• Población Minas: Lo que el Plan Serena no pudo terminar
    Población Minas: Lo que el Plan Serena no pudo terminar
Sus casas fueron concebidas como viviendas de emergencia. Sin embargo, se quedaron para siempre. Sus pasajes están llenos de misterios y sus habitantes, colmados de historias.

Allí está. En el confuso límite entre el centro y la periferia de la ciudad. Como oculta, y quienes no viven en el lugar pareciera que sólo la ven de paso. Poca gente sabe cómo se llama y mucho menos que es una de las más antiguas de La Serena. Se trata de la Población Minas, un sector histórico que hoy pasa por un complicado momento, ya que se encontraría inmerso en el olvido por parte de las autoridades, que no dimensionan su valor, viendo cómo frente a sus narices una feria crece, ocupando un lugar que alguna vez fue parte de ellos.

HISTORIA PURA

El surgimiento de la Población Minas se remonta al periodo más próspero de la ciudad, entre 1946 y 1952, cuando un serenense llegó a la Presidencia de la República y quiso implementar aquí una política de mejoramiento infraestructural nunca antes vista. Era Gabriel González Videla y su Plan Serena.

Poco se ha escrito de este sitio. Así lo reconoce el propio antropólogo de la Universidad de La Serena Gonzalo Ampuero, quien igualmente da luces de su génesis. Aclara que las casas que allí se encuentran fueron viviendas de emergencia que González Videla mandó a construir para dar una solución habitacional a gente que no tenía dónde vivir o que residía en lugares muy desmejorados. “Las construcciones de esta naturaleza datan de finales de los ’40 o principios de los ’50, en general se alzaron en sectores periféricos, alejadas del centro urbano porque eran viviendas provisorias y no tenían las características concordantes con lo que era el desarrollo de la ciudad durante esa etapa de la historia”, asevera el profesional. 

Y claro, poblaciones como Minas u otras, como Mercedes Marín del Solar (Mermasol), fueron concebidas como asentamientos populares provisorios para evitar la proliferación de “poblaciones callampa” o campamentos que por esos años eran comunes en Chile y también en esta ciudad. “En definitiva, González Videla quería evitar los rancheríos”, acota Ampuero.

Y es que estos “rancheríos” simplemente no calzaban con el sueño del “Pequeño París” que tenía el mandatario radical. “Para Videla la solución no era arreglarlos ni otra cosa. Había que echarlos abajo y levantar poblaciones como Minas, que eran casitas de fácil construcción y también sería fácil después retirarlas”, sostiene el historiador Sergio Paolini. 

Pero lo que iba a ser provisorio se convirtió en permanente. Resulta que todo tiene su final y el periodo de González Videla también lo tuvo. Si bien el Plan Serena logró cambiar el rostro a la ciudad, dejó cosas inconclusas y nunca logró que estas viviendas de emergencia dejaran de serlo. “El gobierno de Ibáñez se olvidó de que había esta situación y la gente que tenía que salir en algún minuto de las casas de emergencia, se quedó allí, hasta el día de hoy”, consigna el profesor. 


¿POR QUÉ “POBLACIÓN MINAS”?

“¿Dónde hay una mina cerca?”, “¿Vivían mineros aquí en un primer momento?”, son preguntas que surgen tratando de buscar respuesta al porqué de la denominación del lugar. “Hay poca literatura al respecto, así que sólo en la población van a poder reconstruir la verdadera historia”, nos había dicho en un principio el profesor Paolini. Le hicimos caso.

Allí es el propio presidente actual de la junta de vecinos, Ricardo Castro, quien explica cómo surgió el nombre. “La verdad es que la historia es bastante anecdótica”, dice Castro, de entrada. Resulta que, como siempre, el uso venció a todas las formas. Y es que en un principio, el lugar fue denominado oficialmente como Población de Emergencia Número 2 de La Serena. Sin embargo, los terrenos donde se emplazó eran demasiado significativos desde mucho antes. “Antes de que construyeran las casas estaban las canchas de futbol de la Escuela de Minas, y la gente ubicaba el sector por eso. Cuando a los más viejos les preguntaban de dónde eran, ellos decían ‘soy de la Población de Emergencia Número 2’, pero nadie se ubicaba, por eso empezaron a decir, ‘soy de la población Escuela de Minas’, y ahí todos sabían de qué sector estaban hablando”, cuenta Castro, uno de los más antiguos habitantes del lugar. 

