Trabajaba como auxiliar de buses
¿Quién era Alejandro Ponce? La emotiva historia del joven brutalmente asesinado en Paihuano
Alejandro Ponce Rodríguez (26), desde pequeño fue un niño despierto y alegre, características que lo seguirían hasta sus últimos días de vida.
Quienes lo conocieron, antes que fuera asesinado el pasado 28 noviembre en Paihuano, lo definen como un joven amistoso, que se crió en el seno de un grupo familiar al que llegó como el último de sus integrantes, por lo que rápidamente se transformó en el más querido por todos.
Su familia lo recuerda como regalón hasta el final, apegado a sus hermanos y hermanas, pero principalmente de su madre, a quien no le ocultaba nada.
Su hermana Carla relata que por ser el más chico de cinco hermanos, tres por parte de la madre y dos por parte del padre, fue el más apreciado por todos.
“Era el regalón de todos nosotros, andábamos pendientes de él, aparte que mi mamá fue madre soltera y trabajaba, así que los mayores, como yo, nos dedicábamos a cuidarlo; entonces, más que un hermano siempre lo vi como un hijo y él, yo creo, que me veía como una segunda mamá. De hecho, soy la madrina de una de sus hijas”, relata Carla Hidalgo.
Su hermana también lo rememora como muy apegado a su mamá, con la que vivió hasta antes de desaparecer ese fatídico 26 de noviembre.
“Siempre le contaba todo a mi mamá, no tenía secretos, por eso cuando desapareció nos pareció extraño, porque él utilizaba el teléfono de mi mamá, ya que el suyo se le había descompuesto, y no tenía problemas en hablar por WhatsApp con el teléfono de mi mamá, porque le contaba todo”, asegura Carla.
Como hermano tienen la imagen grabada de una persona alegre, amistosa, que le gustaba salir, de muchos amigos, muy protector con los menores, cuidaba de sus sobrinos y los quería a todos.
Un gusto que no le abandonó jamás fue su inclinación por los automóviles, lo que al crecer lo llevó a convertirse en auxiliar de buses. “Siempre le gustaron los autos, le llamaban mucho la atención, por eso de grande trabajaba como auxiliar en los buses, le gustaba todo lo que era vehículos”, cuenta su hermana mayor, Carla.
Todos sus estudios los cursó en Paihuano, comuna del Valle del Elqui en que se crió y se quedó hasta el final de su vida, la que perdió a manos de un grupo de sujetos que previamente lo secuestró.
Aunque a veces era selectivo para las comidas, su debilidad eran las pastas con harta salsa.
En la medida que fue creciendo se fue granjeando la amistad de sus vecinos, compañeros de colegio y la gente del pueblo.
Amigos y conocidos le decían el “Chiki”, lo anterior, porque cuando era pequeño le tomó gusto a los chicles y siempre pedía unas monedas para comprarlos, y al llegar al almacén del barrio, le pedía al almacenero un Chiki”, refiriéndose a un chicle, porque le costaba pronunciar la palabra. De esa forma, se ganó el cariñoso apodo que acarreó desde pequeño.
Varias pancartas que se exhibieron cuando cayeron sus asesinos, pedían justicia para el Chiki.
La familia cuenta que era querendón de los niños y un padre preocupado de sus hijos. Tenía cuatro, con dos parejas formales que tuvo, dos hombres y dos mujeres, estas últimas vivían con él, ya que las tenía a cargo formalmente.
“Era un súper buen papá, vivía con las dos niñas, él se hizo cargo de las niñitas con el apoyo de mi madre y vivían juntos”, relata Carla, su hermana, quien no da crédito a que ya no este con ellas por culpa de un grupo de desalmados.
Si bien no le gustaba jugar fútbol ni practicaba deportes, era un hincha plenamente identificado con la Universidad de Chile, por lo que su pieza la tenía tapizada con temas alusivos al club deportivo. Las cortinas, el cubrecamas, las sábanas, todo en ese espacio, se identificaba con el club de toda su vida.
Su recuerdo hoy cala hondo en la comunidad de Paihuano, donde nació, creció, fue padre buen hermano e hijo.