• Thenola By es una "banda terapéutica", en la cual jóvenes han encontrado una ayuda en su proceso de rehabilitación.
  • “me gustaría decirle a mi papá que me apañe igual, lo echo de menos, si lee el diario le pido que me venga a ver. Estoy cambiando, ya no soy el mismo de antes”, indicó Marco Antonio Pizarro.
  • “Ha sido bueno porque yo quiero, tengo las ganas y me lo estoy tomando como su me estuviera jugando la vida acá”, señaló Héctor Valencia.
  • "quiero dedicarme al teatro, recuperar a mi familia y reinsertarme en la sociedad, en la que en algún momento estuve y me discriminó por ser un adicto”. Pablo Morales.
Crédito fotografía: 
Diego Guerrero
Cuando los tratamientos ambulatorios no pudieron alejarlos del consumo de drogas y alcohol, llegaron al único centro residencial para la rehabilitación en la región. Hoy un grupo de hombres busca una nueva oportunidad y han encontrado en las artes un aliado para lograr el objetivo.

Pablo Morales es actor y músico. A los 24 años decidió seguir su vocación y entró a estudiar teatro en la capital y durante su carrera ha presentado obras en diferentes teatros de Santiago y de regiones. Pero hoy, a los 31 años y luego de años de adicción a las drogas, su vida es distinta.

Tocó fondo, “hay una situación límite que te hace dar cuenta del lugar donde estás, cuando pierdes a tu familia y todo lo que tienes, hasta la confianza a tu alrededor e incluso tus hijos”. En ese límite separó a Pablo de su hija, que ahora tiene dos años de edad, e incluso produjo que tuvieran que sacarlo con Carabineros de su casa.

Tomó una decisión radical luego de que las drogas lo alejaran de todos sus sueños. Con más de 10 años consumiendo pasta base entró a un centro ambulatorio en Coquimbo, “pero después de eso no me pude afirmar contra mi adicción y entré acá”, relata.

Hoy se encuentra con un grupo de hombres en el largo y difícil camino para superar sus adicciones en el único centro de rehabilitación de carácter residencial en la región. A Paulino de Nola llegan decenas con las esperanzas de ganar la batalla luego de haber tocado fondo y cuando las intervenciones ambulatorias no fueron suficientes.

"La cultura está instaurada en la Casa de La Esperanza. Es una de las formas que tienen los chicos de salir de la ciencia, y con eso poder salir adelante". Jaime Pizarro, director ejecutivo de la fundación.

Aquí se encuentran por el período de un año de forma diaria. Además de ser 24/7, este programa recibe a personas de toda la Región de Coquimbo, no solo de la comuna en la que se ubica.

Los primeros meses son difíciles, los síntomas de la abstinencia complican la voluntad y la convivencia es complicada al estar viviendo junto a otro grupo de hombres con los mismos o más problemas que él, muchos de ellos que llegaron hasta la cárcel o a vivir en las calles. “Todos tenemos una historia, pero aquí uno las empieza a conocer, y a tolerar al compañero, así uno crece”, indica.

De hecho, en su reflexión asegura que el consumo de drogas es como estar en una burbuja, “te estancas, avanza tu cuerpo y tú te quedas en otra edad. Acá uno empieza a encontrarse con su edad y eso es parte de la madurez”, sostiene. Para él, ingresar a este centro “es un cambio radical”.

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Pero más que reencontrase con su edad, pudo volver al arte. Con su formación y experiencia se ha convertido en un verdadero líder entre sus compañeros del centro Paulino de Nola. Ha hecho diez talleres, entre expresión corporal, musicalidad vocal, armonías teatrales, autoconocimiento de las emociones, entre varios más.

Está a cargo de la organización artística de la comunidad, una tarea difícil, pero que ya muestra sus frutos. Mientras cuenta su experiencia, la comunidad del centro se prepara para mostrar ante un público compuesto principalmente por sus familiares, una serie de habilidades que han desarrollado y que los han ayudado en su proceso de Rehabilitación.

"Quiero dedicarme al teatro, recuperar a mi familia y reinsertarme en la sociedad, en la que en algún momento estuve y me discriminó por ser un adicto”. Pablo Morales, actor y usuario del centro.

Esa misma tarde muestran todo su talento en una actividad organizada por la fundación a cargo de la ejecución del programa con apoyo de SENDA, donde destacaron muestras artísticas que relatan lo que cada persona detrás de una adicción esconde detrás de su consumo.

Si bien el plato fuerte de la presentación es la reconocida banda local Magnolia Blues Rock, invitados especiales, lo más esperado por todos es Thenola By, una agrupación liderada por Pablo, con canciones escritas por él mismo y que junto a sus compañeros han musicalizado.

