• Fotos Juan Carlos Pizarro
En la calle Hortensia Bustamante de La Serena, cerca de las parcelas de Cuatro Esquinas viven 20 valientes. Vienen del infierno, y le vieron la cara a la muerte disfrazada de alcohol y pasta base. Pero hoy quieren emprender el camino de vuelta. En el Centro Residencial de Rehabilitación San Paulino de Nola, intentan sacudirse de su pasado y recuperar lo que perdieron: Todo.

En una mesita de madera hay un ramo de flores que no quiere marchitarse. Rodrigo las cortó hace tres días y las puso en un pequeño jarrón al que cambia el agua cada tres horas para que no pierdan su color.

El sábado por la tarde esos pétalos rosados y blancos fueron un símbolo de esperanza cuando vieron a la esposa del hombre llegar al Centro de Rehabilitación y Tratamiento San Paulino de Nola, y llorar de emoción por la sorpresa, que le tenían preparada.

En ese momento, el joven que intenta salir de una adicción a la pasta base y al alcohol supo que quedaban motivos para seguir dando la pelea. Se llenó de fuerza y se le nota.

Entusiasmado, se mueve rápido por las dependencias del recinto. Tras el desayuno y “la hora del cigarro”, comparte su experiencia en “el círculo” con sus compañeros, donde sigue sacando pecho por la hazaña del fin de semana que lo convirtió en el galán de moda del San Paulino. “Te las mandaste, te las mandaste”, le dicen, y él asiente. No quiere ser humilde, ya habrá tiempo para eso. Hoy, el orgullo le inunda los ojos de lágrimas y no quiere que sea de otra manera.

“Y pensar que hace dos meses, estaba muerto, estaba muerto”, dice, mientras camina por el patio del lugar en el que vive hace 37 días junto a otros 19 muchachos de voluntad grande que luchan contra sus demonios.

Su historia, no es atípica. Es la clásica y triste fábula del adicto que convivió con la miseria, caminó junto a la soledad rodeado de gente y que lo perdió todo. Pero la diferencia la quiere hacer ahora, en el viaje de retorno que lo llevará a recuperar esos años de los que pocos recuerdos tiene, y a volver a conquistar el corazón de la que tanto sufrió por su adicción. Su mujer, esa a la que las flores en el jarro sobre la mesita hicieron llorar.

“Me costó tomar la decisión de estar aquí, cuesta darse cuenta de lo que estás pasando, porque estás todo el tiempo bajo la influencia de alguna droga, y en lo único que piensas es en más droga. Más en mi caso que he consumido por tanto tiempo. Tengo 29 años y llevo 15 metido en la pasta, entonces no sé lo que es la vida sin eso”, cuenta Rodrigo.

Y es que su entorno, en Ovalle, en lo más crudo de la población, influyó en que a temprana edad, primero comenzara con el alcohol, luego con la marihuana y después con la pasta base. Tenía 16 años la primera vez que la probó y desde ahí que no pudo dejarla. Hubo momentos en que su adicción disminuyó, a los 21 por ejemplo, parecía que resucitaba cuando conoció a la mujer de la que se enamoró y vivió un romance a lo DiCaprio-Winslet.

Tuvo un hijo, algunos trabajos, pero como en la película, un iceberg se le puso en el trayecto y el barco se hundió. Cayó, cada vez más abajo. Llegó a estar en situación de calle, y en los últimos años vivía junto a otros adictos en la ribera del Río Limarí. “Dentro de mi adicción, estaba demasiado cómodo en ese lugar. Las personas que estaban conmigo me daban droga, alcohol, lo que quisiera. Era un indigente que consumía todo el día. Tenía mucho dolor, porque en esos poquitos ratos de sobriedad que uno tiene, muy de repente, me acordaba que mi esposa ya no estaba conmigo, ni mi hijo, entonces más consumía. Pero no me voy a hacer la víctima, me gustaba esa vida o al menos eso pensaba yo. Me duele recordar el que ella me haya visto así, el que mis padres me hayan visto así, porque ellos nunca me abandonaron. Incluso, iban a ese lugar sucio donde estaba viviendo con traficantes a dejarme comida, a ver cómo estaba su hijo”, relata, con la garganta apretada.