UN DESCONTENTO QUE SE PROLONGA

Pero quisimos conocer el presente de la Población Minas más allá de su historia. Por ellos, estuvimos recorriendo el lugar durante días.
Lunes por la mañana y no hay atisbo de vida. El ruido de los automóviles que pasan por la pista que sube hacia la parte alta es lo único que rompe el silencio. El compás de nuestros pasos contra el asfalto se hace cada vez más agobiante y marca el pulso del tiempo que llevamos caminando sin ver a nadie. 

Un perro que ladra al final del pasaje Thompson es nuestra salvación. “Bicho, cállate, bicho”, grita a medias una señora de avanzada edad desde una ventana. Ella mira y pregunta. “¿A quién busca, caballero?”. Le explicamos que queremos conocer la realidad del emblemático sector y antes de que terminemos comienza a desahogarse. “Mal, pues, si de esta parte nadie se preocupa, mire, mire”, dice, sin señalar nada. “Si no tenemos ni una placita. Yo igual estoy acostumbrada, pero de repente viene mi hija con mi nieta y tiene que jugar en el pasaje, que es tan re estrecho”, dice quien asegura llamarse Marcela. “Pero si anda buscando gente es más fácil allí, al frente de la feria”, agrega Marcela, quien tenía razón.

Cruzamos calle Pení y justo en el límite de la Plaza de Abastos con las primeras viviendas encontramos a Ramón Galleguillos, de 72 años, uno de los que está en la población desde sus inicios. Él también se muestra crítico de la situación que hoy viven y pone el acento en la seguridad. “Aquí es tranquilo, la mayoría de la gente es gente mayor, pero vienen de afuera y usan este lugar para ponerse a tomar. No ve que es oscuro y tienen la botillería ahí mismo”, dice el lugareño. “Mire como están esos”, dice, señalando a un grupo de hombres que bebe en la Plaza de Abastos, a plena luz del día. Ramón se retira y nosotros continuamos nuestro camino. 

En ese momento sólo buscábamos historias. Sin embargo, los próximos testimonios serían decidores y confirmarían lo ya había deslizado tanto por Marcela como por Ramón: Efectivamente, en la Población Minas se sienten abandonados.

Avanzamos hasta el canal a un costado de la población y la cantidad de basura impresiona. Y lo preocupante es que se halla peligrosamente cerca de la feria y de un lugar habitado.

De vuelta, entre pasaje y pasaje, encontramos a uno de los directores de la junta de vecinos, Jaime Rojas, quien habla con franqueza. “Sí, somos un sector abandonado”, indica, categórico. “Nunca hemos sido escuchados por la autoridad, me acuerdo que la última vez que aquí se hizo algo fue cuando pusieron el alcantarillado, pero eso fue hace como 15 años. No es que uno ande pidiendo, pero se ve cómo la ciudad se desarrolla y este sector no, se construyen plazas, con juegos, con pasto y aquí, habiendo sitios para hacerlo, no se hace. Eso a uno lo desanima”, señala el vecino.

A Rojas también le preocupa el asunto de la basura en el canal. “Es inconcebible, se genera contaminación, respiramos todo eso, cómo no va a haber nadie que se haga cargo”, critica. “¿Pero por qué no reclaman a las autoridades?”, le consultamos y su respuesta es inmediata. “Es el desgano. Lo que pasa es que aquí la mayoría es gente de edad. Yo soy director de la junta de vecinos y la gente me dice, ‘nos hace falta esto, nos hace falta esto otro’, pero a la hora de organizarse nadie te coopera”, dice Rojas, quien mira su reloj, se excusa por no poder seguir conversando y vuelve a entrar a su casa. “Vaya a hablar con don Ricardo, él es el presidente”, dice antes de que irrumpa el sonido brusco de su puerta de madera cuando se cierra.

Volvemos a cruzar Pení. A lo lejos, el grupo de hombres sigue bebiendo mientras bromean a grito limpio con quienes realizan los trabajos de remodelación de la Feria.

Teníamos la dirección de Castro, pero antes de golpear su puerta, otro vecino vestido entero de rojo, incluyendo su gorro, nos hace una seña y acudimos a su llamado. “¿Usted es el periodista?”, pregunta, sabiendo la respuesta. “Sí”, le respondemos y se desahoga. Su nombre es Carlos Aragonese y protesta, enérgico. “Esto es una mierda”, dice, acelerado. “Mire cómo está acá la basura, yo mismo he ido tantas veces a la municipalidad a hablar para que hagan algo, pero no pescan”, reclama.

