• Cuando se aproximan las 17:00 horas las personas comienzan a retirarse a sus casas para resguardar su seguridad.
    Cuando se aproximan las 17:00 horas las personas comienzan a retirarse a sus casas para resguardar su seguridad.
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Lautaro Carmona
Habitantes de sectores como Las Compañías y La Florida relatan cómo ha cambiado su estilo de vida con los permanentes disturbios en el centro de la capital regional, al que no pueden acudir pasadas las 17:00 horas. Muchos marchaban al principio cuando las protestas eran pacíficas, pero han dejado de hacerlo porque hoy el vandalismo lo ha vuelto peligroso. Exigen al gobierno que dé soluciones concretas, ya que si aquello no sucede los delincuentes seguirán infiltrandose entre la ciudadanía que pide los cambios sociales.

La tónica se repite. Cuando se aproximan las 17:00 horas el flujo de personas tanto en vehículo como a pie por el centro de La Serena comienza a disminuir y algunos sectores simplemente se convierten en lugares fantasmas. Esto desde hace unas cuatro semanas cuando las manifestaciones comenzaron a tornarse decididamente violentas luego de un comienzo en el que, en esos mismos horarios, las marchas fuesen multitudinarias y pacíficas, fiel expresión de las demandas sociales por las que todavía no se recibe respuesta.

El hecho es que la capital regional cambió. Mientras todo lo demás está en silencio, el epicentro del movimiento se da condicionado por dónde se congreguen los manifestantes, comúnmente en la Plaza Buenos Aires y en diferentes puntos de la Avenida Francisco de Aguirre, donde también, en general se producen los disturbios.

Los enfrentamientos con Carabineros, las barricadas y las bombas lacrimógenas, son pan de cada día, y la tarde del martes se vivió una de las jornadas más violentas cuando descolgados saquearon y quemaron tanto la Seremía de Educación como el Hotel Costa Real.

La gente toma resguardos

Ya lo dijo el presidente de la línea 71 de colectivos que circulan desde el centro de La Serena hasta La Florida y La Antena, Carlos Guajardo, “desde que comenzó el estallido social no tenemos pasajeros y las ganancias han bajado a la mitad”. Pero más allá de las cifras, quisimos analizar el fenómeno. ¿Por qué la gente de otros sectores de la ciudad no está acudiendo al centro? Se lo preguntamos a ellos mismos.

En Las Compañías, la señora María Delgado Huerta asevera que siente miedo. Vive hace 35 años en la ciudad, y es propietaria de un almacén de barrio. Nunca le había tocado experimentar una situación de esta naturaleza. Antes del estallido social bajaba al menos día por medio al centro de la ciudad, sin embargo ahora, no va desde hace un mes, lo cual le ha traído consecuencias, ya que en oportunidades se ha quedado sin mercadería para abastecer su negocio. “Me da mucha pena ver lo que está pasando. Los últimos hechos los he visto por la televisión y el diario, y no me imagino cómo esta ciudad tan hermosa fue destruida. Pero no he querido bajar, porque me da miedo. Uno no sabe con lo que se va a encontrar. Es mi esposo el que se ha movido con la mercadería, y en oportunidades cuando tiene que ir después de las cinco, o se le hace tarde, preferimos no ir aunque nos quedemos sin las cosas. Es mejor resguardarse”, cuenta María Delgado.

Pero rescata lo positivo. “Al menos con esto he tenido que aprender a usar el internet”, cuenta la señora que antes realizaba todos sus trámites de manera presencial, pero ahora paga sus cuentas y realiza otras tramitaciones a distancia. “Mis hijos me enseñaron a usar esas plataformas y es mucho mejor. Porque si bajara tendría que decirle a mi esposo que me llevara, y con el riesgo de que me rompan el vehículo, encontrarse con barricadas y ese tipo de cosas. Mejor quedarse aquí, segura”, precisa.

Consultada respecto a las demandas sociales, no duda en apoyarlas. Incluso, al principio salía a los cacerolazos que se hacían en su sector, pero no comulga con el tenor que han tomado las manifestaciones. “Yo apoyo lo que se está pidiendo, también soy parte del pueblo y he vivido las injusticias, pero estamos viendo cosas como saqueos, incendios, y yo me pregunto en qué contribuye eso. Además que tenemos un gobierno que no hace nada, que parece que no estuviera escuchando”, relató.

