Experto aborda riesgos y recomendaciones

Amagos de incendio, delincuencia y basura: Parque Coll en total abandono

Entregado hace más de siete décadas para su uso público, el bosque de gran extensión se ha visto históricamente afectado por micro-basurales, destrucción de mobiliario y presencia constante de personas pernoctando en sus espacios. Incidentes son comunes y plantean el temor de una emergencia mayor.
miércoles 15 de febrero de 2023

Tener un pulmón verde, de las características de un bosque de más de 50 hectáreas en medio de la ciudad, es sin duda un privilegio para una comuna como La Serena. El Parque Gabriel Coll Dalmau es uno de los puntos emblema de la capital regional, abierto hace más de siete décadas como un espacio dispuesto a la comunidad. Pero desde entonces, sus características han contrastado con una administración que no ha podido responder del todo a un compromiso histórico con su entorno.

Esa es, al menos, una de las conclusiones a las que llegan diversas fuentes consultadas por El Día, en conversaciones realizadas tanto con trabajadores como usuarios del parque, e incluso con la histórica familia Coll, que cedió sus terrenos a la Municipalidad de La Serena en los años ‘50.

Las preocupaciones han estado instaladas a lo largo del tiempo en torno a factores como la proliferación de personas en situación de calle, que constantemente se instalan a vivir allí; además de la acumulación de basura en su perímetro y recurrentes amagos de incendio, que a muchos inquieta por la eventualidad de una emergencia mayor.

Este último punto encendió nuevamente las alarmas este martes, cuando la quema de un “ruco” por parte de personas que pernoctan en el lugar, llevó a voces anónimas a denunciar estos hechos a El Día, ante la indignación frente a un problema del que -afirman- “nadie se hace cargo”, como el abandono.

Con el objetivo de obtener más antecedentes del último incidente, concurrimos al lugar y luego de corroborar lo sucedido, el equipo de El Día hizo un recorrido para evidenciar los puntos que más preocupan a los usuarios. A simple vista, se debe reconocer, las condiciones parecen no ser tan malas, de hecho, pese a la evidente falta de mantención en los árboles, se ve un lugar relativamente limpio y ordenado.

Al poco andar se notan algunos inconvenientes, como la acumulación de basura en una ladera junto a la avenida aledaña y una de las situaciones más complejas, personas en situación de calle lavando sus pertenencias en el pequeño canal que aún corre por los terrenos del Parque Coll. Al preguntarles, algunos trabajadores indican que más que hechos puntuales, son un dificultad permanente, que puede no adquirir mayor relevancia en una visita de pocas horas, pero que en la sumatoria de los días, termina configurando un problema mayor.

Algunas fuentes reconocen que los amagos de incendio son recurrentes, provocados por acción directa o negligencia de personas que en el lugar incluso consumen drogas. “Lo de hoy (ayer) fue que quemaron un ruco de uno de los hombres que vive ahí. A veces queman colchones, se queman sus cosas y así pasa seguido”, explican.

Otros hechos registrados son riñas y destrucción del mobiliario. “Unas personas destruyeron una de las mesas (en los quinchos) para poner las maderas y armar un lugar para sentarse más cerca de la parrillla (…) hasta excremento humano hemos encontrado en las mesas”, relata una fuente.

Pero ¿cuál es el problema del Parque Gabriel Coll? A juicio de usuarios recurrentes del espacio, la falta de personal y recursos, junto con la nula protección del perímetro, que permite el ingreso de personas prácticamente por todas partes, configuran un escenario poco alentador.

“Debería estar cerrado”, sostiene un trabajador, apuntando a la necesidad de que alguien genere un proyecto que permita recuperar por completo el lugar, señalando que incluso el riego se dificulta, ya que en ocasiones han sido destruidas las obras que permiten obtener agua desde el canal Bellavista, lo que se suma a que son menos de 10 trabajadores, para más de 50 hectáreas de parque.

