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Andrea Cantillanes
Tres mujeres rastrean desesperadamente alguna pista que les permita conocer la verdad acerca de sus familiares. Una de ellas, incluso, relata ser una hija adoptada en forma irregular.

Patricia Alfaro Urbina nació el 14 de noviembre de 1974 en el hospital San Pablo de Coquimbo. Desde allí fue entregada en los brazos de quienes la criaron como su propia hija: Juan Alfaro y Sonia Urbana. A sus padres biológicos nunca los conoció y no sabe ni siquiera sus nombres o dónde están.

Patricia Alfaro supo su verdadero origen hace sólo dos años atrás de la boca de su propia madre adoptiva, en una franca conversación en medio de llantos y sollozos.

La mujer ya sospechaba la verdad desde su niñez. “Físicamente no me parezco en nada a ninguno de mis padres (...) también sucedía que escuchaba conversaciones familiares y todos se quedaban callados en forma repentina cuando llegaba (...) Un día entré a una habitación y una tía le preguntaba a mi mamá ¿Cuándo le vas a contar la verdad a Patricia?”.

A mediados de la década del 70, Juan Alfaro y Sonia Urbina tenían cuatro años de matrimonio, pero no habían podido tener hijos debido a que la mujer era infértil.  “En ese entonces -relata Patricia- “mi padre adoptivo tuvo una conversación con mi madre y le dijo que “en cualquier momento tendrían una hija” (..) y un día cualquiera él le dijo “ya está lista, vamos al hospital, la niña ya nació”.

Cuando el matrimonio llegó al hospital de la comuna-puerto, la recién nacida fue entregada en los brazos de Sonia Urbina por un desconocido casi sin intercambiar palabras. “Mi madre no recuerda muy bien, pero Juan Alfaro tuvo que firmar un papel para sacarme del hospital”, dice Patricia. Luego, ambos tomaron un taxi de regreso a casa. 

“Mi madre sospecha que hubo mucho dinero de por medio, ya que mi padre adoptivo en ese tiempo tenía muy buena situación económica”, comenta.

“En mi acta de nacimiento figura que nací el 14 de noviembre de 1974 (..) con el detalle de parto natural en la casa (...) Es el relato que hizo mi padre adoptivo en el Registro Civil”. En el documento, aparece la firma de él, pero no de la madre, y de dos testigos, quienes después fallecieron.

Años después, el matrimonio se quebró y Patricia vivió solo un par de meses con su padre adoptivo y luego ya en forma definitiva con su madre, con quien se fueron a vivir a Iquique.

Apenas Patricia supo la verdad de lo sucedido tras su nacimiento, ella confrontó a quien se presentaba como su padre, pero él -quien en la actualidad tiene 77 años- se ha negado a entregar más información.

“Traté de contactarme con una hija que él tiene, quien en un principio, me dijo que me iba a cooperar con más información, pero luego desapareció, no me contestó más el celular y me bloqueó el whatsapp”, añade. 

“Yo, ya sea para bien o para mal, necesito saber toda mi verdad”, dice.

Patricia se sumó a la organización Hijos del Silencio que pretende reunir a personas con sus padres biológicos. “Pensé que mi caso era único, pero me enteré a través de los medios de comunicación de la organización y me percaté de que hay miles de casos similares al mio”, expresa Patricia.

EN BUSCA DE UNA HIJA

Mónica Figueroa en el año 1993 vivía en Ovalle pero de lunes a viernes trabajaba en la Universidad Católica en Santiago. En ese entonces, tenía siete meses de embarazo, cuando tuvo un accidente: un colectivo pasó una de sus ruedas encima de su pie. Con más susto que daño físico, la mujer fue derivada al hospital de Ovalle y dos días después al hospital de La Serena. 

En la capital regional, fue derivada a una sala de preparto y el 5 de diciembre nació su bebé, una mujercita. “Fui atendida por un matrón con un auxiliar”, recuerda 25 años más tarde.

“Mi guagua nació viva porque yo la alcance a ver, no era tan grande, era chiquitita (...) Después me durmieron y consta en mi ficha que me anestesiaron”, indica.

“Cuando desperté en la sala de las parturientas, muchas ellas estaban con sus bebés. Para mi fue muy traumático: no veía a mi hija y comencé a preguntar. Luego, una auxiliar me dijo que estaba bien y que no me preocupara, que me iban a traer”. 

“Debo haber preguntado unas 20 veces hasta que cayó la noche (..) A la mañana siguiente me levanté super temprano y llegaron los médicos a hacer las visitas. La misma auxiliar me dice que hable con el médico, le pregunté y me dijo “después voy a hablar con usted”. Revisó a todos los recién nacidos y luego se iba, salgo corriendo detrás de él y le digo ya muy desesperada por el tiempo transcurrido “por favor, quiero saber de mi hija” y me dijo “sabe qué? su hija se va a morir”, relata.

Según el relato de Mónica Figuera, horas más tarde, volvió a preguntar a una enfermera, quien en un principio no le dijo nada y luego le dijo en forma muy seca le indicó que su hija había fallecido.  “Lo único que recuerdo es que me acosté y me tapé entera con las sábanas”, añade.

Mónica recuerda que después sostuvo el siguiente dialogo con una auxiliar.

-¿Qué tengo que hacer para retirar el cuerpo?

- No puede retirarla. El cuerpo se quedará en el hospital.

- ¿Por qué? 

-  La vamos a dejar acá porque la vamos a incinerar…

- A mi hija no la incineran. Ella nació viva y yo la voy a enterrar. ¿Por qué la van a incinerar?

