Crédito fotografía: 
Juan Carlos Pizarro
Muchos extranjeros que llegaron a cumplir un sueño a la zona, hoy viven una pesadilla. Pensaron que nada los podía desestabilizar más que el estallido social, pero fue el caos que ha generado el Covid-19, el que les hizo perder el trabajo, y a los independientes, simplemente no tener clientes en los diferentes rubros. ¿Comer tres veces al día? Un lujo que está lejos de su alcance. El hambre acecha y la incertidumbre se propaga sin tregua.

Hace algunos días realizamos una nota sobre el temor que sentían los propios extranjeros residentes, respecto de grupos que llegaron a zona en los últimos meses, cuyo principal motivo era, según decían las comunidades, “delinquir”.

Aquello era un problema para quienes están en Chile desde hace años, han tenido que luchar contra la discriminación y de a poco se han ganado el respeto demostrando que lo único que quieren es trabajar, y que vinieron al país, precisamente a eso, en busca de nuevas oportunidades. 

Estallido y pandemia

No ha sido fácil para nadie. En términos económicos, desde octubre del año pasado debido a la crisis social, muchos ciudadanos que arribaron a Chile por su estabilidad, vieron cómo de pronto comenzaban a visibilizarse problemas que por mucho tiempo no tuvieron solución. El “oasis” de Latinoamérica no era tal, desapareció y se instaló la realidad, de golpe. 

Hubo muchos que pensaron en dejar el país, y retornar al de origen. De hecho, algunos lo hicieron. Los que se quedaron tenían la esperanza que la calma retornaría, sin embargo, vino lo inesperado, lo que nadie en el mundo se imaginaba: una pandemia global que está cobrando miles de muertos, y junto con ello ha paralizado prácticamente todos los sectores productivos. Como resultado de aquello, la falta de trabajo, vivienda y todo lo que conlleva el no poder generar recursos está azotando con fuerza tanto a chilenos como a migrantes, el Covid-19 no distingue raza, origen ni nacionalidad. 

Para los chilenos hay beneficios estatales, o para algún sector al menos, sin embargo, para los extranjeros, sobre todo para los que no han podido regularizar sus papeles, ni actualizar sus fichas sociales, no hay nada. 

Si perdieron el empleo, nadie los protege, y existen casos en los que el hambre está acechando como nunca antes. ¿Cuarentena? Imposible para ellos, que tienen que salir a la calle necesariamente a ganarse el pan para poder comer aunque sea una vez al día. Hoy por hoy, hacerlo tres veces resulta francamente un lujo. 

Pan de cada día 

Hace poco más de tres meses Laura Guedez tenía un trabajo formal. Estable, e incluso podía “darse sus gustos”. Llegó desde Venezuela a Chile hace 4 años sola, pero rápidamente pudo traer a sus hijas y a su madre gracias el dinero que fue ahorrando. 

Todo iba bien. El estallido social le hizo replantearse algunas cosas, pero a diferencia de otros de sus compatriotas decidió quedarse ya que insiste, “la realidad chilena todavía es mejor de lo que se vive en Venezuela”. 

Pero llegó el coronavirus. Antes había tenido problemas con la casa que arrendaba, pero logró encontrar otro lugar. Aún tenía un empleo al que aferrarse, un soporte que le daba seguridad, aunque aquello no duraría demasiado tiempo más. Por normativa sanitaria, el lugar donde trabajaba cerró y ella fue una de las damnificadas.

Hoy vive en las dependencias de un colegio que se encuentra arrendando habitaciones y sobrevive vendiendo pan amasado en la calle, trabajando 15 horas al día para ganar menos de un tercio de lo que ganaba en su antigua labor. Además, aquel pan no es sólo el sustento para ella y sus hijas, también lo es el de su madre, su hermana mayor y el hijo de ésta que igualmente perdió su trabajo y, aunque sale todos los días a intentar encontrar algo, no ha tenido suerte.

“Ha sido muy difícil. No es la idea dar pena ni mucho menos, pero la vida nos cambió radicalmente. De verdad nunca pensamos vernos en una situación así, es fuerte que muchas veces que no te alcance para comer, sobre todo por mis niñas”, relata Laura, angustiada, pero con esperanza. Y es que, pese a todo, cuando habla de sus hijas, de 11 y 17 años afloran sentimientos positivos. “Son la fuerza que tengo para salir. Ellas, no sólo me ayudan a sentir que no estoy sola, sino que todos los días van a vender el pan. El sacrificio, también es inmenso”, afirma. 