RECUPERACIÓN CONTRA LA CORRIENTE

Patricia Villar conoce bien el lugar. Se trata de nada menos que la esposa del alcalde Roberto Jacob, quien está personalmente interesada en la mantención del parque, como una ciudadana más. Nos encontramos con ella mientras llegaba con litros de agua en bidones, para mantener los árboles que junto a un grupo de amigas se ha preocupado de instalar.

Las “Eco Girls”, como figuran en su grupo de WhatsApp, han sido incluso destacadas en reportajes de otros medios locales, por su incansable lucha por mejorar el entorno del bosque, para -más allá de críticas- hacer un aporte real, que cada ciudadano debiese poder brindar.

Patricia describe el parque como “nuestro santuario”. Lo último, explica, porque además de la instalación de mobiliario y mejora del espacio, han plantado árboles nativos para, de manera simbólica, mantener el recuerdo de algunas personas que han partido.

La mujer reconoce que es un trabajo complejo, donde las capacidades se ven sobrepasadas, ante el aumento del deterioro. Ella misma ha sido testigo de los amagos de incendio, que en alguna oportunidad también afectaron a los árboles que el grupo de amigas ha plantado.

Mientras Patricia realiza mantención en algunas de estas especies, nos retiramos y conversamos por teléfono con otra voz interesada, una de las hijas de la familia Coll.

UN COMPROMISO SIN CUMPLIR

En 1950 cuatro hermanos de la familia Coll Juliá, terratenientes de la Región de Coquimbo, celebraron el histórico traspaso del entonces Fundo Santa Isabel al fisco de Chile, como bosque y parque público que pasó a llamarse como su padre, Gabriel Coll Dalmau.

Isabel Margarita Coll, hija de Alfonso, uno de los mencionados familiares, recuerda esos tiempos, aunque era solo una niña. La importancia de este bosque, para la mujer, es incalculable, razón que por años la llevó a estar pendiente de sus destinos, alzando la voz en más de alguna oportunidad sobre decisiones que se han tomado, a su juicio, en contra de los objetivos de su cesión.

Isabel considera que se ha faltado al compromiso de su traspaso a la comunidad, tanto por parte de la administración actual como por los antecesores de Roberto Jacob, quienes, a su juicio, han centrado su mirada en otros espacios, como el Parque Pedro de Valdivia, en desmedro de un valioso bosque hoy “maltratado y abandonado”.

Para ella, la administración es prácticamente inexistente y ninguna autoridad se ha encargado de tomar en serio la necesidad de disponer ese espacio a la comunidad, como le fue prometido a su familia en varias oportunidades a lo largo de estos 73 años.

Cabe señalar que intentamos tomar contacto con la Municipalidad de La Serena, sin embargo, no hubo respuesta al cierre de esta edición.

¿HAY RIESGO DE INCENDIOS?

Pero respondiendo al punto de mayor preocupación, hablamos además con un experto en la materia de incendios forestales. Eduardo Peña, ingeniero forestal y doctor en Ciencias Forestales, además de académico de la Universidad de Concepción, quien indica que si bien los riesgos son menores, la mantención es una necesidad en este tipo de ecosistemas.

Según explica -y por eso se han registrado amagos sin pasar a incendios de consideración- las características de la zona y el entorno propician los llamados “incendios superficiales”, que son fáciles de controlar, ya que tienen una carga de combustible baja.

“Cuando uno tiene pasto (como los puntos donde se han generado amagos), la carga es de 3 a 7 toneladas como máximo, mientras que en una cosecha de plantación de pinos, por ejemplo, hay como 40 toneladas de carga de combustible”, sostiene el académico.

Incluso, señala Peña, la eventual afectación del suelo puede ser recuperada con lluvias leves en invierno, sin mayor riesgo de erosión.

Ahora, en cuanto a los puntos de bosques “más cerrados”, como ciertos espacios del Parque Coll, el especialista indica que es indispensable hacer mantención, podando y sacando el material del piso entre los árboles. Y sobre los pastizales secos, que no reciben riego por las consecuencias de la sequía, el experto recomienda de todas formas, “mantenerlo corto, a ras de piso, porque eso reduce significativamente el riesgo”.