• Ernesto Lejderman en el frontis de la Casa de la Memoria.
  • Matrimonio Lejderman Ávalos, junto a su hijo Ernesto.
  • Ernesto en compañía de sus abuelos.
  • Ernesto y su madre, María del Rosario Ávalos.
  • Ernesto Lejderman a su llegada a Buenos Aires.
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En su breve paso por La Serena el principal querellante por el Caso Lejderman-Ávalos explicó a Diario El Día la interminable lucha que ha dado, tanto judicial como internamente, para llevar a juicio a los altos mandos que ordenaron el asesinato de sus padres, el duro proceso de reparación que ha debido sobrellevar para dejar atrás el episodio que marcó su vida. El activista de Derechos Humanos también valoró positivamente una reconciliación con las Fuerzas Armadas.

Para Ernesto Lejderman Ávalos ha sido un ir y venir entre Chile y Argentina, en su búsqueda de justicia por el asesinato de sus padres Bernardo Mario Lejderman, ciudadano argentino y María del Rosario Ávalos, originaria de México. Ambos asesinados el 8 de diciembre de 1973 en los hornos de Gualliguaica a manos de una patrulla militar proveniente del otrora Regimiento “Arica” de La Serena, comandada por el brigadier (r) Fernando Polanco. Ernesto fue testigo y sobreviviente de ese crimen, en consecuencia, ese trágico suceso y las experiencias que le siguieron fueron la tónica principal de su participación en una actividad previa a la inauguración de La Casa de La Memoria.

Eran pasadas las 11:00 y poco a poco los participantes se acomodaron en sus asientos, una vez instalados Ernesto narró serenamente el proceso judicial por el que es conocido, pero también describió la lucha interior que libró desde su más tierna infancia. El invitado, hoy de 46 años, señaló que recién al cumplir los 30 años pudo cerrar su doloroso proceso de cuestionamiento y culpa, gracias en gran medida a un tratamiento psicológico intensivo y a su integración en el movimiento HIJOS (Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio), la agrupación argentina dedicada a la promoción de los Derechos Humanos.

30 años de cuestionamientos y culpa

Sin embargo, sus primeros años no fueron fáciles, especialmente tras su regreso a la Argentina. “cuando tenía 6 años de edad una mujer chilena, que hablaba como chilena en Buenos Aires, estuvo presente cuando dije llorando y gritando “pacos matan, pacos matan”, señaló Lejderman, dejando en evidencia que el trágico evento permaneció inconscientemente en sus recuerdos durante su primera infancia.  

Gracias a las gestiones del gobierno trasandino y la tenacidad de sus abuelos, el entonces menor de 2 años fue recuperado llevado a vivir al barrio norte de la capital argentina. Ernesto confesó, con toda seguridad, que le hubiera gustado crecer y llevar una vida en Chile con sus padres desde un principio. Pero eso fue imposible dado que el matrimonio no tenía ninguna red de apoyo familiar y sus amigos más cercanos debieron abandonar el país para sobrevivir.

Pese a sus modestas condiciones económicas sus abuelos paternos podían brindarle todo lo necesario para que Ernesto tuviera una infancia como la de muchos otros niños. Pero todo se vino abajo en 1975 a causa del ajuste económico recordado como el "Rodrigazo" (llamado así en alusión al entonces ministro de Economía argentino, Celestino Rodrigo), un paquete de medidas encaminado corregir las distorsiones en la economía, a través de un fuerte control de precios, devaluando la moneda local respecto al dólar. Ese plan tuvo como resultado una hiperinflación, una fuerte disminución en los salarios reales de los trabajadores y un alza tarifaria en los servicios básicos.

