Detrás de la historia

"Plaza de los gorreados": ¿cuál es el origen de este apodo?

Aunque muchos serenenses la conocen con un nombre cargado de humor y la cultura popular, lo cierto es que la tradicional plaza Santo Domingo, frente a la iglesia del mismo nombre, tendría un origen muy distinto al que sugiere su apodo más difundido, que también se mezcla con el mito de la ciudad.
La plaza Santo Domingo o popularmente conocida como "plaza de los gorreados" se encuentra en pleno casco histórico de La Serena. (Foto: El Día)
La plaza Santo Domingo o popularmente conocida como "plaza de los gorreados" se encuentra en pleno casco histórico de La Serena. (Foto: El Día)
martes 21 de abril de 2026

Ubicada en el casco histórico de la ciudad de La Serena, la plaza debe su nombre a la cercana Iglesia de Santo Domingo, templo que forma parte del legado colonial y de la presencia de la orden dominica en la zona. Este vínculo religioso e histórico es el que sustenta su denominación oficial, reconocida en documentos y registros urbanos.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el espacio comenzó a ser conocido informalmente como la “plaza de los gorreados”, un apodo que no tiene base histórica comprobada, sino que nace desde la tradición oral y la cultura popular.

Según versiones populares, el lugar era punto habitual de encuentros amorosos, lo que habría dado pie a bromas relacionadas con desilusiones o infidelidades, instalando así el sobrenombre en el lenguaje cotidiano.

Otra teoría sostiene que, durante las décadas de los 80 y 90, cuando los buses de la minera El Indio se detenían en la plaza, los trabajadores —muchas veces acompañados de sus parejas— partían a sus faenas, mientras que los “amantes” permanecían en el lugar a la espera de las esposas de los mineros. De esta situación habría surgido uno de los posibles orígenes del nombre, que hasta hoy persiste en la memoria colectiva.

Pese a su masiva utilización en la jerga local, este nombre no figura en registros oficiales y forma parte más bien del folclore urbano serenense, reflejando cómo la comunidad resignifica sus espacios públicos a través de la experiencia y la cultura popular.

De esta manera, la plaza convive con una doble identidad: una formal, ligada a la historia y la fe, y otra informal, nacida del ingenio y las historias que circulan entre sus habitantes.