• Dos seminaristas en medio de la oración en una capilla del seminario. Es parte de la rutina que han elegido como opción de vida.
  • Con 18 años Maximiliano Hermosilla es el seminarista más joven. Eligió estar ahí por su fe y vocación de servicio.
  • Mauricio Valenzuela tiene 50 años y ya había estado con la congregación Jesuita. Tras 17 años como laico, retornó al seminario para finalmente convertirse en sacerdote.
  • El padre Dikson Yáñez lleva casi dos décadas como rector del seminario y ha sido testigo de cómo ha bajado la vocación sacerdotal.
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Andrea Cantillanes
En medio de la peor crisis de la Iglesia Católica, diario El Día recogió los testimonios de jóvenes que están siendo formados para ejercer el sacerdocio en el Seminario Mayor Santo Cura de Ars, de La Serena. Dicen ser los llamados para revitalizar la fe, pero la notable baja en la cantidad que han experimentado en las últimas dos décadas –de 80 alumnos a 13 en la actualidad- pone la tarea cuesta arriba.

La crisis que vive la Iglesia Católica chilena es evidente y va más allá de percepciones. Los números hablan por sí solos. De acuerdo a la encuesta Latinobarómetro (estudio de opinión pública continental), hace 10 años un 73% del país se declaraba católico, mientras que para el 2017 la cifra había bajado a un 45%.

Las explicaciones para este descenso de la fe son muchas. Hay quienes hablan de un país más crítico, y una sociedad cada vez menos religiosa en general, pero sin duda los casos de abusos que afectan a la Iglesia es lo que más incide en el poco alentador panorama que repercute en que la gente simplemente elija no creer. De hecho, según la misma medición, Chile es el país latinoamericano que menos confianza tiene en el clero regular.

Y cuando la falta de fe y la desconfianza convergen, llega la lejanía. Ya no existe el entusiasmo de antes por pertenecer a la institución eclesiástica y la vocación sacerdotal es cada vez más baja.

De acuerdo al Anuario Estadístico de la Iglesia del 2017, por ejemplo, en el 2001 quienes se preparaban para ejercer el sacerdocio alcanzaban el número de 847, cifra que para el 2015 sólo llegaba a los 607, es decir, 230 menos. Esto sin considerar la cantidad de jóvenes que deserta a medio camino lo que también se ha incrementado.

Pero en medio de la tormenta, hay quienes deciden remar contra la corriente. Tal vez no masivamente como solía ser en otro tiempo, en La Serena todavía queda un lugar donde la fe católica parece resucitar con la efervescencia y pasión de siempre, pero encarnada en nuevas generaciones.

UN LUGAR DONDE SE SIEMBRA LA FE

Camino a Huachalalume están las dependencias donde renace el fervor. Se trata del Seminario Arquidiocesano Mayor Santo Cura de Ars, el único recinto en la región donde se forman sacerdotes.

Reabierto en 1981, en su minuto contaban con cerca de 80 seminaristas. Hoy son sólo 13 pero lejos de sentirse disminuidos, se muestran orgullosos del “llamado de cristo”, en tiempos donde pocos parecen escucharlo.

Cuando llegamos, había sólo cuatro en el establecimiento. Ellos, junto algunos funcionarios nos reciben amables  y curiosos. Nunca han aparecido en la prensa y a menudo lo que leen sobre el clero no les da demasiado aliento. Sobre todo en las últimas semanas donde el nombre del ex arzobispo de La Serena, entre 1990 y 1997, Monseñor Francisco José Cox ha ocupado primeras planas debido al surgimiento de nuevos testimonios de sus presuntas víctimas.

De hecho, el seminario fue aludido directamente por un antiguo alumno, Paul Endre, quien manifestó a un medio nacional explícitamente que en los tiempos de Cox eran conocidos como “la jaula de las locas”.

Pero ellos no se dan por aludidos. Caminan con prestancia hacia “la sala de televisión”, donde se recrean durante las tardes. “Ahí es más cómodo para conversar”, dice uno de los estudiantes, Matías, mientras avanzamos por un pasillo que por una lado tiene salones y bibliotecas y por el otro un ventanal gigante que colinda con un jardín ubicado justo en el centro de la casona.

