• El 35% de los usuarios en los diferentes programas del Senda en la región corresponde al sexo femenino, una realidad que hace una década, aproximadamente, era invisible.
  • Matías e Ignacio son gemelos y han vivido sus cinco primeros meses de vida en el centro Ayelén, donde su madre, Macarena (36) se recupera de una fuerte adicción a la pasta base que casi le cuesta la vida.
  • Daniela tiene 34 años, viene desde Iquique y tenía dos opciones: Internarse o morir. Eligió lo primero y cuenta los días para volver a ver a su hija.
  • Cecilia tiene 6 meses de embarazo. Isabela nacerá pronto y será su fuerza para no volver a caer. Afuera, también la esperan otros tres hijos que pretende recuperar.
  • Durante la tarde, las mujeres más mayores del hogar ven televisión en la sala de estar. Es el único momento de ocio que tienen en medio de los talleres y terapias al interior de la comunidad.
  • Cristina Budrovic es psicóloga clínica y está permanentemente con las usuarias. Asegura que el ambiente que se genera en este centro es propicio para una efectiva recuperación.
Crédito fotografía: 
Lautaro Carmona
Sueños rotos que vuelven a construirse. Ilusiones que una vez más son posibles. De todo ello está impregnado el centro residencial femenino Ayelén de Coquimbo, donde hoy 13 mujeres intentan rehabilitarse de su consumo problemático de drogas. Tienen la esperanza de recuperar el tiempo perdido y todo lo que la adicción se llevó en ese camino en el que peregrinaron, producto de su enfermedad, sin quererlo hacia el infierno.

La principal hipótesis en la investigación por la muerte de María José Zambra causó impacto. Esta joven serenense de 30 años, habría tenido vínculos  con el narcotráfico y fue inmersa en este mundo donde se firmó su sentencia de muerte. “La cargaron con dinero”, la acusaron falsamente y vino la vendetta más cruel: fue asesinada y finalmente su cuerpo fue encontrado descuartizado el pasado 19 de octubre bajo el puente El Libertador, luego de estar desaparecida 51 días. 

La historia de la mujer fallecida siempre estuvo vinculada con las drogas. De acuerdo al relato de su hermana Leidy Zambra, su madre padecía de una adicción a la pasta base que la persigue hasta el día de hoy y que se ha prolongado por décadas. Por esta razón la mayoría de sus hijos se habrían alejado y los menores crecieron en hogares del Sename, todo por culpa del infame flagelo del consumo. 

Mujeres en el precipicio

Este caso es sólo un ejemplo de cómo ha penetrado la droga en las mujeres. Hace una década el consumo problemático, al menos el que era visible, se concentraba mayormente en los hombres, sin embargo, según datos entregados por SENDA la población femenina, cada vez más, está copando los recintos de rehabilitación. De hecho, en la actualidad, dentro de todos los programas que mantiene la entidad en la Región de Coquimbo el 35% de los usuarios corresponden a mujeres. Respecto al rango etario, éste se concentra entre los 24 y los 35 años, pero hay excepciones. ¿La droga de elección? La pasta base, aunque generalmente asociada a un policonsumo. 

Testimonios de vida y muerte

En el Barrio Inglés de Coquimbo, funciona el centro Ayelén. Al interior de una antigua casa de dos pisos viven 13 mujeres cuya única aspiración en la vida es recuperar lo que algún día perdieron, y salir de las drogas, siempre, un día a la vez. 

Se trata del único programa residencial para el sexo femenino que existe en la zona, y por ello, la demanda por ingresar es grande. Las que están siendo beneficiadas lo saben, tienen plena conciencia de que estar ahí puede ser la última salida y por eso se empeñan por seguir paso a paso las instrucciones de los profesionales que trabajan en el centro y avanzar en cada una de las etapas para luego volver a la vida y mantenerse limpias. 

A través de una solicitud especial, obtuvimos la autorización para ingresar al recinto en donde las mujeres intentan recuperarse y recogimos algunos testimonios de vidas que vuelven poco a poco a tomar forma, tras haber pasado por el infierno. 

Con ellas

Cuando llegamos, cerca de las 17:00, las usuarias se encuentran en su hora de descanso. Tienen talleres la mayor parte del tiempo, y poco tiempo para el ocio, pero entre las 16:00 y la 18:00 pueden ver televisión y dedicarse a lo que ellas quieren. Según cuenta la psicóloga Clínica Cristina Budrovic, estos espacios de tiempo son importantes para que se distraigan y puedan interactuar libremente entre ellas, y además, algunas, puedan dedicarse 100% a sus hijos con los que se les permite vivir en el recinto.

“Una de las cosas importantes que se ofrece en este centro es que hay cupos para madres que puedan entrar con sus bebés, o niños de hasta cinco años, esto durante el tiempo que dura el tratamiento que es un año”, explica Budrovic, quien agrega que “para conocer mejor lo que les digo, mejor hablen con las chicas”. La seguimos. 