El hijo de la señora, Manuel Díaz, también relató lo que le ha tocado vivir en el contexto del estallido social, desde lejos en cuanto comenzó la escalada de violencia. “Al principio yo iba a las marchas con mis hijos y si la cosa se ponía complicada nos íbamos tranquilos, porque tampoco era tan violento. Pero ahora es complejo desde que empieza hasta que termina”, cuenta.

En particular, recuerda un episodio que le tocó vivir junto a su hijo, cuando un grupo de manifestantes no lo dejaba pasar. Por suerte, no sufrió ningún tipo de daños, pero le costó convencer a los sujetos que no les hicieran nada. “Yo me asusté, les dije que apoyaba la causa, porque es verdad, que me dejaran circular porque iba con mi hijo. Al final cedieron, pero fue un momento complicado. Desde ahí que no he vuelto a las marchas. Me dan ganas, pero después veo en lo que terminan y me deprimo un poco”, detalla, Manuel quien actualmente se encuentra sin trabajo, y no tiene expectativa de encontrarlo en el corto plazo debido a lo que está pasando.

“El gobierno es el responsable”

Pese a que reconocen el peligro que están generando los manifestantes violentos, a la hora de buscar responsabilidades por lo que está sucediendo los pobladores no tienen dudas en responsabilizar al Gobierno.  “Yo no me pierdo en eso. Sí, me afecta que se esté saqueando, me afecta que se esté robando, pero el problema es que el gobierno no da soluciones y mientras eso no pase los delincuentes tienen un pretexto para seguir haciendo estas cosas”, dice Mauricio Cuevas, vecino de la población Gaspar Marín, quien ahora se desempeña lavando autos, desde que comenzó el estallido social. “Normalmente trabajo en la construcción, pero hay muchos trabajos que están parados por lo que está pasando. Antes de esto yo me daba vueltas por todas estas construcciones que precisamente se están realizando en el centro, pero ya perdí esa fuente laboral y ahora hago lo que puedo. Lavo autos, o ayudo en la feria, y así estaré hasta que esto termine. Pero ojalá termine con soluciones”, precisó.

En La Florida “somos autónomos”

Nos trasladamos hasta el otro lado de la ciudad, en La Florida. Allí, existe una sensación similar a la que pudimos percibir en algunos vecinos de Las Compañías. “Para qué ir al centro si está la pura embarrada”, dice Jorge Suarez, joven de 22 años quien trabaja en un taller mecánico del sector. Dice que “acá somos autónomos, tenemos el supermercado y todos los trámites los puedes hacer por internet.  Así que no hay para qué bajar al centro en la tarde si no se necesita”, expresa.

Pero la realidad de su madre, Clara Guerrero no es la misma. Ella sí o sí debe acudir hasta las oficinas del recinto bancario en el que se desempeña en calle Balmaceda y en ese contexto, ha sido testigo de situaciones que la tienen alterada, según dice. “Todo los días bajo con miedo, pero no me queda de otra. Afortunadamente, nos han dado la facilidad para irnos a la casa más temprano, a las 4 y media algunos días cuando está complejo, y es lógico porque después no tenemos locomoción”, sostiene.

Más tiempo en la casa

Pero si se trata de cambios de costumbres, Katherine Mella, es un ejemplo de aquello. Trabaja en un negocio en La Florida y todos los días, después de su turno bajaba a la plaza de armas junto a una amiga y sus hijos para recrearse. Eso ya se acabó, y han tenido que buscar otras maneras de entretener a los pequeños. “Bueno, en este caso la televisión y el computador han sido nuestro cambio de rutina, porque no se puede hacer mucho más. En la mañana igual  hemos intentado bajar  o hacer compras en el centro con los niños, pero hay un olor a lacrimógena que es bastante peligroso para los niños, así que hemos optado por no ir”, sostuvo la vecina.

Mella emplaza al gobierno y en particular al Presidente Piñera. “Tiene que hacer algo para que la gente se tranquilice. Yo no veo que esto se solucione de otra manera”, precisó.