Además, critica a los actuales dirigentes de la junta vecinal ya que, según asegura, “no sirven para nada”, indica, molesto.

¿Será verdad aquello? Se lo preguntamos al mismo presidente, Ricardo Castro, quien nos recibe en su casa para contarnos acerca de las demandas de la gente. “Sí trabajamos. Lo que pasa es que la gente no se da cuenta. No saben cuántas audiencias he solicitado yo con las autoridades. Pero ese no es el punto, porque yo también coincido en que aquí hay muchas cosas por hacer y pareciera que en el municipio no se acuerdan de lo que significa para La Serena este lugar que está dentro de la Zona Típica, o sea, ¿tenemos que ir a quemar neumáticos, tirar huevos para que nos escuchen?”, cuestiona Castro. 

El dirigente plantea -en el fondo- lo mismo que los demás vecinos y señala que sus principales necesidades pasarían por la falta de espacios para la recreación, cosa que estaría estrechamente ligada a la existencia de la Feria de Abastos, la que, desde su emplazamiento en el lugar en la década de los 80, se habría apropiado del lugar. “Mire, nadie está en contra de la feria, pero nos ha perjudicado. Los feriantes se creen dueños del terreno todos los días y no lo son. Ellos tienen el comodato sólo tres veces a la semana. Eso he tratado de hacerles entender”.

Y también repara en el canal. Asegura que deberían hacerse los esfuerzos necesarios para su abovedado, para evitar los focos infecciosos provocados por la basura. “Eso se lo hemos planteado al municipio, pero en su oportunidad, el exalcalde Saldívar nos cerró la puerta en la cara”, indica.

AUTORIDADES SE COMPROMETEN

La preocupación por la Población Minas existe. Así al menos lo afirman las autoridades consultadas. 

La exalcaldesa Adriana Peñafiel recuerda que trató de mejorar la calidad de vida de los habitantes. “En mi periodo hicimos las matrices de alcantarillado, que me acuerdo pasaban por el interior de las viviendas y cuando se producían problemas de saturación salían aguas servidas, provocando problemas higiénicos bastante grandes (…). Además, les renovamos todos los artefactos de baño”, asevera Peñafiel.
Ella también cree que en la actualidad hace falta un mejoramiento. “Hay que hermosear ese lugar, sobre todo porque está en un punto importante y colindan con la ruta por donde valle, es urgente”, agrega. 

El actual diputado por el Séptimo Distrito y exalcalde de La Serena Raúl Saldívar fue mencionado por los vecinos como uno de los que se opuso al abovedado del canal, pero asegura que no fue así. “Trabajamos en hacerlo, fue algo que se estudió, pero no era un tema menor, estuvimos viendo alternativas, pero fue imposible, se necesitaban muchos recursos. Sin embargo, yo sostengo que en algún minuto ese canal tiene efectivamente que ser abovedado”, enfatiza. 

Saldívar también está preocupado por la Población Minas ya que, asegura, desde su mismo origen ha tenido problemas. “Son viviendas que fueron concebidas como casas de emergencia. Por tanto, siempre han tenido condiciones adversas. Hay pocas áreas verdes, no hay espacios para construir lugares de recreación y esta es una circunstancia que le toca vivir a muchas poblaciones en Chile, que no fueron concebidas para mantenerse en el tiempo”, explica el exedil. 

Roberto Jacob también reconoce que hay problemas, pero que más que nada se deben a la antigüedad del barrio. “Entendemos las demandas que ellos puedan tener, pero lo cierto es que el espacio que tienen para poner plazas, máquinas de ejercicio o cosas por el estilo es muy poco”, indica Jacob.

En relación al abovedado del canal es algo que el edil sí tiene contemplado, pero no sería tarea fácil. “Igualmente nosotros lo vamos a estudiar, de eso que no te quepa duda”, manifiesta. Eso sí, señala que si existe algún problema con la feria él no podría hacer nada, ya que el comodato les fue entregado hace años y en ese momento la Población Minas debió haber manifestado sus reparos. “Ahora a la feria se le están haciendo varios arreglos y nosotros no podemos sacarlos (…) Pero, insisto, entendemos los problemas y es obvio que estas poblaciones más antiguas necesitan más atención y yo me comprometo a dársela”, señala Roberto Jacob. 