A causa de esta debacle económica la familia Lejderman debió trasladarse a una vivienda más pequeña y al cabo de tres años todos sus ahorros se redujeron a cero debido a la carestía de todos los productos, desde ese entonces el matrimonio argentino sólo se valió de su pensión como fuente de ingresos. "Me acuerdo que yo no tenía para la micro, me iba en bicicleta y así me transporté hasta los 18 años ya que mi abuela no podía darme dinero para movilizarme", recordó. Sin embargo, esto no impidió que Ernesto terminara la escuela técnica y se recibiera de Técnico Electrónico en Comunicaciones.

Hasta el año 2000 se dedicó casi exclusivamente al comercio, sus dolores de cabeza recurrentes y sus contracciones musculares derivadas de su trauma frustraron sus planes de estudios; no logró terminar el primer año de universidad. Pero el hastío y los problemas lo siguieron hasta el trabajo, el cual debió abandonar tras sucumbir a una depresión que lo mantuvo en cama dos años, hasta el 2002. Su único bien inmueble, el pequeño departamente de sus abuelos, estuvo a punto de ser rematado tras una cobranza judicial. Afortunadamente, la solidaridad de compañeros y amistades lograron reunir el dinero suficiente para pagar la deuda y salvar la propiedad.

Tras ese percance Ernesto decidió encarar a los demonios que ensombrecieron su pasado con un tratamiento intensivo, "emprendí una etapa de terapias psicológicas y empecé a ir a psiquiatra. Iba 4 veces por semana, dos veces a la psicóloga y dos días al psiquiatra por semana, durante un año y medio. Eso contribuyó mucho a mejorar mi salud mental". La orientación profesional y la continua introspección le ayudaron a dilucidar qué elementos le impidieron concretar sus proyectos personales, como conformar pareja o concluir sus estudios superiores, "entendí que tengo muchas capacidades, que soy una persona muy inquieta, aprendí muchas cosas. Pero por sobre todo aprendí que tuve una vida muy infeliz, que no pude disfrutar hasta los 30 años".

Otro evento que influyó decididamente en su sanación interior fue su incorporación en el activismo social, sus 4 años en de militancia en la agrupación HIJOS le demostraron que no estaba solo, convivió y trabajó con otros hijos de represaliados políticos, todos unidos por el dolor compartieron sus experiencias con Ernesto. Sin duda esto le ayudó a reconciliarse con su pasado. Entre sus tantas incursiones en el trabajo territorial en barrios empobrecidos y vulnerables de Buenos Aires conoció a Lorena, su compañera desde hace 15 años y una maestra comunitaria muy reconida de la Villa 1-11-14, una población de 40 mil habitantes marcada por el narcotráfico y la violencia callejera.  

"Fin a los pactos de silencio"

Entre el público oyente, todos adultos mayores, se visualizaban expresos políticos, exonerados y familiares portando un retrato en blanco y negro de algún joven cuyo paradero hasta el día de hoy se desconoce. La exigencia era unánime, “que se acaben los pactos de silencio”, exhortando a los uniformados en retiro a señalar dónde están las osamentas de las víctimas y quiénes fueron los altos mandos que dieron las órdenes de ejecución.

En ese sentido Lejderman apuntó al otrora teniente del Regimiento Arica de La Serena, Juan Emilio Cheyre “yo le dirigí una carta pública (a Cheyre) en donde le pedí que declarara todo lo que él sabe, porque él era el ayudante principal del Jefe de Regimiento  Ariosto Lapostol y yo sé que él sabe todo, era el “número dos”, era quien secundaba al jefe. Por eso yo le mandé una carta pública  y le pedimos una reunión, nunca hubo reunión”.

En el curso de su testimonio Lejderman recordó en un tono de amargura, tenue pero perceptible, el cierre del Caso Lejderman-Ávalos en 2009, cuya resolución dejó disconforme al afectado pues sólo se dictó condena a tres militares bajo rango. Sin embargo, el ciudadano trasandino pronto recobró la serenidad y afirmó, “yo creo que ha habido pasos importantes, como el caso de Cheyre que lo han procesado e incluso estuvo detenido unos días. Creo que la justicia ha madurado en esta materia, mejor que antes, aunque falta todavía”. En 2009 el afectado pidió a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos servir de árbitro y que estudiara la situación con tal de negociar con el Estado de Chile la reapertura de su caso dado que las penas para el brigadier (r) Fernando Polanco, el suboficial Héctor Vallejos y su par Luis Fernández Monjes, fueron sólo de 5 años y un días.