Llegamos juntos pero prefieren hablar solos. Uno por uno los cuatro seminaristas nos cuentan sus historias, lo que los llevó allí, donde se preparan para ejercer una labor pastoral cada vez más desprestigiada.

Son conscientes de la realidad y la asumen, pero “para cambiarla”, aseguran. Y claro, también saben que son el recambio que busca el clero de acuerdo a los lineamientos entregados por el propio Santo Padre, el Papa Francisco.

“SIENTO VERGÜENZA POR LOS SACERDOTES QUE COMETIERON DELITOS”

Matías Quintana es uno de los que forma parte de esta nueva camada. Tiene 19 años y nunca estuvo en sus planes ser sacerdote. De hecho, siempre pensó en seguir una carrera universitaria y ser un profesional. Tampoco fue influido por su familia ya que “ni siquiera eran católicos practicantes”, admite el joven nacido en Antofagasta.

Pero hace seis años llegaron a vivir a Ovalle y vino el primer llamado. Matías tenía 13 años y ni siquiera había sido bautizado. Un día su madre vio un aviso pegado en la puerta de la Parroquia San Vicente Ferrer de la capital de Limarí que decía algo así como “se hacen bautizos, primeras comuniones y confirmaciones”, por lo que los inscribió de inmediato. “Ahí comenzó mi relación más cercana con la iglesia. Empecé a ir a catequesis para recibir los sacramentos y después ya iba porque encontré un mundo que me gustó”, afirma el seminarista.

Era nuevo en la ciudad y en la pastoral juvenil de la iglesia tuvo la oportunidad de conocer amigos y socializar. Hasta ese minuto la vocación no llegaba, sin embargo, según cuenta, durante una misa cualquiera a la que asistía, como cada domingo por esos años, se le vinieron a la mente “millones de preguntas”. Se puso en el lugar del sacerdote y pensó: “qué se sentirá vivir esa vida”.

Habló con la coordinadora de su parroquia y le dieron la oportunidad de asistir al seminario por un fin de semana. “Me sentí lleno, tuve mucha paz y encontré cosas que no podía obtener en otra cosa a la que me dedicara”, relata, entusiasmado, mientras recuerda que lo primero que hizo el día lunes al volver a su casa en Ovalle fue decirla a su mamá: “Quiero ser cura”.

No se lo tomaron en serio, pero dos años más tarde cuando salió de cuarto medio postuló e ingresó al seminario donde continúa, “más convencido que nunca”, sin dejar que las cosas malas se antepongan a su fe ni le hagan cuestionarse su decisión. “Yo siento vergüenza por los sacerdotes que cometieron estos delitos, pero esto da cuenta que la iglesia es santa y pecadora. El que algunos no hayan cumplido no quiere decir, que no existan personas acá que merezcan ser llamados padres”, manifestó el joven de 19 años, a quien todavía le queda tiempo para llegar a ser parte del clero pero que no tiene ninguna intención de abdicar.

VOCACIÓN DE SERVIR DESDE LA IGLESIA.

Con 18 años, Maximiliano Hermosilla es el seminarista más joven. Ingresó este año tras egresar del Colegio Francisco Palau, de La Serena, establecimiento católico, pero esta no fue la razón por la que el joven estudió ahí. “Lo que pasa es que me quedaba más cerca de mi casa”, asegura Maximiliano, con un tono parsimonioso, de orador innato.

En su caso, dice, la vocación de servicio llegó antes que la sacerdotal. Participaba en voluntariados y grupos de ayuda los que no necesariamente estaban vinculados a la iglesia. Pero la religión nunca fue algo lejano, ya que en su familia eran católicos practicantes.

Cuando llegó a la adolescencia, tenía decidido que volcaría su afán por servir a los demás a través de la iglesia, pero no sabía de qué manera. Sin embargo, luego de varias jornadas de discernimiento con distintos formadores optó por el sacerdocio e ingresó al seminario. “Me parecía que si me iba a entregar a Jesucristo, quería hacerlo por entero y esta era la forma de realizarlo”, relata el joven.