Y es que en ese momento también recuerda, cuando la fuerza de voluntad lo elevó más que el bazuco, se miró en una vidriera de un local del centro y decidió que era hora de volver a ser el Rodrigo que había existido antes del  crack criollo. “No podía seguir así. Por mis padres, por mi hijo, por mi esposa. Así que busqué ayuda y encontré esta alternativa, el centro San Paulino de Nola, y me interné. Afortunadamente existía un lugar así para poder hacerlo, acá estás todo el día en terapia. Hay buena gente, que te enseña, y te ayuda a superar la adicción. Yo sé que me falta mucho, llevo recién dos meses, pero voy bien encaminado y lo del sábado con mi esposa me dio más fuerza. Ella cree en mí, y no la puedo defraudar, no la voy a defraudar. Ese día que le regalé esas flores parece que yo mismo florecí”, dice, esperanzado, con una sonrisa leve, Rodrigo, quien debe volver a llenar el pequeño jarrón. La fe no puede marchitarse.

 

RAYANDO LAS PIEDRAS

Pero Rodrigo no está solo, ni afuera, ni allí, en el San Paulino de Nola, el único centro de rehabilitación residencial para hombres de la Región de Coquimbo, financiado por Senda y administrado por la Fundación Casa de La Esperanza. Caminando por esos pastos aquella mañana fría están los otros 19 muchachos de voluntad grande.

Mario Contreras tiene 31 años, 21 consumiendo drogas y dos meses internado. Ovallino, con una vida de luces y sombras, en el recinto es conocido por ser uno de los más aplicados, el mateo del curso. Tiene la rutina diaria en la cabeza y ha internalizado cada uno de los conceptos que siquiatras y psicólogos utilizan en las sesiones, que al principio parecían dictadas en un idioma desconocido y frío. Dicho en simple; la tiene clara.

Sabe que le falta, que falta demasiado, que dos meses no compensan una vida, pero no se anda con chicas y está convencido de que ha mejorado desde que llegó, él y todo el grupo.

Recuerda claramente cuando probó la droga por primera vez. Fue sólo un pito de marihuana cargado a la travesura, a esa maldad inocente de un niño de 11 años, que jugaba en una casa de campo con un primo y un tío estudiante de agronomía.

Le gustó, pero no pretendía seguir “metido en esa volá”, como dice él. De hecho, pasó tiempo y no volvió a jugar a ser el yonki precoz que quiere evadirse del mundo. Pero bastó con que volviera a tener la hierba a su disposición para que la tentación de nuevo ganara la batalla. Fumó otra vez, y otra vez. Una vez al mes, dos veces, una vez a la semana y después todos los días. Simplemente ya no podía controlarlo.

Poco tiempo transcurrió también para que la marihuana no fuera suficiente y las drogas duras llegaron a su vida. A los 14 años ya era consumidor de cocaína. “La marihuana me tenía convertido en un verdadero zombie, y no me hacía sentir las sensaciones de un principio, que me volvieron adicto, por eso cuando tuve la oportunidad de probar algo más, lo hice y me pasó lo mismo que con la marihuana. Al principio algo muy esporádico, pero después ya me agarró con todo”, relata Mario, mientras toma desayuno en el comedor del centro de rehabilitación, siempre en un tono serio. Él es así, no hay tiempo para juegos, ya apostó demasiado.  

Pese a su dependencia, logró terminar su enseñanza media, encontrar un buen trabajo en la gran minería y pasados los 20 años emigró desde la capital de Limarí a Calama. Allí, su adicción alcanzó el máximo nivel.

Y es que “en el norte se ve de todo, y el acceso es más fácil”, dice Mario, dejando claro que la perdición no anda perdida y que se encuentra en todas las esquinas. Recuerda que fue en ese lugar donde se lo farreó todo y en un momento especial.

Su mujer estaba embarazada, faltaban pocos meses para que diera a luz. Sí, venía su retoño, el que hoy está próximo a cumplir tres años. Se haría realidad su gran sueño: ser padre, pero su vida no estaba para glorias y el camino era de fango. Mario, en pleno baby shower de su mujer bebió a destajó, reventó sus fosas nasales en el baño de su casa a punta de falopa, y cuando se le acabó salió en busca de más a bordo de una camioneta de propiedad de la empresa en la que trabajaba. No iba en sus cabales, y pasó lo evidente. Chocó y el vehículo no fue lo único que se hizo pedazos, también todo lo que había construido. “Perdí mi trabajo, tuve que pagar el vehículo. Todo se me derrumbó, creo que en ese minuto toqué fondo, pero no me di cuenta. Me autoengañé, fui a un programa de rehabilitación, pero lo hice más que nada para dejar tranquilos a los demás, no sé si tenía la intención de recuperarme. Creo que no”, cuenta, mientras gesticula con sus manos de manera pedagógica.