El invitado recordó que tras ese sinsabor hubo efímera esperanza que en ese entonces supuso un nuevo antecedente para esclarecer los hechos, “recién en el año 2009, cuando se termina el juicio, (Cheyre) me pidió una reunión en la oficina del abogado Salazar, acudí a la reunión y le pedí que me aportara un antecedente más a la historia y me dijo que no sabía nada. Luego le pregunto por las pertenencias de mis padres, pues ellos sí tenían algunas fotos, ropita, algunas pertenencias de mis padres y me dijo “no, yo no sé nada”. Bueno, le dije no tenía nada más que hablar con él”, de ahí se terminó la conversación”, recordó con indignación el hijo de las víctimas.

Cara a cara con Cheyre en "El Informante"

Posterior al encuentro Ernesto Lejderman comentó a Diario El Día su aparición más recordada en la televisión nacional, un cara a cara en directo con Juan Emilio Cheyre para el programa El Informante en 2013, “con respecto a Cheyre nada, porque siguió negándolo todo, lo de siempre. Lo positivo, es que muchísima gente vio el programa, que recorrió el mundo y miles de argentinos lo vieron en sus casas. Entonces esta situación permitió que un familiar, yo en este caso, se pudiera expresar y que mucha gente se enterara de la situación”.

El entrevistado afirmó estar satisfecho con su participación en el espacio conducido por Juan Manuel Astorga, “yo pensaba que al darse en el 2013 la gente ya se olvidó, pero no, hay mucha gente que se acuerda y que lo tiene bien presente. "Además ese programa de televisión no lo armé yo, posiblemente lo armó Cheyre, él es el que pide programas de televisión, estoy casi seguro. Por lo menos en ese programa yo no me callé nada, dije lo que tenía que decir y yo creo que él quedó muy mal parado, no por lo que yo dije sino por lo que él dijo. Yo sólo planteé lo que cualquier familiar afectado por estas razones hubiera planteado”.

Sin resentimientos con el mundo castrense

El ciudadano argentino afirma que lo único que quiere es verdad y justicia para los familiares de víctimas de la violencia política, sin ánimos de revanchismo, “a mí me parece bien una reconciliación con el mundo militar, yo no tengo ningún problema con los militares,el problema lo tengo con los genocidas, los militares que han asesinado, que han torturado, con esos militares yo no quiero saber nada. Un militar es como un trabajo más, como un médico o un bombero, ¿cómo voy a tener problemas con un médico o con un bombero?“

La aparición física de su padre

En 1990 Bernardo Lejderman, quien aún era un detenido desaparecido, fue encontrado en la Quebrada la Angostura. Por su parte María del Rosario Ávalos fue exhumada en 1974 para ser trasladada al Cementerio General de Santiago, gracias a las gestiones diplomáticas del gobierno mexicano. Sin embargo sus restos fueron sustraídos clandestinamente para ser incinerados, en diciembre de 1998, dos meses después de la detención de Pinochet en Londres. Actualmente la ciudadana mexicana continúa desaparecida.

En el 2003, una investigación encabezada por el juez Daniel Calvo confirmó ante la justicia que efectivamente el matrimonio Lejderman-Ávalos fue asesinado en Vicuña por militares chilenos a fines de 1973, cuando la joven pareja intentaba huir hacia Argentina a través de la Cordillera de Los Andes. Con ello se desmintió la versión oficial del suicidio de las víctimas, divulgada en ese tiempo por las autoridades militares.

 

 

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