Con quien primero nos cruzamos es con Cecilia. Le queda poco tiempo en el centro, y espera salir pronto para poder recuperar a sus hijos ya que la adicción se los quitó. Pero el gran motor que la moviliza hoy para recuperarse es la bendición que lleva en su vientre y que llegó para salvarla, para decirle que ella también podía dar vida y crear milagros, pese a haber estado durante años en las antípodas de alguna fe. 

Cuando la abordamos estaba en su dormitorio, el que comparte con otra usuaria. En ese momento ambas conversaban y ordenaban ropa de bebé para el pequeño que viene en camino. “Él me está dando fuerza ahora”, dice Cecilia, con una convicción que asombra, mientras se levanta de la cama lenta y cuidadosamente, con seis meses de embarazo a cuestas. 

Su historia coincide con la de muchas de sus compañeras. Tocó fondo mil veces antes de llegar, pero fue cuando le quitaron a sus hijos que, para poder volver a estar con ellos, decidió internarse. “Tengo tres hijos, una de 16, una de 9 y uno que va a cumplir 4 años, más la Isabela que está en mi guatita”, cuenta la mujer, quien sonríe para afuera, pero que traspasa el dolor que lleva adentro con su mirada. “Lo que pasa es que me los quitó el tribunal, y ese dolor es difícil de superar. Sé que están bien, porque los tiene mi mamá, pero después de haber pasado por eso, uno se cuestiona por qué no haber entrado aquí antes”, relata. 

Siempre supo que la pasta estaba acabando con ella, pero conocía poco de la enfermedad y pensó que podía dejarla por sí sola, lamentablemente no era posible. Comenzó con un consumo esporádico una vez que nació su segunda hija. Creyó que no era peligroso, jugó con fuego y terminó quemándose. “Sólo lo hacía en carretes, pero en ese tiempo tuve una desilusión amorosa, y encontré en la pasta base una forma de evadirme de la realidad. La vida se me hacía más fácil estando en consumo, y no me di cuenta cuando ya esto estaba totalmente fuera de control, no podía vivir sin la droga”, recuerda.

Admite que entró en un callejón sin salida. Su nueva pareja también se hizo adicta y no se hacían bien. De hecho, era maltratada constantemente por el hombre quien se volvía agresivo cada vez que consumía. “Vivimos muchas cosas de las que uno se arrepiente. A mí él me golpeaba, una vez estuvo a punto de matarme, quedaba machucada entera, y sin plata. Imagínate, afortunadamente nunca me prostituí por la droga, como lo hacen muchas mujeres, pero sí estuve a punto. Es duro, muy duro volver al pasado”, expresa Cecilia. 

Asegura que estos meses en el centro han servido para que sus hijos le perdonen por sus errores, al menos las dos mayores que fueron más conscientes de su debacle, y han estado en contacto, preparando el rencuentro. Eso sí, Cecilia admite que la esperanza por salir afuera, se mezcla con algo de temor de sentirse lejos de la protección que le dan esos paredones antiguas de la casona, sus compañeras, y los terapeutas.

Le atemoriza volver a enfrentar la vida sin ese evasor que le servía para aplacar el dolor que, no sabe si se ha ido. “Cuando pienso en que pronto estaré afuera, la primera semana de marzo, me asusta un poco, será difícil pero me están preparando para eso. Estaré bajo el cuidado de mi madre, y me aferraré a mis hijos, a los que tengo y a la que viene en camino para nunca más caer. Aunque sé que esto es una enfermedad, y siempre tengo que estar alerta, porque las recaídas están a la vuelta de la esquina”, enfatiza, con una mirada expresiva y voz fuerte. Tiene ambas manos en su vientre, como intentando abrazar a Isabela. 

Desde Iquique buscando salvarse

Daniela es otra de las usuarias que busca la recuperación. Tiene 34 años y un policonsumo, siendo su droga de elección la pasta base. Llegó derivada desde Iquique, ya que no había más centros de internación y el de ella era un caso de extrema urgencia: o se internaba o moría. Antes había estado en psiquiatría en el hospital de su ciudad natal, preparándose para una posible vida en una residencial, pero en ese intertanto seguía en consumo activo. Daniela se estaba suicidando lentamente y lo peor era que ella se daba cuenta. “Cuando una está así, lo sabe, el problema es que no puede dejarlo”, sostiene. 

Este no es su primer tratamiento. Antes lo había intentado en ocho oportunidades, incluso una vez terminó con una alta médica, pero la enfermedad es incurable, ella lo tiene claro, y la volvió a atacar luego de estar casi 12 meses en abstinencia cuando tenía 24 años. “Ahí pensé que me había sanado, pero las circunstancias, el ambiente en el que vivía allá en el norte no era el adecuado. Dejé la pasta base, pero no dejé el trago. No seguí todo lo que aprendí en ese tratamiento, y cuando tú no te cuidas las consecuencias son que recaigas, porque los que somos adictos siempre vamos a estar expuestos. A mí pasó, y ahí no paré más hasta llegar acá”, relata. 