También prepararon expresiones corporales, presentaciones de rap y varias muestras que buscan retratar las vivencias que como adictos fueron acumulando, los aprendizajes adquiridos y los desafíos en el nuevo camino que eligieron.

“Es difícil volver a vivir después de toda todo esto, pero quiero seguir haciendo lo que estudié, dedicarme a eso, recuperar a mi familia y reinsertarme en la sociedad, en la que en algún momento estuve y me discriminó por ser un adicto”, finalizó.

LA CASA DE LA ESPERANZA

Como Pablo son más de 130 las personas que se atienden en los distintos proyectos que ejecuta “Casa de La Esperanza”, fundación sin fines de lucro que nació al alero del Arzobispado de La Serena y que en 2011 tuvo un cambio rotundo, cuando de la mano de una nueva directiva pasó a ser laico.

Han ejecutado varios programas, atendiendo a más de 130 personas diarias en la región, y esta vez quisieron hacer algo distinto, “algo inclusivo y que les entregara herramientas a los usuario, que les permitieran sustentarse en el tiempo ellos mismos”, indicó Jaime Pizarro, director ejecutivo de Casa de La Esperanza.

20 hombres se tratan en el centro San Paulino de Nola, único con modalidad residencial en la región.

¿Cuál es el sello de Casa de La Esperanza? Pizarro destacó el rol fundamental de los profesionales que día a día trabajan con los usuarios es fundamental. La fundación cuenta con 52 especialistas en diversas áreas, a quienes se les ha garantizado la estabilidad laboral como motivación para generar un compromiso.

“Hay un montón de regalías para que ellos quieran quedarse con nosotros, queremos tener trabajadores con varios años, que tengan arraigo a la fundación, que estén contentos con su trabajo y de esa forma puedan atender de mejor manera a los usuarios”, indicó Pizarro.

Los talleres son una gran ayuda, además de ocupar el tiempo libre en actividades de calidad, el objetivo es que aprendan un oficio para generar algún emprendimiento una vez fuera. Este año postularon a dos proyectos, uno enfocado en el oficio de estructuras metálicas y otro de jardinería.

MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA

No solo la ayuda profesional es vital. Jaime Pizarro indica que “en la ciencia tenemos un techo al que llegará el psicólogo o el trabajador social”, por lo que también se han enfocado en una terapia alternativa, “con la cual pasamos esa ciencia”.

En sus programas esta fundación ha implementado, por ejemplo, talleres de yoga bastante efectivos, “como muchos de los chicos vienen de la calle, con otra actitud, es extraño para ellos hacer yoga, y para los hombres en general, pero con esto se relajan y después ellos mismos lo piden”, explicó.

"Hay consumos abusivos. Cuando las drogas afectan la calidad de vida personal, familiar y laboral, ya estamos hablando de un consumo problemático". Fernanda Alvarado, directora de Senda.

La música y el arte en general es otra de las terapias que han ejecutado. Sumado a la banda de rock, jóvenes han trasformado sus experiencias a temas de rap, postularon a un proyecto para adquirir instrumentos e incluso grabaron un videoclip. “La cultura está instaurada en la casa de la esperanza. Es una de las formas que tienen los chicos de salir de la ciencia, y poder salir adelante”.

Para la directora de Senda, Fernanda Alvarado, esto es fundamental, “Acceder a eventos culturales y hacer ejecución de algún arte es manejar bien los tiempos de ocio. Hemos comprobado que es muy eficaz para la prevención y el tratamiento de consumo de drogas”.

De esta forma, enfatiza Alvarado, se puede hacer frente a consumos problemáticos. Hay distintos tipos de consumo y de formas de rehabilitarse, cuando las drogas afectan la calidad de vida personal, familiar y laboral, estamos hablando de un consumo problemático, porque existe un abuso”, indica, por lo que “hoy buscamos incentivar con estas actividades a los jóvenes para que puedan divertirse sin el consumo de sustancias”, agregó.

POR LA FAMILIA

Para Marco Antonio Pizarro está iniciando el proceso. Para él el apoyo de su familia ha sido fundamental. Hoy lo acompaña su madre, su hermano y su cuñada. Está recién comenzado el camino más importante de su vida: superar más de nueve años de consumo de pasta base.

Es uno de los más nuevos, cumplió un mes hace unos días, pero en este poco tiempo ha logrado ganarse el cariño de muchos, “me siento querido y valorado”, indica.

Pero no todo fue fácil. También estuvo en un tratamiento ambulatorio durante dos meses, pero no funcionó y lo derivaron a la residencial. “Cuando llegué acá quería irme, desde el primer día. Tenía miedo de entrar en problemas con alguna persona acá o algo así”, declaró.