MÍSTICA QUE QUIEBRA EL TIEMPO Y QUE SE NIEGA A MORIR

Un recorrido, un par de conversaciones y la conclusión es que la Población Minas tiene necesidades que no están resueltas y que hoy por hoy, existe una división evidente entre los vecinos, quienes, pese a que quieren lo mismo, no logran ponerse de acuerdo para encauzar sus demandas. Aquello muy probablemente sea una de las causas por las que no se logran avances en una población estancada en el tiempo.
“Cuando citamos a reunión, la gente no asiste”, consigna con amargura Ricardo Castro, el presidente de la junta de vecinos. Y es que él, uno de los habitantes más antiguos, ha visto cómo, con los años, en lugar de unirse más, la gente se ha ido desuniendo. “Esto tiene que ver con que ya no somos los mismos. Muchos se han ido y el tiempo pasa la cuenta también, los primeros niños que llegamos aquí ahora tenemos casi 60 años”, grafica el dirigente. 

Carmen Izquierdo es otra de las nostálgicas. Ella no es oriunda de la Población Minas, pero llegó el año 1981 cuando todavía en los pequeños pasajes reinaba el ambiente festivo. “Ya se ven tan pocos niños”, dice, con una voz llena de melancolía. “Todos crecieron y han llegado pocos, a mí me da alegría cuando veo a los que hay, jugar o andar en sus bicicletas, porque, en general, acá, de las 180 familias originales que llegaron, vamos quedando puros viejos y viejas”, agrega.
Izquierdo recuerda las navidades de antaño en la población y se emociona. “Se abrían los regalos, salían a la calle todos a jugar, pero ahora, en las fechas especiales no anda nadie… la verdad es que acá se torna un poco triste”, dice la mujer, parada sobre el viejo y resquebrajado asfalto del pasaje Simpson. 

TRES MUJERES, TRES HISTORIAS. 

Pero la historia más valiosa no la guarda ni elañoso pavimento. La principal la conservan personas como Olga Rivera, la habitante más longeva de la población, con 98 años. 

Cuando llegamos a su casa estaba en su cama, descansando. Ella, a estas alturas, poco entiende de la problemática que vive su sector y se quedó con los recuerdos. 

Le preguntamos su nombre y nos responde con la historia del sector que, aunque ya la conocemos, parece distinta en el sonido de su voz raspada y tierna. 

Llegó ahí junto a los primeros habitantes con su esposo y sus siete hijos. Tuvo suerte, ya que en aquel momento había que inscribirse en la municipalidad de La Serena para poder acceder a estas viviendas de emergencia y cuando ella concurrió quedaba la última casa. “Un día bajé del mineral porque necesitábamos vivir aquí y cuando pregunté si quedaban casas me dijeron que había una acá, en el Pabellón E”, como lo recuerda ella todavía. 

Su hija, Lucy Rojo, la mira con emoción. Resulta que para ella los recuerdos de su infancia en la Población son imborrables. “Éramos tantos niños y en frente, ahí por donde pasa la carretera, teníamos un bosque de gomeros. Era chistoso cuando se caía uno, íbamos todos a guardar un pedacito para que después nuestros padres lo cortaran. Lo que pasa es que teníamos cocinas a leña”, afirma. 

Un pasaje más abajo que la señora Olga está Ángela del Carmen Rojas Ramírez. Su hija nos dice que fue una de las primeras en habitar la Población Minas. Sin embargo, ella, a sus 91 años, no lo recuerda bien. “Esta casa está pagada, ya”, acota Ángela, de improviso, sin que se lo preguntemos y aquella frase genera algo de gracia. “Esta vivienda era de una familiar de mi marido, pero se la pasó a él, porque no teníamos un lugar donde vivir”, recuerda, con algo de dificultad. Sin embargo, de un momento a otro se explaya y se le vienen a la memoria momentos que ni las nueve décadas que lleva a cuestas han podido borrar. “Aquí eran muy re revoltosos, eran locos los chiquillos, andaban todos con todas”, dice, pícara. “Aunque, bueno, yo no me metía con nadie, pero como una vivía acá lo sabía todo. Era más alegre antes, obviamente, porque ahora yo no lo paso bien, soy de las más viejas”, concluye esta madre de 7 hijos, con una ternura que emociona. 

