Deportes La Serena tuvo un discreto empate con Magallanes
Si los hinchas granates se mostraron piadosos con La Serena y Luis Musrri en el pasado clásico que Coquimbo les empató en la agonía, esta vez, ante la magra igualdad en blanco con Magallanes, se desahogaron con gritos y una rechifla de reprobación. Es el cuarto compromiso de los granates en el calendario oficial, el segundo en calidad de local y la involución se ha hecho notar en la estructura del equipo que deambula sin lucidez en una cancha donde no hay excusas para jugar mal.
Salvo el capitán Mauricio Salazar, el único capaz de quebrar la resistencia albiceleste con un derechazo que caprichosamente devolvió el vertical derecho (minuto 67’), lo demás fue participar de una refriega desordenada donde nadie se atrevía a darle pulcritud a la intención.
La Serena ya no es la misma. No juega bien. No juega a nada. No tiene a un conductor que imponga los tiempos, que ponga la pausa y se asocie. Todo lo apresuran, como si esa acción fuera la última del compromiso.
Ante Magallanes el granate palidece. Se enreda, no resuelve. Queda sujeto a la aparición de alguien que no está, porque si antes (hace bastante rato por cierto), dependía de su capacidad para sorprender y jugar a la pelota son sus individualidades, esta vez se castiga ante la incapacidad de producir colectivamente.
El Magallanes de Ariel Pereyra llegó a La Portada con su mística e ímpetu, aunque también presa de sus limitantes, ya que la idea de cautelar el arco propio siempre estuvo por encima de salir con mucho volumen.
Nunca se atrevieron a intimidar a una zaga que cada vez que era apurada, temblaba y no se veía bien parada. De hecho, cuando fueron perdiendo a sus jugadores por expulsión: primero Brasesco por doble amarilla y luego Cisternas, juego brusco, la cautela fue total.
Los minutos finales fueron del granate en cuanto a tenencia y espacios, no así en su juego.
Musrri dejó inexplicablemente a Viotti, primer partido en mucho tiempo, durante los 90 minutos sin estar todavía a punto, colocando además, a mucha gente en zona de ataque, multitud que terminó enredada y confundida frente a la definición de los albicelestes en la última línea.
El desconcierto hizo presa de todos en la búsqueda ciega de querer abrir el marcador y ganar el partido a cómo diera lugar, tratando de suplir la inconsistencia y mediocridad con el correr sin reglas, como si fueran fondistas.