Pero con ayuda de sus más cercanos y de sus nuevos compañeros pudo superar los días más difíciles. Ahora él quiere hacer algo por ellos, luego de todo lo que hizo. “Toqué fondo cuando se enfermó mi mamá, le dio depresión. La vi débil, no podía andar sola”, indicó.

"Me gustaría decirle a mi papá que me apañe igual, lo echo de menos, si lee el diario le pido que me venga a ver. Estoy cambiando, ya no soy el mismo de antes". Marco Antonio Pizarro, usuario del centro.

Sin embargo espera tener el mismo apoyo de su padre, una de las personas más importantes en su vida y a quién también perdió por las drogas, “antes éramos amigos y hoy no hay mucho contacto. Me mentí, cuando trabajábamos juntos le pedí plata y le quedé debiendo, siempre andaba con el cuento”.

Ahora que inicia su proceso de cambio espera solucionarlo, “me gustaría decirle a mi papá que me apañe igual, lo echo de menos, si lee el diario le pido que me venga a ver. Estoy cambiando, ya no soy el mismo de antes”, agregó.

Marco Antonio nunca había participado en algo así, pero “saca el yo bueno que tengo dentro”. Hoy espera aprovechar los diez meses de tratamiento, recuperar su trabajo “también mi autoestima y mi dignidad. Quiero salir de aquí con la frente en alto, con mi mamá, mi hermano y mi papá”, sostuvo.

AHORA O NUNCA

Héctor Valencia es un optimista. “Es ahora o nunca” dice el hombre de 40 años, que luego de pasar por un tratamiento ambulatorio que no dio los resultados que esperaba, por iniciativa propia decidió entrar al centro residencial, donde pasará por cerca de 10 meses las 24 horas del día combatiendo sus adicciones.

No fue fácil tomar la decisión y lo enfrentó lleno de temores, pero cuando llegó se encontró con una batería y le cambió la vida. Empezó a recordar todo lo que había dejado atrás, todo sería distinto si hubiese elegido seguir el camino de la música. Cuando niño tuvo una banda de metal, una de las tantas cosas que perdió por culpa de las drogas, pero que hoy puede recuperar.

La música no es lo único que recuerda de su niñez. Una serie de problemas que no supo enfrentar y que arrastró hasta su adolescencia lo llevaron a entrar a las drogas, “eso me hacía olvidar todo, pero se empezó a convertir en una necesidad. El cuerpo me lo pedía y no lo pasaba bien”, relató.

Nació en Antofagasta, luego se fue a Tal Tal, consumía marihuana, pero cuando estaba en San Pedro de Atacama por temas de trabajo comenzó a consumir crack, momento en que comenzó la adicción.

“Ha sido bueno porque yo quiero, tengo las ganas y me lo estoy tomando como su me estuviera jugando la vida acá”. Hector Valencia, usuario del centro.

Hace 15 años llegó a La Serena y reemplazó el crack por la pasta base. “Ahí perdí todo lo que tenía, estuve dos años en la calle, no me di ni cuenta cuando estaba hundido y decidí pedir ayuda, porque solo no puedo. Lo intenté y no pude, necesito ayuda y aquí me la están dando”, comenta.

Ya han pasado tres meses desde que entró y hace una buena evaluación de su proceso. “Ha sido bueno porque yo quiero, tengo las ganas y me lo estoy tomando como su me estuviera jugando la vida acá”, dice Héctor.

En estos tres meses ha redescubierto sus talentos. Hoy es baterista de la “banda terapéutica” Thenola Boy, busca rehabilitarse y poder un día volver a trabajar como soldador en máquinas de sondaje, además de tratarse la cadera, tiene una prótesis que se debe cambiar. “Es ahora o nunca”, repite una vez más, optimista 

Otra arista: programas enfocados en la mujer

En otro extremo de la comuna está en Centro Regional Madre Paulina, que en el sector de Las Compañías trabaja para mujeres con un enfoque de género. Jaime Pizarro, director ejecutivo de la fundación Casa de La Esperanza, a cargo de estos proyectos, explicó que “no hay otro que trabaje con las patologías propias de la mujer, desde su composición biológica, distinta a la de los hombres”.

Madre Paulina cuenta además con una educadora de párvulos, que no trabaja con temas de salud mental, sino que se enfoca en los hijos de las usuarias, para que ellas puedan ser atendidas sin separarse de ellos.

Entre los 29 programas ejecutados por Senda en conjunto con públicos y privados, como en este caso, se encuentran distintos tipos de tratamientos, especializados no solo en género, existen además en otras comunas de la región centros enfocados por ejemplo, en la rehabilitación de menores de edad.

 

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