salvo, no sin antes ver el pánico colectivo y el agua saliendo poco a poco destruyendo el que fue su barrio. “En algún momento cuando ya sentimos que no corríamos peligro, paramos, nos dimos la vuelta y vimos todo destruido. La ola ya se había recogido, y muchas pero muchas casas simplemente habían desaparecido. Lo que sentí en ese momento jamás lo he vuelto a sentir”, relata Norma.

El miedo al límite

Carmen Gloria Bugueño tiene una historia particular, como tantas, como todas. Cuando ocurrió el terremoto, se encontraba en la Casa de la Cultura de Coquimbo junto a su hija en una clase de danza. “Todo comenzó a moverse de repente, los niños se asustaron y obviamente que los padres también porque era demasiado fuerte. De hecho, nos caímos al piso, fue imposible mantenernos en pie”, relata Carmen.

Tras ello, fue por su niña y por instinto volvió a su casa por algunas cosas básicas, para evacuar. Llegó hasta la entrada de su hogar con el vehículo, con la puerta del copiloto pegada a la del domicilio para que les fuera más fácil empacar lo necesario y subsistir algunos días. En el fondo, Carmen sabía que el mar no daría tregua. “Afortunadamente mi mamá y mi hermana no estaban. Ellas ya se habían ido a la pampilla, porque acampan todos los años, pero no sabía dónde estaba mi esposo, así que le dejé una nota, en la mesa diciéndoles que estábamos bien, pero en el fondo no quería que nadie la leyera porque eso significaría que tuvo que volver a la casa, que era lo peor”, expresa.

“No sabía dónde estaba mi esposo, así que le dejé una nota, en la mesa diciéndoles que estábamos bien, pero en el fondo no quería que nadie la leyera”, Carmen Gloria Bugueño, habitante de Baquedano

Cuando llegó el momento de irse, habló con su vecina y la conminó a que se subiera al vehículo, no se podía quedar ahí. Sin embargo, ella no quiso y prefirió quedarse en su negocio, sin pensar en las consecuencias. “Me dijo ‘yo le cuido la casa’, y me fui, dejando la nota. Todavía no salía el agua, pero cuando iba subiendo hacia el Líder, con un taco tremendo, se empezó a ver gente corriendo por los lados de los autos gritando: ‘se está saliendo el mar’, ‘se está saliendo el mar’. Yo tenía los vidrios abajo, pero cuando escuché eso subí los vidrios y avancé lo que más pude”, remarcó.

Pero, ¿qué pasó con su esposo? Afortunadamente Iván Mendieta, no tuvo que leer la nota que le dejó su pareja. Claro venía de vuelta desde su trabajo en La Serena, pero el conductor del colectivo tomó la decisión de tomar otra ruta y no llegar directamente a Baquedano, aun no teniendo la certeza de que había un tsunami. “Fue una gran decisión del chofer. No tenía cómo comunicarme con mi señora y eso me tenía muy preocupado así que lo que hice fue ir donde una tía, y allí nos encontramos. La verdad fue un gran alivio porque se recuperó la señal del celular, y nos comunicamos con todos, y supimos que estaban bien”, expresó Iván, dentro de su domicilio, junto a su familia, una de las pocas que decidió quedarse allí.

En la caleta

Baquedano es un mundo aparte, y tanto las paredes como los recuerdos presentan fisuras, que no han logrado sanarse. Y en la Caleta tampoco del todo. Allí, todavía hay historias que hacen aflorar el lado más sensible de quienes vivieron y vieron su puerto destruido. Armando Cáceres lleva todo una vida cuidando los navíos y le tocó estar de turno durante el terremoto y posterior  tsunami. Como la mayoría de la gente, pensó que el temblor sería el final, pero cuando minutos después vio el mar recogiéndose no tuvo dudas, y corrió lo más lejos que pudo sin detenerse hasta llegar a su casa. Vio las olas desde lo alto, ya seguro, pero la oscuridad no le permitió distinguir ni dimensionar el daño, del que sí fue testigo al día siguiente. “Lo que había era terrible. Todo el puerto destruido, los barcos varados, algunos destruidos entre medio de automóviles que también se había llevado el agua. Esa imagen jamás me la he podido borrar de la mente”, especificó.

3 minutos duró el terremoto, y momentos después vendría el tsunami. 2015

Vendiendo mariscos y pescados, adentro del mercado la señora Magdalena no puede contener las lágrimas al recordar. Trabaja en el rubro desde los nueve años, y aquella vez, aunque no estaba en el lugar y no corrió peligro, sí perdió el esfuerzo de toda una vida, su negocio, su trabajo con el cual se había sustentado su familia por generaciones. Tembló, pero jamás pensaron que al llegar al otro día se encontrarían con todos esos destrozos. “El mar se había llevado todo lo que teníamos. Simplemente no sabíamos cómo sobrevivir. Lo pasamos mal, pero afortunadamente con trabajo y también con los aportes estatales nos pudimos levantar, y aquí estamos. Ahora con otra tragedia, pero en medio de una pandemia que nos está haciendo sufrir también, pero estamos vivos. Si salvamos de esa, podremos salvar de esta”, finalizó.

A paso lento

El alcalde de Coquimbo Marcelo Pereira recuerda aquel día con tristeza. En ese tiempo ejercía como médico en el Hospital de Coquimbo, y fue a prestar ayuda al lugar que estaba más devastado: Baquedano. En la actualidad, asegura, Pereira, “continúan heridas abiertas y mientras sigan estas heridas la cicatriz va a seguir viva”, expresa. Esto, en referencia a que el proceso de reconstrucción ha sido a su parecer bastante lento. “En cinco años se podría haber hecho mucho más, y eso me hace sentir mal, pero a la vez siento que el Plan Maestro del sector Baquedano comienza a echar a andar todo, porque luego vienen los proyectos habitacionales, y me siento optimista. Queremos levantar Baquedano, y creo que el camino está trazado, con proyectos que están en marcha”, aseveró el edil porteño.

¿Reconstrucción a medias?

Desde el Serviu el director regional Óscar Gutiérrez es categórico en señalar que la reconstrucción sí ha sido efectiva, y está completada. Él mismo señala que la mayoría de la gente optó por irse a vivir a otros lugares, y quienes quedan no superan el 30% de los que había antes del desastre natural. Pero enfatiza en los proyectos que se vienen cuya inversión total, contabilizando lo que ya se ha hecho, podría alcanzar los 20 mil millones de pesos. “Lo que se está realizando está dentro de los seis proyectos más importantes del presidente Piñera, con un edificio resiliente, con la primera planta como punto comercial, y lo que está en mayor altura para habitar, y prontamente se construirán otras casas más con la misma dinámica. Y hay una serie de proyectos más. Es decir, hay que decirle a la gente de Baquedano que para nada debe sentirse abandonada”, aseguró el director del Serviu, a cinco años desde que la naturaleza nos azotó a todos, y pese a la adversidad logramos levantarnos. Hoy nos azota de nuevo, de otra manera, y de alguna u otra forma, tal como en aquella oportunidad, deberemos volver a salir a flote.

 

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