Resistir

Belkis Guedez, la hermana mayor de Laura, llegó a Chile un poco después, que el resto de su familia, convencida de que este país les daría lo que otros no, y así fue durante mucho tiempo. En el caso de ella, se desempeñó como asesora del hogar hasta el mes de marzo, hasta que sus jefes le dijeron que debido al avance del Covid-19 “era un peligro” que ella continuara “yendo y viniendo”, por lo que ahora depende económicamente de su hermana, y de los panes amasados.

“En total somos seis los que estamos dependiendo 100% de esto, por eso estamos colaborando, pero a veces simplemente no da. Al principio sacamos la cena, sólo tomábamos desayuno y almorzábamos. Pero ahora sólo almorzamos, tenemos una comida diaria, y si queda bueno, es para la más chiquita o para mi madre”, dice Belkis. 

La madre de las hermanas tiene 80 años y algunas enfermedades a cuestas. No sale a la calle desde que comenzó la pandemia. “Si este virus me pesca a mí me mata”, dice la señora Eve Issa Macareño, quien lo único que quiere es que esto pase. “En circunstancias normales, se puede luchar más, mucho mejor. Pero así, con este miedo es imposible volver a pararse después del golpe”, indica la adulta mayor, mientras amasa junto a sus dos hijas. 

“Sin nada"

Otro venezolano que lo está pasando mal es Carlos Matos, de 52 años. Llegó a comienzos del 2019 a Chile y rápidamente encontró trabajo como electricista. Se mantuvo bien, pero la obra en la que estaba laborando cesó funciones producto del coronavirus. Desde ese momento que sus recursos comenzaron a limitarse fuertemente, y en la actualidad ni siquiera tiene para pagar un arriendo y debe vivir en la calle.

“Imagínate todo lo que he pasado. En Venezuela yo tenía una carrera, ganaba buen dinero, pero fui perseguido políticamente. Me tuve que venir, y no me fue mal al comienzo, pero ahora la situación es extrema. Me las tengo que arreglar en los semáforos, vendiendo chocolates, guapear como sea”, cuenta Carlos.

Haitianos: "Mucho peor que antes" 

“Nosotros siempre hemos estado en una situación desmejorada con respecto a los demás extranjeros, y ahora eso parece exacerbarse”, con estas palabras, Romeo Gabaud, representante de la comunidad haitiana residente expresa su tristeza por lo que está pasando su pueblo asentado en Chile y particularmente en la región.

“Nunca ha sido fácil para nosotros, por el idioma, la discriminación, y el aprovechamiento. Pero aun así, somos fuertes y los haitianos trabajaban en lo que fuera para subsistir. El problema es que ya no hay producción de nada, y la situación es de extrema supervivencia. No tienen para pagar arriendos, se están yendo a las tomas, y lo único que está quedando es la venta de súper 8. Y nadie ayuda a nuestra comunidad, nadie”, cuenta el representante. 

Y un ejemplo que lo que expresa Romeo, es lo que está viviendo David, un haitiano de 37 años, a quien encontramos vendiendo chocolates y turrones en una esquina de La Serena. Se encontraba junto a su pareja, y habían llegado temprano desde Las Compañías, a tratar de hacer algo de dinero. Ellos siempre han vivido de esto, al menos desde que están en Chile, pero ahora las ventas han bajado considerablemente. “A veces vendo cuatro súper 8 al día. Los peores días, como el sábado o el domingo no ganamos más de 2 mil pesos”, cuenta el migrante. 

Esto tiene directa relación con la pandemia, ya que, habría menos gente, pero sobre todo, siente que existe una desconfianza hacia ellos. “Está pasando eso, que está más fuerte la discriminación. A veces hasta nos cierran la ventana, y tal vez piensan que nosotros tenemos el coronavirus, o algo así”, indica el hombre de 37 años, tocado por el destino que hoy se torna más cuesta arriba que nunca, tanto para él como para los demás inmigrantes frente a una pandemia que no da tregua. 

Una ayuda que no llega

Desde el Gobierno no dejan afuera de la ayuda a quienes vienen desde otros países.  Sin embargo, toda colaboración debe ser ajustada al marco legal, y muchos de los extranjeros que hoy claman por ayuda, por diversos motivos no han podido regularizar su situación, y en estas circunstancias se les hace imposible. 

Consultado por la realidad de los migrantes y la pandemia, el gobernador de la Provincia de Elqui, Gonzalo Chacón, expresó precisamente que la colaboración va en esa línea. “Todo extranjero que tenga residencia en el país puede postular a los beneficios que ofrece el gobierno de Sebastián Piñera, como por ejemplo el ingreso familiar de emergencia, para eso es importante actualizar el Registro Social de Hogares, para postular a este, y a futuros beneficios de este gobierno”, finalizó Chacón. 

 

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