Sabe que no es fácil ser cura hoy en día y precisa que su principal desafío cuando se forme, será “recuperar el vínculo que se ha perdido con la gente, por lo que todos hemos conocido”. Y es que Maximiliano siente un dolor profundo cuando ve lo que está sucediendo, porque las personas “meten a todos en el mismo saco, y ese es un gran error”, asevera.

EL “QUÉ DIRÁN”

Cuando sus amigos se enteraron que dedicaría su vida a Dios, recibió cuestionamientos, “pero en buena”. Le plantearon directamente que no era la mejor opción, sin embargo, no dio pie atrás. “Antes me gustaba carretear, ir a fiestas. Tampoco reventarme, pero salía bastante. Entonces más de alguien se habrá sorprendido que a mí me llenara más la eucaristía que todas esas cosas”, enfatiza, con convicción.

No le complica el celibato y tampoco cree que sea una urgencia erradicarlo. Piensa que quien elige este camino debe estar convencido de la opción de vida que está tomando. “Ser célibe no es una obligación, es una forma de demostrar el amor por Jesús, el compromiso, y las personas que llegan acá deben tenerlo claro”, sostiene.

LA VOCACIÓN A LOS 50 AÑOS

Cuando llegamos al seminario, no pensamos que era un alumno más. Su aspecto mayor daba la impresión de que era un consagrado, pero nos equivocamos. Mauricio Valenzuela, tiene 50 años e ingresó el 2017 al seminario Mayor Santo Cura de Ars.

La vocación definitiva le llegó tarde, pero asegura que su relación con Jesús, viene desde hace mucho tiempo atrás. “Toda la vida he conversado con Dios”, cuenta, con tono pausado. Pero revela que esta no es su primera experiencia en una comunidad religiosa, ya que cuando era joven estuvo 8 años viviendo con los Jesuitas.

Salió y permaneció como laico durante 17 años, ejerciendo su profesión de profesor de arte en Arica, pero había algo que no le permitía ser feliz. No tuvo hijos, pero sí parejas con las que duró bastante, sin embargo, sentía que “no estaba completo”.

Y fue precisamente a una de sus pololas, con quien siguió manteniendo una amistad cuando terminó la relación, a una de las primeras personas a las que les contó una vez que decidió volver al seminario. “Es una amistad muy especial que todavía tengo, entonces confié en ella. Todas las personas con las que estuve fueron un regalo de Dios”, sostiene Mauricio.

No le sorprende que las vocaciones sacerdotales bajen, eso sí, asegura que, “no saben de lo que se están perdiendo”. Si bien entiende que el contexto actual no ayuda demasiado, cree que en general lo que desmotiva a los jóvenes son otras cosas, independiente de lo que esté pasando. “Desde afuera no se ve atractivo este mundo, lo que prima ahora son los objetivos económicos, como la plata, la competencia de quién es mejor que otro, quién gana más que el otro y quién tiene más. Acá nos hacemos otra pregunta, en qué nos gastamos la vida, pero para otros”, expresa el seminarista.

Tampoco cree que el celibato sea una de las razones que aleja, ya que “siempre ha existido y antes había más vocación”.  De hecho lo defiende “aunque vaya que cuesta”, dice, “pero no podemos separar el celibato de los otros consejos del evangelio. No se puede separar de le pobreza, y la pobreza no se puede separar de la castidad. Eso es importante tenerlo en cuenta. En lo particular pienso que le debo entregar todo mi ser a Jesús, y ser casto como lo fue él”, asevera.

“DIOS ME ELIGIÓ A MÍ”

El último en contar su historia es Francisco Javier, de 25 años, proveniente de Santiago. Le hacemos la misma pregunta que al resto. ¿Por qué ser Sacerdote?, pero su respuesta es diferente y contraataca de inmediato. “¿Por qué no serlo?”, cuestiona, sonriente.

