Expertos analizan el fenómeno

“Casas bunkerizadas”: la respuesta de los vecinos ante la delincuencia

Rejas de protección, cámaras, alarmas, cierre de calles o pasajes e, incluso, la presencia de perros "guardianes", son parte de los elementos a los cuales han acudido los residentes de distintos sectores para hacer frente a hechos delictuales como robos a hogares o portonazos.
Alarmas, cámaras y rejas son parte de la nueva normalidad de los barrios. (Foto: Cedida)
Alarmas, cámaras y rejas son parte de la nueva normalidad de los barrios. (Foto: Cedida)
miércoles 06 de mayo de 2026

El fenómeno de las llamadas “casas bunkerizadas” — hogares con altos niveles de protección física y tecnológica — se ha instalado con fuerza en la zona como reflejo de una percepción de inseguridad que va más allá de las cifras reales de delincuencia. Especialistas advierten que este comportamiento responde tanto a factores psicológicos como a tendencias sostenidas en estudios sobre victimización.

Según el magíster en criminología, Jorge Tobar, los datos muestran una brecha clara entre lo que ocurre y lo que la población percibe. “Cuando se analizan las conclusiones estadísticas de la ENUSC, es evidente que, en las últimas dos décadas, la sensación de inseguridad supera con creces a la victimización objetiva”, señala, agregando que “hemos llegado a que un 90% de la población sienta algún grado de inseguridad”.

En ese contexto, Tobar señala que este temor generalizado “explica en gran medida estos comportamientos (…), en el sentido de blindar las casas o la adquisición de armas por parte de particulares”, aunque estas últimas están sujetas a una legislación estricta, aclara.

A su juicio, el impacto no se limita a las medidas físicas, sino también a cambios en la vida cotidiana.  “Lo subjetivo moviliza a la población (…), incluso en los cambios de comportamiento entre las personas para evitar convertirse en víctimas”, como regresar más temprano al hogar, evitar ciertos sectores o reducir actividades nocturnas.

El especialista subraya que este fenómeno también tiene un componente de género, ya que “la población femenina es la que más restricciones se ha autoimpuesto para alcanzar mayor seguridad”. Por ello, plantea que la política criminal debe enfocarse en reducir esta sensación, advirtiendo que “la evidencia comparada señala (que puede ser) incluso más nociva que el delito propiamente tal”.

Desde otra mirada, el experto en seguridad de la Universidad de los Andes, Alfonso Kaiser, sostiene que la “bunkerización” responde a una reacción natural del ser humano frente a la incertidumbre. “El fenómeno de protección es algo inherente (…) ante el aumento de la sensación de delincuencia, el hombre se protege”, afirma.

Kaiser explica que este proceso se ha intensificado debido no solo a la percepción de más delitos, sino también a su mayor nivel de violencia. “Quiero que esos muros sean más grandes, púas en los cercos, mejorar la vigilancia perimetral”, ejemplifica, destacando además el rol de la tecnología, con sistemas de cámaras de bajo costo que permiten “detectar, grabar y usarlo como medio de prueba”.

A esto se suma el crecimiento de la oferta privada en seguridad y el uso de métodos alternativos de protección. “Hay gente que tiene perros (…) en los campos ocupan gansos (…) incluso burros, que son tremendamente defensores”, comenta, evidenciando la diversificación de estrategias ante el temor al delito.

Respecto al uso de armas, el especialista advierte que, pese a las mayores restricciones y trabas administrativas, “la gente sí está aumentando (su uso) (…) porque también ante la percepción de inseguridad, eso es lo que trae de vuelta: cómo me protejo yo”.

En conjunto, ambos expertos coinciden en que la expansión de las casas “bunkerizadas” refleja una ciudadanía que busca respuestas ante la incertidumbre y que, frente a lo que percibe como una insuficiente respuesta estatal, opta por reforzar su seguridad por cuenta propia. Un fenómeno donde la percepción, más que la realidad objetiva, está marcando el rumbo de las decisiones cotidianas.