- Ese es el procedimiento, porque es muy caro sacarla del hospital….

“Ella traía un papel que no firmé (...)  y luego  se fue muy indignada por el altercado fuerte”, agrega.

Finalmente, la familia de Mónica llegó desde Ovalle a La Serena y logró retirar el cuerpo de su hija y darle sepultura en la capital del Limarí.

Transcurrieron cinco años y Mónica siempre reflexionaba acerca del por qué no había visto a su hija, más allá de los escasos segundos después de que ella nació.

“Me preguntaba ¿Por qué el hospital no me dejo ver a mi hija ? y ¿si me mintieron?”, expresa.

Con los años, surgió también la duda de las razones que llevaron al equipo médico a sedarla tras el parto y para mayor tranquilidad quiso solicitar la ficha clínica de su hija al hospital.

Aquí se produjo la primera sorpresa. La ficha de Mónica existía e incluso en ésta figuraba que su hija recién nacida tuvo una ficha clínica, pero ésta última había desaparecido. “En mi ficha dice que mi hija nació sin problemas respiratorios, o sea a mi ella sólo le faltaba madurez”.

Entabló una acción en los tribunales por el delito de sustracción de menor y hubo una serie de interrogatorios al equipo médico que la atendió. ”Un médico declaró que en mi ficha salen sus datos, pero que no es su ni su letra ni su firma la que aparece en el documento”.

Con los años se realizaron exhumaciones al cuerpo de su hija. La primera a cargo del Servicio Médico Legal de Santiago en el 2007 concluyó que no existía el material necesario para realizar una muestra de ADN. 

Se efectuó una segunda exhumación el 2009, la cual no fue informada por el Tribunal a la demandante. Este nuevo proceso, con peritos de la PDI determinó que no se pueden hacer los exámenes de ADN “porque las muestras obtenidas están en muy mal estado -ya algo muy extraño- y que probablemente no corresponda a un ser humano”. 

“Si no corresponde a un ser humano, ¿dónde está mi hija?” dice Mónica. 

Finalmente, hubo una tercera exhumación, nuevamente con especialistas del Servicio Médico Legal, que informó que en un 100 por ciento las muestras obtenidas del cuerpo corresponden a la hija de Mónica Figueroa, quien se niega a esta tesis, luego de todo lo acontecido.  

“Si una madre o padre se le muere un hijo es un dolor que nunca termina”, dice Mónica, quien afirma que seguirá luchando para saber la verdad acerca del paradero de su hija. Ella asegura que está viva. 

UN HERMANO DESAPARECE

La periodista Alicia Acuña asegura tener un hermano menor, quien fue arrebatado al nacer a su madre en el hospital San Juan de Dios de La Serena.

La profesional cuenta que a fines de la década del setenta su madre estaba embarazada de su hermano cuando debió acudir de urgencia al hospital. 

“En ese entonces, no se ingresaba tan fácilmente a los partos y mi mamá cuando despertó de la sedación empezó a preguntar por su bebé, pero nunca se lo pasaron en los brazos, nunca pudo estar con él”, cuenta.

Según consta en registros del hospital proporcionados por Alicia Acuña, el nacimiento de su hermano se produjo el 28 de abril de 1977. Al día siguiente, el 29, figura su fallecimiento.

Acuña agrega que “cuando mi papá ya pudo ver a mi mamá, ambos preguntaron por mi hermano y el doctor les informó que él había fallecido por prematurez”.

El matrimonio quiso ver el cuerpo, pero en el hospital les respondieron que no se podía y que éste sería derivado al cementerio local. “Les dijeron que era mejor que no lo vieran y ellos se quedaron con eso”, precisa.

“Según el certificado de defunción, mi hermano tenía que ser enterrado en el cementerio municipal de La Serena”. Este año, la familia inició una búsqueda por los cementerios de la ciudad de La Serena para hallar el lugar donde está sepultado el recién nacido, pero no hubo resultados. También rastrearon en los cementerios de Coquimbo, sin éxito. 

Para Alicia Acuña resulta sumamente extraño que  su hermano no figure en ningún registro. “Cada ingreso que se hace a los cementerios sea incluso en la fosa común tiene que ser ingresado en un libro y mi hermano no está enterrado en ningún cementerio ni en La Serena ni en Coquimbo”, afirma.

“Como familia, estamos en un 100 por ciento seguros que mi hermano fue dado en adopción irregularmente y que él no tiene idea de que el tiene una familia biológica que lo está buscando”, indica.

Acuña afirma que en los controles previos al embarazo de su madre, los médicos nunca le informaron anomalía en el feto e incluso le comentaban que era “muy grande”. “El embarazo estaba perfecto y no tenía ningún problema”.

La periodista conoció la agrupación nacional “Hijos y madres del Silencio”, la cual opera desde hace dos años y que  a través de una intensa labor en las redes sociales y personas voluntarias, a nivel nacional e internacional, ha logrado reunir a hijos desaparecidos y mamás y/o papás que están buscándolos.

“Esta agrupación ha ido creciendo cada año más porque a lo largo del país los casos son miles que se dieron entre los años 60, 70, 80 e incluso los 90”, cuenta.

“Hijos y madres del Silencio” orienta a la familias de cómo conseguir información a través del Consejo de la Transparencia y  a través de solicitudes de la OIRS de los hospitales. 

La agrupación en la región de Coquimbo todavía no se ha conformado y quienes deseen sumarse pueden escribir al correo hijosymadres4@gmail.com o llamar al fono de contacto +569 946778. La entidad está convocando a una primera reunión el sábado 21 de abril. 

 

 

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