Siguió consumiendo, y encontró otro trabajo, sin embargo, ya nada era lo mismo. Su esposa y su hijo se habían ido. Hoy viven en Bolivia. Mario estaba solo. Sí, había llegado el momento de parar, definitivamente antes de que fuese demasiado tarde, paro ahora sí con convicción, esa que se necesita cuando todo parece estar en contra.

Volvió a Ovalle, su tierra, y encontró el San Paulino de Nola. “Pienso que estar acá es la única forma de obtener las herramientas para sanarte. Tengo muchos sueños, muchas cosas que hacer afuera, pero son temas que no tengo que resolver ahora, lo que tengo que hacer en este minuto es recuperarme y aprender, porque creo que mi rehabilitación en sí no es acá, lo que yo estoy haciendo aquí es llenándome de conocimiento de mi enfermedad para que cuando salga pueda enfrentar la vida sin drogas. Esa es mi gran meta”, relata el capo, “el profe Mario”, el mateo, sentado en el comedor, ya sin gesticular. Brazos cruzados y calma, esa que quiere que se quede para siempre, esa que buscan los 20 del San Paulino de Nola, después de nunca haberla tenido.

 

UNA REALIDAD PREOCUPANTE

Cierto, los testimonios de quienes quieren superar su adicción emocionan. Claro, hay que ser valiente para reconocer el problema, dar la cara y bancarse el estigma social que seguramente será otra barrera en el viaje de retorno. Pero estas historias también hablan de una realidad preocupante, donde la normalización del consumo ha llevado a que los jóvenes cada vez a más temprana edad comiencen a experimentar con estupefacientes. De hecho, la edad promedio de inicio es de 13 años y, tal como señala la directora regional de Senda, Fernanda Alvarado, si no se hace algo pronto por revertir esta situación cada vez tendremos a más personas con adicciones.

“Esta baja percepción es muy negativa, principalmente entre niños y jóvenes. Se están normalizando los consumos y esto no puede suceder, por eso ahí está nuestro desafío en materia de prevención, porque hoy en día, producto de esa sensación de que hay que consumir nomás porque no pasa nada, los jóvenes a los 13 años están iniciando los consumos, lo cual es infinitamente preocupante, porque la droga causa un daño neurológico (…) Es importante contar con estos lugares para dar tratamiento, en la región tenemos 26 centros, pero también es una mala señal, porque significa que en definitiva el consumo ha ido aumentando”, concluye la directora. Y claro, sabe que, aunque duela, buena parte de las personas que caen en este flagelo terminarán perdiéndolo todo. Sí, aunque suene cruel y roce los límites de la crueldad. Sabe que no todos tendrán la fuerza de los 20 del San Paulino, que hay que intervenir antes, porque no hay demasiados como Rodrigo, ni sobran como Mario. 

 

CASA DE LA ESPERANZA

Para los 20 pacientes del centro de rehabilitación San Paulino de Nola, parece haber pasado un eternidad desde que están allí, sin embargo, este centro se reabrió hace sólo hace tres meses, luego que bajo otra administración, cuando el lugar se llamaba El Buen Samaritano, Senda dejara de financiarlo debido a supuestas deficiencias en la atención. Sin embargo, ahora, bajo la tutela de la Fundación Casa de La Esperanza está de nuevo operativo, atendiendo a 20 usuarios. Aquello es valorado por el director ejecutivo de la fundación Jaime Pizarro, quien está convencido de que la región requería de un centro residencial para tratamientos contra el alcohol y las drogas, ya que muchas veces los procesos ambulatorios no son suficientes.

“Es evidente que un proceso de rehabilitación en estas condiciones, de manera residencial y no en forma ambulatoria, donde están todo el día en la dinámica de querer mejorar, los objetivos se logran mucho mejor. Por eso es importante este centro. Nosotros estamos súper contentos con lo que estamos haciendo, porque tenemos 20 usuarios que quieren rehabilitarse y están súper motivados con el proceso, así que hasta ahora todo es muy positivo”, manifestó Pizarro.

 

 

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