EDUCACIÓN RURAL EN MONTE PATRIA
Escuela de Chañaral de Carén convierte su huerta en aula para rescatar saberes agrícolas
Por: Martha Hecherdorsf
Una huerta escolar se transformó en una herramienta para enseñar geografía y recuperar conocimientos agrícolas tradicionales en la Escuela Carmela Prat de Chañaral de Carén, en Monte Patria. La experiencia vinculó a estudiantes y agricultores de la localidad, utilizando el territorio para abordar contenidos sobre semillas, cultivos, suelo, disponibilidad de agua y cambios en la actividad agrícola.
La iniciativa denominada “El uso de una huerta escolar como recurso pedagógico para la enseñanza de la Geografía en una escuela multigrado en Monte Patria, Región de Coquimbo, Chile”, fue elaborada por Eduardo Jaime Muñoz y publicada a fines de agosto de este año. El estudio consideró la participación de los seis estudiantes del establecimiento, su profesor encargado y seis agricultores del sector, además de contar con el apoyo del Departamento de Educación de la municipalidad de Monte Patria.
El estudio buscó analizar cómo la huerta podía vincular los contenidos de geografía con la realidad territorial de Chañaral de Carén y, a la vez, contribuir a la transmisión de conocimientos agrícolas locales.
Eduardo Pérez Tapia, profesor encargado de la Escuela Carmela Prat, explicó que la experiencia comenzó a desarrollarse a partir del Plan de Mejoramiento Educativo (PME), con la intención de vincular los aprendizajes de los niños con las tradiciones de su comunidad.
“Esto nace de ver los resultados de los niños y comparándolos con el quehacer de la comunidad. Se desarrolló un proyecto educativo, que es el PME, enfocado en rescatar las tradiciones y costumbres de la localidad y darle un enfoque más educativo”, señaló.
Una huerta como espacio educativo
La huerta pasó a convertirse en un espacio de aprendizaje práctico, donde los estudiantes participan en la preparación del suelo, la siembra, el riego, el cuidado de las plantas y la observación de su crecimiento y cosecha. Según Pérez, este trabajo también permite abordar valores como la responsabilidad, el cuidado del medio ambiente y la colaboración.
A ello se sumó la participación de agricultores y familias de Chañaral de Carén, quienes aportaron experiencias adquiridas durante años de trabajo en el campo. Para el profesor, este intercambio permite reconocer la agricultura como parte de la identidad y el patrimonio local.
La experiencia también permitió articular historia, geografía, ciencias naturales y lenguaje con elementos del territorio. Pérez define el entorno rural como un “laboratorio abierto”, donde los conocimientos de padres, abuelos y vecinos pueden transformarse en herramientas de aprendizaje.
“Los aprendizajes siempre estuvieron ahí, pero teníamos que llevarlos más al aula, que los niños comprendieran bien que la importancia de sus padres, de su comunidad, son reflejados directamente en sus estudios. Eso es valorar nuestras raíces”, explicó.
Conocimientos que se pierden
El trabajo también permitió abordar prácticas y conocimientos locales cuya transmisión entre generaciones ha ido disminuyendo, entre ellos leyendas, recetas tradicionales y saberes asociados a especies presentes en el sector. En una de las experiencias, por ejemplo, los estudiantes realizaron una salida para conocer el maqui y abordar antiguas preparaciones vinculadas a este fruto, del cual, según relató el profesor, actualmente existen pocos ejemplares en el lugar.
La experimentación con semillas permitió además observar que no todas requieren las mismas condiciones para desarrollarse y conocer distintas formas de cultivo utilizadas por los agricultores.
La relación entre agricultura y territorio también abrió espacio para abordar la sequía y sus efectos sobre los cultivos y la vida en las localidades rurales. Según explicó el docente, los estudiantes trabajaron estos cambios desde su propia realidad, incorporando a las clases fenómenos que durante años han marcado a las comunidades interiores del Limarí.
Para Pérez, esta metodología adquiere especial importancia en una escuela multigrado, donde conviven alumnos de diferentes edades y niveles. “Trabajar en una escuela multigrado es un desafío, porque tiene distintos niños, de diferentes edades, diferentes necesidades”, señaló, destacando que el objetivo es vincular el currículum con la realidad territorial.
La experiencia de la huerta tampoco ha quedado aislada. La escuela ha continuado impulsando actividades donde los estudiantes investigan fenómenos presentes en su propio entorno, incluyendo los efectos de eventos meteorológicos que han afectado a la zona y los cambios que los niños pueden reconocer directamente en los campos donde viven.
A futuro, el profesor espera continuar profundizando esta forma de enseñanza y mantener el rescate de conocimientos vinculados a las tradiciones locales. Entre las experiencias desarrolladas también menciona el trabajo junto a adultos mayores en torno a decenas de hierbas medicinales, como otra forma de recuperar saberes que todavía permanecen en las comunidades.
Así, entre cultivos, semillas y conocimientos transmitidos de generación en generación, la huerta de la Escuela Carmela Prat se ha transformado en algo más que un espacio agrícola: es también una forma de enseñar desde el territorio y de mantener dentro del aula una parte de la memoria rural de Chañaral de Carén.