Lo que vivió estando en adicción no lo quiere olvidar, para tener presente lo que le puede suceder ora vez si se descuida. “Mi vida era una mierda, era una miseria de ser humano. Me levantaba, y le mentía a mi mamá para salir de la casa, buscaba cualquier excusa. Le decía voy a comprar pan, pero pasaban 3, 4 hasta 5 días y yo no aparecía. Ella me buscaba por cielo mar y tierra pensando lo peor. Lo que hacía en esos días, era consumir, consumir y consumir, rodearme de malas personas que sólo se quieren aprovechar. No quiero ni pienso volver a pasar por eso”, precisa. 

Se arrepiente de muchas cosas, pero hubo una situación en particular que no deja de dolerle. Fue cuando su hija estaba de cumpleaños y las ganas de consumir pudieron más. Se fue y dejó abandonada a la pequeña y la celebración. “Estaba rara desde hace días. Llevaba un mes sin consumo y recaí en mi casa. Me dolió esa recaída e hizo que pasara el punto de no retorno. Le dije a mi madre que iba a ir al consultorio a verme porque me dolía la pierna, fui, y no volví más. Mi hija se quedó esperando”, recuerda Daniela, con tristeza. Pero también espera salir pronto, volver a Iquique y no ser derrotada por la enfermedad una vez más. No volver a defraudar a quien más ama. 

Doble bendición

Llevamos más de una hora en el lugar. Algunas mujeres conversan en la sala de estar, son las más mayores, otras pasean por el patio y otras descansan en sus piezas. Desde el medio del patio se oye el llanto de un bebé, pero cuando nos acercamos no es uno, sino dos. En la habitación están Ignacio y Matías, gemelos de cinco meses que nacieron en el centro de rehabilitación. Su madre, Macarena de 36 años, ingresó a recuperarse sin saber que estaba embarazada, y recién se dio cuenta cuando tenía 25 semanas, algo insólito. “Lo que pasa es que nunca fui regular con mi periodos entonces que no me llegara la menstruación no era novedad, si no es porque mis compañeras me empiezan a decir que mi guata era como de embarazada no me habría dado cuenta hasta el día del parto”, dice Macarena, algo nerviosa. 

Cuando concurrió al médico a realizarse la ecografía, no sólo comprobó que estaba embarazada, sino que eran dos los niños que llevaba en su vientre. Se impresionó, pero rápidamente y con la ayuda de sus compañeras y los terapeutas asimiló la situación. 

Los ha criado adentro y sus hijos se han desarrollado perfectamente. “Creo que el que hayan nacido estando yo acá fue lo mejor que les pudo pasar, porque están protegidos, todas están pendientes de ellos y son felices. No sé cómo habría sido si yo hubiese estado afuera, porque probablemente hubiese estado en consumo, no quiero pensar porque lo más probable es que les hubiese provocado algún daño”, sostuvo. 

El estar al cuidado de dos lactantes hace que tenga un trato especial. Puede llegar tarde a los desayunos, almuerzos y cenas, y, por supuesto, siempre están primero los pequeños. 

A diferencia de la mayoría de las usuarias que tuvo años de dependencia, Macarena solo estuvo uno y medio en el infierno de la pasta base, pero fue tan intenso que bastó para arruinar su vida y la de quienes la querían. “Al principio consumía por mi pololo, el padre de mis hijos. Ese fue mi primer acercamiento. Después ya lo hacía sola, pero no para disfrutar, en mi caso yo lo que buscaba era morirme, sabía que las drogas me iban a matar en algún momento y por eso fumaba de manera compulsiva”, relata Maca. 

Hasta 300 mil pesos diarios llegó a gastar en sus peores días. “Si estoy viva es de milagro, porque las cantidades que yo consumía eran para matar a cualquiera. Yo trabajaba en una empresa como ejecutiva, pero lo dejé por la droga, después que me quedé sin pega le pedí a mi papá que me sacara una cuenta adicional a su tarjeta, y ahí sacaba avances en efectivo todos los días para reventarme”, cuenta, y en todo momento está al pendiente de los bebés. 

Tiene planes para su salida, que ya se aproxima. Pretende irse a vivir con un amigo al interior de Ovalle, y poco a poco recuperar la confianza de su familia. Por lo pronto, la prioridad, una vez afuera, serán sus dos pequeños. Ellos deben ser la fuerza que la mueva y la motive para no volver a caer. 

La retirada

A las 18 horas comienza a haber mayor movimiento en el hogar. Las encargadas de cocina tienen que empezar sus labores y el “círculo” nocturno donde las usuarias cuentan cómo estuvo su día debe realizarse pronto. En ese espacio, no podemos ingresar, es de ellas, forma parte de su lucha. Nosotros nos retiramos esperando volver a verlas alguna vez, pero lejos de la residencial, lejos de la autodestrucción. Las queremos ver con esa nueva vida que tienen en mente hecha realidad. 

 

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