Exfutbolista de CD La Serena
Hernán Cordovez: el incorregible que le hizo una finta a la fama
Alegre, chispeante, medio pelusa. Interminable. Así es Hernán Cordovez, un hijo de esta tierra que creció entre los llanos polvorientos, que deslumbró en Club Deportes La Serena y que pocas veces concede entrevistas, más bien por modestia que por incomodidad.
Su mostacho y patilla larga fueron inconfundibles en su paso por las calles de la ciudad y en las canchas del país en los años 70, y si bien se las dejó crecer sin más después de una gira internacional usándolas más de cuatro años, la imagen quedó grabada en la retina de los serenenses, tal como sus piques pegado a la línea de cal reventando el arco con sus goles, así como su amabilidad y sencillez.
Nacido en 1946 en la Población Antártida, atesora imborrables momentos de su infancia y juventud en medio de un sector que por aquel entonces recién comenzaba a levantar tras las modificaciones del Plan Serena.
“Para una Navidad me regalaron una bola llena de petardos que se reventaban mientras rodaba, fue muy divertido. Iba al cine Centenario con amigos y tirábamos migas de pan a los que llegaban atrasados a la función”, cuenta entre risas como parte de sus travesuras de niño.
El mismo que gambeteó en varios colegios, que como futbolista le gastó una broma pesada con una pelela con agua al “Motoneta” Contreras, y que admiraba a Carlos Verdejo, el famoso jugador cuya vivienda quedaba a pocas cuadras de la suya. “Lo veía en la calle y era emocionante para mí”, dice.
Quizá por eso igual agitación lo envolvió también al entrar en las juveniles del club con 10 años de edad, y más aún cuando en 1966 se puso la camiseta por primera vez como profesional. “Inolvidable, porque además que debuté contra la "U," perdí el penal que tiré ese día. Cuando volví a la casa en colectivo, el conductor iba escuchando la radio donde comentaban el partido y le dije 'yo soy el que lo perdió'. No lo podía creer”, repasa con su buen humor y con la escena fresca aún en la memoria.
Solo un par de fotografías
Pero el fútbol da revanchas y desde ese pasto acolchonado del norte sus pies lanzaron decenas de balones que abrazaron las redes, muchos dirigidos desde los botines que le fabricó el mítico “Chino” Cortés. Su velocidad y talento, además, lo llevaron no sólo a ser galardonado con premios, sino a ser observado por equipos como Newell’s de Argentina, y la propia selección chilena. Pese a ello descartó ambas oportunidades. Y lo hizo a su manera.
“Nunca quise irme. Cuando venían a verme jugar me iba a Vicuña donde un familiar o en el estadio tiraba la pelota afuera en los córner para que dijeran 'éste no sirve' y seguir acá”, desclasifica con una sonora carcajada. En contraste a sus laureles, y después de retirarse en el 74 por una lesión rebelde cuando pasó a Ñublense, no guardó nada de su etapa de gloria como aguerrido puntero derecho.
“Volví y entré a trabajar en una minera. No me quedé ni con los zapatos de fútbol. Lo único son unas pocas fotos”, dice, recordando además montón de detalles que fluyen como el agua de una fuente al ver las imágenes en papeles medio gastados por el tiempo.
Hoy camina anónimo para la mayoría, aunque algunos lo reconocen y saludan con afecto en la calle o cuando en el centro se junta con otros viejos cracks. En su adiós no hubo partido de despedida ni pitazo final y oficialmente quedó con un registro de 35 goles, muy lejos de los que hizo. “Jugué siete temporadas y en cada una marqué en promedio 15 goles, así que por lo bajo debo haber anotado cerca de cien”, explica con un dejo de resignación por la injusticia desmesurada de la estadística.
Mientras la historia se encarga de corregir aquello, disfruta de su vida en familia, de su perro Gon, en la calma de su hogar de siempre, desde donde reflexiona la actualidad por el amor que tiene a ésta, su ciudad natal. “Me siento feliz acá y me gustaría que la gente la cuide, que siempre esté limpia”, comenta a modo de cierre antes de mirar el reloj, agarrar su bolso y salir presuroso de casa invitándonos a acompañarlo, porque cada semana hay un día sagrado; cuando juega al fútbol con sus amigos.
En medio del saludo y las bromas entra a la cancha sin cábalas, porque nunca creyó en ellas. En ese lugar deja de ser un adulto, no es el famoso, es un muchacho más, y nada le borra la sonrisa. Ya con 80 años, aún da chispazos de esa materia prima inagotable de los goleadores y mientras repite su festejo simple de siempre alzando un brazo, unas aves lo miran desde lo alto del alambrado como sorprendidas porque no hay pausa.
Porque el juego se reanuda y el Nano comienza de nuevo a correr en una verdadera danza con el balón que lo devuelve al barrio y lo redime del homenaje que le deben.