¿Qué está pasando? Una mirada sociológica

El sociólogo de la Universidad Central, Nicolás Pérez, analizó la situación que se está viviendo en La Serena, una ciudad que, antes de este estallido social, se pensaba era una de las más tranquilas y pacíficas del país. ¿Qué fue lo que cambió? El profesional, en primera instancia, comprende que la perturbación del orden social establecido causa temor e intranquilidad en la ciudadanía, lo que ha conllevado a que cambie sus rutinas. “Se han producido cambios en el comportamiento cotidiano de la gente esto debido a la exposición que pueden tener frente a un hecho de violencia donde no existe un ente que les asegure la protección”, precisó.

En esa línea, apuntó a Carabineros. “En la actualidad la institución que debería patrocinar paz y tranquilidad social, no lo está haciendo porque Carabineros ha ejercido una violencia desmedida y desatada, que es algo en lo que la población también repara. Entonces, en este contexto, con las fuerzas del estado superadas sumado a la violencia que se produce amparada en la masividad de las marchas, no le da garantías a nadie de que no le va a pasar nada, porque lo que hoy predomina son la sensación de incertidumbre e inseguridad”, expresó.

Respecto al cambio que ha experimentado una ciudad que se caracterizaba por su tranquilidad, sostuvo que esto se debía a que la segregación, tras el estallido había encontrado un punto de encuentro, en el que lamentablemente hoy predomina la violencia. “En cuanto a lo urbano esta es una ciudad muy separada, hay un fenómeno de exclusión social muy grande. Tienes muy segregado al sector de Las Compañías, La Antena, espacial y físicamente. Esa exclusión ha hecho que estas concentraciones de gente –en las marchas- sean en sectores históricos, simbólicos de la vida cotidiana que son comunes para todos, pese a la exclusión social, como la Plaza Buenos Aires y la Avenida Aguirre que ahora denominan Avenida Diaguitas”, explicó.

¿Cuándo va a parar?

Todos se preguntan cuándo va a volver a la normalidad la ciudad, y hay coincidencia en que la violencia tiene que terminar, eso sí, acompañada de respuestas concretas por parte del Gobierno a las demandas sociales. De todas formas, los actos vandálicos son condenados desde todos los sectores.

Desde el municipio de La Serena, el Concejo Municipal emitió un comunicado en donde se refiere tanto a los hechos protagonizados por Carabineros como por los manifestantes que generan inseguridad en las personas.

“Condenamos la violencia en todas sus formas, e independiente del  sector que provenga. Con la misma fuerza rechazamos enérgicamente las acciones vandálicas ejercidas, las cuales se traducen en  un grave deterioro a la economía local, sostenida por pequeños emprendedores  y al patrimonio cultural, que  representa  nuestra identidad como ciudad histórica e importante destino turístico nacional e internacional”, indicaron en el escrito, agregando que, “los abusos cometidos hacia las personas  en el marco de estos hechos, deben ser investigados y sancionados de acuerdo al marco jurídico vigente.

En este contexto, condenamos las violaciones a los Derechos Humanos y hemos interpuesto dos querellas criminales en contra de quienes resulten responsables, como autores, cómplices o encubridores del delito de homicidio por la muerte de Romario Veloz; y contra quienes estén involucrados en el saqueo e incendio de la ex estación de trenes de nuestra ciudad”, sostuvieron.

Buscar el equilibrio 

Por lo pronto, no se vislumbra ni lo uno ni lo otro. La agenda social planteada por el Gobierno no satisface a la gente, y mientras eso no pase, no dejarán de manifestarse. En el intertanto, los vándalos seguirán infiltrándose y cometiendo acciones delictuales, dividiendo el movimiento.

Pero el diputado Matías Walker, también pone el acento en que, para restablecer la paz social, y que vuelva la calma, es necesario buscar puntos de encuentro, equilibrios para que no siga esta escalada de violencia que mantiene atemorizada a gente que incluso apoya el movimiento. “Orden público y derechos humanos son las dos caras de la misma moneda. No puede haber orden público sin el uso racional y proporcional de la fuerza y no puede haber respeto a los derechos humanos sin orden público. Es un equilibrio”, concluyó. 

 

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