De los cuadernos de dibujo al reconocimiento internacional
Francisco “Visceral” Rivera el animador serenense que avanza a los Oscar
Mucho antes de que su nombre comenzara a aparecer en festivales internacionales de animación, Francisco Rivera era un niño serenense que pasaba las tardes dibujando junto a sus hermanos.
En una familia humilde que llegó a La Serena buscando nuevas oportunidades, los juguetes no abundaban. Sin embargo, sus padres tenían la costumbre de regalarles cuadernos y materiales para dibujar, tradición que marcaría su vida para siempre. "Un recuerdo muy lindo que tengo es que mis papás se sentaban con nosotros a dibujar", rememora.
Aquel gesto simple terminó convirtiéndose en el punto de partida de una carrera artística que hoy lo tiene a miles de kilómetros de distancia, pero sin perder nunca el vínculo con sus orígenes.
Conocido en el mundo creativo como "Visceral", Rivera está viviendo uno de los momentos más importantes de su trayectoria gracias a "El Tamagochi Escarlata", cortometraje animado que dirige y que fue escrito junto al comediante Ignacio Socías. La obra obtuvo recientemente un reconocimiento internacional que la dejó habilitada para competir en el proceso de selección de los Premios Oscar.
Aunque la noticia ha generado entusiasmo en el mundo cultural chileno, el propio director admite que aún le cuesta dimensionar lo que está ocurriendo. "Seguimos un poco incrédulos. Somos un equipo pequeño que trabajó con muy pocos recursos y de pronto estamos hablando de algo tan grande como los Oscar", comenta.
EL NIÑO QUE PREFERÍA DIBUJAR
Rivera reconoce que durante su infancia se sentía distinto. Mientras otros niños compartían en grupos, él encontraba refugio en los libros, los cómics y el dibujo. Su hermano mayor fue una influencia fundamental al acercarlo a la lectura y a la historieta gráfica.
Durante años soñó con convertirse en dibujante de cómics. Después apareció la música. Estudió en la Escuela Experimental de Música de La Serena y desarrolló una fuerte afinidad por el punk y el metal. Tocó en bandas, diseñó portadas para discos y comenzó a relacionarse con la escena artística independiente.
Lo que empezó como colaboraciones para amigos terminó llevándolo a trabajar con músicos y proyectos de distintos países.
"Fui haciendo portadas para bandas de Chile, Paraguay, Finlandia y otros lugares. Todo eso me ayudó a construir una carrera como ilustrador", recuerda.
Fue precisamente en ese circuito alternativo donde nació el apodo que hoy lo acompaña. "Visceral" era la firma que utilizaba para sus trabajos en la escena underground. Un nombre que reflejaba una forma de crear impulsada por la intuición y la necesidad. "Todo lo hacía con los recursos que tenía a mano. Era una forma muy visceral de trabajar", explica.
LA ESCUELA DEL FRACASO
Lejos de los relatos de éxito inmediato, Rivera habla con honestidad sobre los años difíciles. Estudió Pedagogía en Artes, realizó distintos trabajos para sostenerse económicamente y pasó mucho tiempo intentando abrirse espacio en una industria donde las oportunidades son escasas.
"Yo le llamo la escuela del fracaso. Aprendí a hacer muchas cosas porque tuve que hacerlo. Dibujaba, organizaba exposiciones, tocaba música, diseñaba portadas y hacía lo que fuera necesario para seguir creando", relata.
El punto de inflexión llegó cuando conoció el trabajo de Cristóbal León y Joaquín Cociña, los reconocidos directores de "La Casa Lobo".
La película lo impactó profundamente.
Por primera vez veía una animación que escapaba de los moldes tradicionales y que, al mismo tiempo, tenía una identidad profundamente chilena. Poco tiempo después tuvo la oportunidad de integrarse a su equipo de trabajo.
"Fue como una última escuela de arte para mí. Ahí aprendí muchas de las herramientas que después me permitieron construir una carrera en animación".
Más tarde participaría también en proyectos internacionales y colaboraciones de gran visibilidad, incluyendo trabajos vinculados a la película "Beau is Afraid" de Ari Aster y un videoclip para 31 Minutos.
EL TAMAGOCHI QUE CONQUISTÓ AL MUNDO
La historia de "El Tamagochi Escarlata" comenzó mucho antes de convertirse en cortometraje. Ignacio Socías había desarrollado una serie de relatos inspirados en experiencias de infancia. Uno de ellos relataba la historia de un niño enfrentado a celos, inseguridades y conflictos emocionales vinculados a un Tamagochi.
Cuando el proyecto llegó a manos de Rivera, el director vio la oportunidad de llevarlo hacia un terreno más complejo. "Me interesaba mostrar la vulnerabilidad de la infancia. No hacer una historia moralista, sino una aventura donde los niños y los adultos pudieran reconocerse".
El resultado fue una obra que mezcla humor, nostalgia, oscuridad y reflexión. Lejos de las fórmulas tradicionales, el cortometraje apuesta por una estética que reivindica las imperfecciones del dibujo hecho a mano. "Quiero que se note que detrás de la animación hay personas. Que se vea el rastro humano".
UNA HISTORIA CHILENA QUE CONECTA CON EL MUNDO
Uno de los mayores temores del equipo era que una obra tan profundamente chilena no lograra conectar con públicos internacionales. Ocurrió exactamente lo contrario.
Durante su participación en el prestigioso Animafest de Croacia, uno de los encuentros de animación más importantes del mundo, espectadores provenientes de distintos países se acercaron a comentar cuánto les había impactado la historia.
Personas de Japón, China, Brasil y España encontraron puntos de conexión con una experiencia tan local como la infancia retratada por Rivera y Socías. "Eso me confirmó que mientras más honesto eres con tu cultura, más universal puede ser una historia".
El reconocimiento del público fue tan significativo que el cortometraje terminó obteniendo un premio otorgado por los propios asistentes al festival.
A sus 37 años, Rivera asegura que aún siente que recién está comenzando. Mientras trabaja en nuevos cortometrajes y proyectos de terror, mantiene intacta la curiosidad que lo impulsó desde niño.
También sigue defendiendo una idea fundamental que la creación artística no debe esperar condiciones perfectas. Por eso, cuando piensa en los jóvenes de regiones que sueñan con dedicarse al arte, entrega un mensaje directo. "Que lo hagan ahora. Con un lápiz, con un cuaderno, con un celular. No esperen que alguien venga a darles permiso".
Quizás esa sea precisamente la lección más importante de su historia. Que desde una pieza en La Serena, con unos cuantos cuadernos para dibujar y muchas ganas de crear, también se puede comenzar un camino capaz de llegar hasta Hollywood.