EL REINADO DE FRESIA 

Antes de que Ricardo Castro asumiera como presidente de la Junta de Vecinos estuvo ella, Fresia Cortés, quien durante casi una década intentó sacar adelante a la Población Minas, “sacarla del olvido”, según ella misma señala. Cuando la abordamos en su pequeño negocio era como si nos hubiese estado esperando. La mujer tenía tanto que decir, en esencia lo mismo que sus vecinos. 

Caminamos entre los pasajes y su carisma asombra. Todos la reconocen y la saludan en forma afectuosa. Le cuentan sus problemas. “No ve, si aquí hay mucho por hacer”, señala Fresia, quien pretende volver a ser parte de la directiva de la Junta de Vecinos “en cuanto pueda”. 

Siente pena por el deterioro de la Población Minas. Con tristeza nos lleva a la antigua sede del centro de madres que funcionó alguna vez en la población y que ella sueña vuelva a ser utilizado. “Hubo momentos en que éramos muchas las que veníamos para acá, pero las señoras dejaron de venir. Yo creo que el paso natural es que ahora nos convirtamos en un club del adulto mayor o algo así”, cuenta Fresia, mientras trata de abrir el candado de aquel cuarto de madera donde hay una mesa larga con sillas polvorientas. 

La señora Fresia se sienta en una de ellas, mira a las otras. 

Nosotros también las miramos y se hace imposible no imaginar allí a todos los vecinos que encontramos durante estos dos días recorriendo la Población Minas, sentados allí, a las autoridades que plantearon soluciones, formulándolas allí. 

Con la señora Fresia a la cabeza, con don Ricardo a la cabeza, con los feriantes. 

Todos allí, sacudiendo los fantasmas que hoy los atenazan, buscando el bien de una de las comunidades más antiguas de La Serena, la Población Minas. 

LOS FERIANTES

La presidenta del Sindicato de Feriantes número 1, Isabel González, asegura que ella tiene muy buena relación con la gente de la población. Es más. “Nosotros les traemos beneficios, porque hay señoras que venden almuerzos, desayunos a los feriantes y así como la feria les provoca daños también les favorece”, indica. 

Asegura que la basura que existe en el canal en ningún caso sería proveniente de la feria. “Es la que botan de todos lados. Además el municipio se ha encargado de limpiar el canal, al menos la parte que está cerca de la feria”, precisa. 

En relación a si ellos estarían dispuestos a trabajar en conjunto con los pobladores para que se realice alguna otra actividad en los días en que no hay feria, la dirigente es categórica: No estaría de acuerdo. “Nosotros hemos trabajado mucho aquí, hemos invertido, es algo que nos ha costado. Somos los feriantes los que hemos reparado (…). Incluso el municipio acá nos viene preguntar cuando van a hacer algo, porque nosotros somos casi dueños del terreno”, asevera Isabel González. 

EL SUEÑO FUTBOLERO DE LA POBLACIÓN

 Es uno de los clubes deportivos más importantes de la historia de La Serena. Ha sido campeón de la liga amateur en múltiples oportunidades en todas las categorías. Se trata del emblemático Unión Minas.

Su actual presidente, Ramón Escobar, nacido y criado en el sector, también cree que es necesario que las autoridades realicen algún plan de mejoramiento, “sobre todo por los niños”, dice este entrenador de futbol.

Escobar sí considera que el haber cedido todo el sector de la Plaza de Abastos a la feria, a la larga los ha perjudicado como población. “Yo no tengo nada en contra de los feriantes, soy amigo de la mayoría y sé que están trabajando, pero tal vez se podría compartir más ese espacio”, indica.

Pero el club deportivo va más allá de la población. Y es que con 50 años de historia, en sus filas han militado serenenses de todas partes. “Lo que pasa es que por muchos años hemos sido los rivales a vencer acá en la zona. Nuestra reputación deportiva ha trascendido más allá del sector que nos da el nombre y es un orgullo”, comenta Ramón Escobar, quien como entrenador, ha formado a varios futbolistas que han llegado al profesionalismo.

 

 

Contenido relacionado

- {{similar.created}}

No hay contenido relacionado

Cargando ...

 

 

 

 

 

 

Diario El Día

 

 

 

X