Dice no tener una explicación lógica. Tenía aspiraciones profesionales ligadas al mundo científico, pero el llamado de Jesús llegó de repente para un jueves santo cuando el párroco de su iglesia le entregó una biblia y le dijo que leyera un pasaje. “Yo te consagré desde el vientre de tu madre para ser profeta”, decía el texto que interpretó como una revelación. “Yo no elegí esto, Dios me eligió a mí”, precisa.

Tenía 19 años y luego de esa experiencia ingresó rápidamente al seminario, primero a las jornadas vocacionales, y luego de lleno a formarse como sacerdote.

Admite que nadie de sus cercanos se lo esperaba. Dice no ser el prospecto de seminarista. “Siempre fui un poco desordenado, jugaba rugby, un deporte muy rudo. Muchas cosas que no hacían pensar que yo llegaría acá”, cuenta Francisco, entre risas.

En su familia el más sorprendido fue su padre, quien esperaba que tuviera hijos, una familia y una profesión. Sin embargo, lo aceptó y hoy lo apoya férreamente al igual que su madre que desde un principio estuvo contenta con la vocación de su hijo. “Ella ha sido mi fiel escudera en este camino”, comenta, orgulloso.

Dice no extrañar nada de lo que podía hacer fuera del seminario. “No es una cárcel, se vive con disciplina pero aquí te puede venir a ver tu familia cuando quieras, sales a estudiar, si necesitas hacer algo afuera también lo haces. No hay prohibiciones, lo que sí es cierto es que hay más responsabilidades, los fines de semana tienes una misión con tu pastoral que no puedes dejar de lado”, manifiesta el futuro sacerdote.

Francisco tiene una visión particular frente a la crisis. Está convencido de que más bien se trata de “una apertura de heridas para que puedan sanarse. Nosotros estamos en ese proceso, en el que la herida salió y tiene curarse y nosotros, las nuevas generaciones, somos los llamados a llevar adelante esta tarea”, dice un convencido Francisco Javier, siempre sonriente, como lo fue desde niño y tal como quiere seguir siendo cuando ejerza la vida pastoral. 4601iR

PADRE DIKSON YÁÑEZ: “LA CRISIS NO ES DE LA IGLESIA, ES DE LAS JERARQUÍAS”

El padre Dikson Yáñez asumió la rectoría del Seminario Mayor Santo Cura de Ars en el 2009, cuando todavía no estallaban los casos de abusos sexuales por parte de integrantes de la Iglesia Católica. Tras casi una década al mando del establecimiento ha sido testigo de la baja en las vocaciones sacerdotales. “Es indiscutible esta disminución. Cuando yo ingresé hace 30 años, eran unos 600 seminaristas diocesanos, en Chile y hoy son 120. Y si hablamos de este seminario en particular, cuando yo estuve de profesor, eran 75 alumnos, ahora 13”, consigna.

No atribuye esta situación solo a los conocidos eventos de abusos, sino a algo más general. “Hay una ambiente menos religioso en el mundo, secularizado. El vivir en certezas y en dimensiones de fe ya no corre, esto el Papa Francisco lo ha llamado la dictadura del relativismo. Y esto genera una cultura donde los valores y los principios no importan”, expresa.

Es categórico al sostener que la crisis actual no es de toda la iglesia, sino de las jerarquías, y pone como ejemplo los recintos religiosos que se continúan llenado de fieles, lo mismo que en las festividades. “Es injusto decir que la crisis es de la iglesia, el mundo de dios está vivo y esta crisis es de los altos pastores, de las jerarquías”, precisa el padre Dikson.

Consultado respecto a cómo se abordan los temas de los abusos con los seminaristas, particularmente, lo que sucedió en La Serena en tiempos de Monseñor Cox, indica que “no se oculta nada, ya que estamos entre personas adultas. Tratamos de que las cosas se hablen con total transparencia. Los jóvenes tienen acceso a la información y son capaces de elaborar su propia opinión”, asevera.

Por último, admite que en el contexto actual es un desafío grande formar a sacerdotes, “pero es un desafío que a quienes estamos en esta tarea nos pone mayores exigencias de buscar los caminos, los métodos y las formas para que ellos se ajusten más al evangelio”, concluye el rector del seminario.

 

 

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