La propia comunidad, gracias a un convenio con la municipalidad de Los Vilos y CONAF, concretó la recuperación del espacio.

A menos de tres horas desde La Serena, asoma una localidad que respira sosiego. Sus calles invitan a soñar en compañía de la calma y todo se vuelve serenidad, especialmente cuando se camina junto al relajante ruido del mar. Toda esta maravilla está aquí, en la Región de Coquimbo, donde se encuentra la bahía de Pichidangui, conocida turísticamente por sus actividades náuticas.


Pero no todo es belleza para los habitantes de esta bahía. “Llegué aquí en los años 50 y no recuerdo que este sector haya sido otra cosa que un basural. Horrible imagen y mal olor”, cuenta Jesús Diez, un español cuya cara hoy cambia al ver que desde su casa se aprecia otro entorno.


Más de dos hectáreas contempla el espacio que por años la comunidad local vio como vertedero y que en la actualidad se ha convertido en un “espacio verde, recreativo y sostenible” producto de la intervención de CONAF. Es el Parque Urbano Natural de Pichidangui.


“Un año demoraron en limpiar el área, desde el 2014 al 2015. Gracias al apoyo de la municipalidad de Los Vilos, se sacaron cerca de 90 camiones de desechos de todo tipo con personal contratado por la Corporación”, relata la directora de CONAF Región de Coquimbo, Liliana Yáñez, quien además propone que el rostro de Pichidangui no deje nunca de sorprender: “Debemos fortalecer la conciencia de nuestra comunidad en cuanto a mantener limpio el parque”.


Esta acción formó parte de un convenio de cooperación entre la municipalidad de Los  Vilos y CONAF, “con la intención de transformar el espacio que era vertedero en un espacio destinado al esparcimiento y recreación”, señala el jefe de Secplan Los Vilos, Patricio Hernández, agregando luego que la CONAF es un socio estratégico por toda la intervención realizada y que sólo hay palabras de agradecimiento por el aporte entregado. Esta alianza partió con un trabajo de forestación en todas las unidades vecinales con más de 500 árboles.


Arenas blancas y aguas tranquilas constituyen un atractivo para todo veraneante. Sin embargo, a la comunidad local que reside los 365 días del año en la zona le faltaba “un despertar de los árboles” para sentir que en su área urbana existe un espacio recreativo, con sentido de pertenencia y además cercano para disfrutar en familia. 


UNA MIRADA NATIVA. “Desde que llegué a este balneario a los 14 años no sabía que ahí había un espacio verde… Hoy estoy trabajando en mejorar senderos, limpiando y haciendo otras labores donde aprendo mucho”, relata la joven pobladora Alejandra Ramírez, de 22 años y usuaria del programa de Empleos de Emergencia PEE de Conaf.


Elizabeth Mura Flores, también del PEE y quien lleva 16 años trabajando y viviendo en Pichidangui como cuidadora de jardines, se siente precursora en la apertura de este espacio. Ello la llena de orgullo. “Hemos estado arreglando caminos, mejorando senderos, sacando basura, hojas… Limpiando, hermoseando. Esta pega me ha servido mucho, porque como dueña de casa me alcanza para trabajar aquí y estar luego con los niños en mi hogar. Me siento feliz de ser parte de este grupo”, precisa.


Quizás desde la lejanía observan el alto impacto generado por esta transformación, quizás desde la vereda del frente observan que aquí crecen 40 especies nativas; de ellas, 26 endémicas (sólo se encuentran en esta parte del país) y de estas últimas, dos en peligro de extinción.


Emociones que se entrecruzan en las palabras de Ana Olivares, dueña de la panadería Luceros, con más de 36 años de funcionamiento. “Era un mugrerío. Daba pena… Éste es un balneario hermoso, pero cuando la gente salía a caminar se encontraba con ese basurero. Había de todo, cocinas, colchones, etc. El cierre es maravilloso, de acuerdo al entorno, todo rústico. Estoy fascinada con el proyecto”. 

 

 

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